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martes, 15 de mayo de 2012

AMISTAD





Leí un artículo sobre la amistad hace unos días; y al igual que la autora de dicho artículo, temo no estar a la altura de las circunstancias. Prefiero comenzar con la seguridad de que cualquier cosa que escriba al respecto será insuficiente.

Estando en la que yo quisiera que fuese la mitad de mi vida (espero que el destino no sea mezquino conmigo y me haga ese favor), creo pertinente y necesario hacer un balance, no de mi vida en sí misma, es decir, no de mis fueros internos; más bien externos, en lo que han sido mis relaciones con los demás.

Debo, como es lógico, respetar cierto orden cronológico: Cuando niño, por ciertos prejuicios y el hecho de tener una familia numerosa, no tuve muchos amigos. Tenía hermano y primos coetáneos suficientes como para no sentir la necesidad de tenerlos. Tuve compañeros de aula y vecinos con los que jugaba e interactuaba, pero sin que se llegaran a crear vínculos afectivos sólidos, por tanto, no los podría llegar a considerar realmente amigos. 

Durante la niñez, al menos a mi parecer, la dependencia emocional con la madre y el inconmensurable amor por ella, no nos deja espacio para mayores afectos, con las justas le deja algo al padre y al resto de familiares, dejando realmente muy poco para los amigos.

Es en la adolescencia, y luego que el amor que hemos recibido de nuestros padres (o quienes hayan hecho las veces de), ha formado y nutrido nuestra capacidad de dar afecto, es que recién empezamos a crear verdaderos y reales vínculos afectivos. En mi caso al menos fue así. Ya estando en secundaria fue que tuve mis primeros amigos de verdad, algunos de los cuales, habiendo pasado tres décadas, aún conservo, protejo y frecuento.
Ya en la etapa universitaria, y estando totalmente desarrollada mi capacidad de sociabilizar, y de alguna manera controlada mi ligera timidez, fue que conocí a muchísima gente. Tuve muchos amigos y amigas y algunos amores breves que se devoró el olvido. Y fue en esta etapa que, luego de una inevitable depuración, consolidé otro pequeñísimo grupo de amigos y amigas que hasta hoy también conservo.

Durante los veintes y los treintas, es decir, toda mi juventud y parte de mi adultez hasta el día de hoy, logré también consolidar algunas amistades realmente entrañables, y que han pasado las diferentes pruebas que el destino se encargó de poner en mi camino. Situaciones límite, momentos realmente duros y angustiosos, caídas en picada de las que creí que no sobreviviría. Me sorprendió gratamente con qué facilidad algunas de estas queridas personas me solucionaron muchos problemas sin que yo se los pidiera, la naturalidad con la que percibieron la angustia en mi risa y el ‘ya no doy más’… en mi ‘hola cómo estás’. Y de pronto, y como por arte de magia, estuvieron alrededor mío; no mirándome con piedad ni con sonrisa triste; simplemente tratándome igual que siempre, como si nada hubiese pasado y tomándonos un café.

Al igual que la autora que mencioné al comienzo, pienso que, si en las postrimerías de mi vida quisiera escribir mis memorias, los amigos ocuparían un papel protagónico, como una suerte de postes de alumbrado plantados a lo largo de todo el camino de mi accidentada y acontecida vida, observando y alumbrando todas y cada una de mis vivencias, trascendiendo la mezquindad propia de los amores apasionados -que con facilidad mutaron en odio y olvido-, sin resentimientos, sin nada que reprochar, que siempre me trataron bien, que nunca me ofendieron, que siempre me respetaron, que nunca les repugnó un abrazo o un beso mío, que cuando destaparon una cerveza, o un vino, o pusieron un champiñón en la parrilla, y pensaron en convocar a alguien… pensaron en mí;  que nunca me hirieron ‘ubicándome’ y marcándome límites con frases hirientes como: hasta ahí nomás, o no seas confianzudo, o no te subas al codo; que no se ‘olvidaron’ de invitarme a sus celebraciones especiales y no se excusaron (sin que se los pida) por haberme excluido de las mismas, aduciendo que fue algo ‘muy íntimo’; que no les arruinó el día ni la semana ni el mes algún efímero éxito mío ni les molestaron mis esporádicas y exultantes euforias ni mis breves alegrías; que no sonrieron en secreto al enterarse de mis fracasos ni les reconfortaron mis prolongadas tristezas; que nunca me pusieron como requisito -para ser digno de su amistad- el ser humilde y sencillo ni les molestaron mis exabruptos ni mi –a veces- ruidosa soberbia; que siempre estuvieron conmigo; que nunca me abandonaron ni me despreciaron ni me reemplazaron ni me traicionaron, que siempre me quisieron de verdad y me lo hicieron saber. 




MAURICIO ROZAS VALZ

4 comentarios:

  1. que te puedo decir querido Mau, los amigos son la familia que uno escoge...esa es la verdad y después de nuestra familia inmediata, son lo más importante y valioso que nos puede pasar.

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  2. Completamente de acuerdo con Sandra

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  3. los amigos son esas luces que sin ver sabemos que existen, besos y bendiciones mi amado Mau

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