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martes, 26 de agosto de 2014

ANIMAL CITADINO






Soy un animal citadino, totalmente citadino. Lo mío es el bullicio de la metrópoli y la contaminación visual y el smog.

Suelo disfrutar… y así… como para salir de la rutina, del campo y sus atardeceres, del cantar de los pájaros y de la arena y del mar y de las olas y de la fruta en los árboles y de los animales libres… pero solo para variar… solo para descansar… solo para engañarme… para huir.

Lo mío es la ciudad, la gente apresurada y triste, los cafés llenos de gente hablando muy alto, las carcajadas y el humo, el olor a alcohol y el aire contaminado de las cantinas.

Lo mío son las calles y avenidas, el tránsito congestionado, el neón y las bocinas, las frenadas y los gritos, los insultos de esquina a esquina y de conductor a conductor, las circulinas ámbar, azules y rojas, las sirenas estridentes de patrulleros, ambulancias y bomberos. Y la crónica roja y las calles sucias y las botellas vacías y los vasos descartables y los ríos de orines en las aceras, la sordidez de los billares y sus mesas quemadas con colillas y los rostros patibularios de los parroquianos y los mendigos olisqueando en la basura.

A mí me gusta la ciudad y el desenfreno, las muchachas de rostros agotados y rímel corrido y los tacones en las manos. Lo mío es el antro y la media luz, la plaza, el bullicio. Ahí está siempre el dolor. Ahí se juntan desolación y realidad. Ahí se escriben las verdaderas historias, las que vale la pena escuchar, y si se puede… escribir, y si se puede… leer. Ahí transcurren las historias que describen la angustia del amor y la frustración del desamor y la humillación de la miseria y el horror del abandono y de la desposesión total y la desesperanza.

En esos espacios no hay lugar para mentiras, ni para frases dulzonas y facilonas, ni para fórmulas mágicas de cómo ser exitosos, ni para métodos prácticos de cómo ser felices. 

En las calles sucias está el verso y el poema, la sinfonía y el dolor, la prostituta enferma y el travesti reventado a golpes, el borracho empobrecido y el drogadicto apestado. En sus amaneceres se ve el dolor ajeno congraciándose con el propio y nos hace sentir acompañados y nos consuela con otros dolores y sus portadores. 

En las calles sucias está la vida tal cual, sin engaños ni lugar para autoengaños, la realidad y la sangre hecha tinta, lista para sernos contada.


MAURICIO ROZAS VALZ