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domingo, 27 de septiembre de 2015

MI FANTASÍA






Fue un sábado primaveral: en un bonito bus de turismo, viajaban Los Toribianitos, muy contentos ellos. Era su día de campo. Al volante iba Paulo Coelho, quien muy sonriente les iba narrando el paisaje, acompañando su discurso con sus frases pelotudas como 'sé feliz, porque si no eres feliz, serás infeliz...' y así.

De pronto, divisaron a los lejos a un viajero parado a un lado de la carretera en pleno desierto, quien estiraba el brazo en clara señal de quien pide un aventón. Era un tipo de cabellos largos que llevaba una guitarra colgada en el hombro derecho. Paulo detuvo el bus para recogerlo... y sí, era Ricardo Arjona, quien explicó a Paulo que el problema no era problema, el problema era que nadie lo quería llevar.
Subió al bus y Los Toribianitos lo aplaudieron muy contentos. Le pidieron algunas canciones y él, apoyado en una de las butacas, sacó su guitarra del estuche y se puso a cantar: 'mujeres, lo que nos pidan podemos, si no podemos no existe, y si no existe lo inventamos por ustedes, mujeres…'. Los Toribianitos cantaban con él muy entusiastas, aplaudiendo. Paulo también cantaba mientras conducía.

Todos viajaban muy contentos, intercalando las canciones de Ricardo Arjona con algunas citas de los libros de Paulo Coelho. De pronto entraron a una zona de curvas y los frenos de bus empezaron a fallar. Paulo intentaba controlar el volante hasta que, en una de las curvas, el bus salió de la pista y cayó a un abismo de 300 metros.

Murieron todos.

FIN


MAURICIO ROZAS VALZ

jueves, 3 de septiembre de 2015

SEMBLANZA (José Jaime Corcelles)






Hoy, cerca de las 8 am, recibí una de las llamadas más tristes que haya podido recibir en ésta mi ya no corta vida (la que cada vez me cuesta más comprender), en ella me informaban que, José Jaime, uno de mis mejores y más leales y queridos amigos, ya no estaba entre nosotros. Recordé que solo hace diez días estuvimos celebrando su cumpleaños número 50 en su casa, aquella bonita y acogedora casa costanera que fue sede de interminables y entretenidas tertulias. No tenía como imaginar que, aquel caluroso abrazo con los ojos enrojecidos que me dio al final de su celebración, sería una despedida. 

Me queda el pequeño consuelo que no quedó nada por entregar ni por recibir, que nunca me falló ni le fallé, que no hay pendientes, que siempre estuvimos a la altura de lo que consideré una amistad sincera y sólida, que no nos debemos perdones ni explicaciones… nada. 

Pero de poco o nada sirve todo eso a la hora de enfrentar las ausencias irreversibles, aquellas que no calma la esperanza ni la fe, la sentencia inapelable de lo que no tiene opción de cambiar. 

No me calma la pueril ilusión de la vida eterna ni del descanso en paz ni de la mejor vida, tampoco abrigo esperanza posible de un posible reencuentro en otra dimensión ni nada de eso. Lo real es que ya no está -ni estará- más conmigo mi querido amigo, que para él se acabó todo y que a mí solo me queda una herida sangrante que sólo el tiempo podrá cicatrizar.

Adiós, querido amigo.


(MRV)