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jueves, 27 de noviembre de 2014

LA INTELIGENCIA DEL AMO (Alberto Olmos)







* Autor, Alberto Olmos.
 (Fragmento seleccionado por Gustavo Rozas Valz).

El cerebro se pone a funcionar al tercer toque: al menos eso he detectado que le sucede al mío.

El tercer toque es una frase, un dato, una experiencia que cierra, no un círculo, sino un triángulo intelectivo. Quizá el primer toque (dato, experiencia) nos pone sobre aviso, el segundo (frase) nos indica el camino de una idea; y el tercero (facultativo) nos fuerza a pensar, a deshacer el nudo de una duda.

Por seguir el orden, puedo señalar como primera señal de la reflexión que hoy (gratis y libremente) regalo a mis millones de lectores, una cita de Friedrich Nietzsche que extraje de alguno de sus libros, y que hasta apunté en un cuaderno (el cuaderno lo he perdido, pero no la memoria). Dice: "La política es el campo de acción de cerebros mediocres."

Un segundo escalón lo conforma (experiencia) una charla que mantuve este verano con un par de personas de notable inteligencia. Discutían (ellos) de política (yo de política suelo abstenerme) y, después de quizá media hora de verles poner de vuelta y media al gobierno, sus decretos y leyes y opiniones, de verles encolerizarse hasta límites pre-revolucionarios, me permití soltar en mitad de su desesperación la siguiente pregunta: ¿Y por qué nos gobiernan personas que son menos inteligentes que nosotros?

Este segundo paso merece algo más de explicación. Quiero acentuar la rabia y la tristeza de aquella charla, la impotencia que percibía en las voces de los dos contertulios, el derrotismo de no ser nada más que ciudadanos de a pie que opinan en el patio de una casa, mi percepción de que, efectivamente, lo que ellos decían (sobre el Ministerio de Igualdad, la Ley del Cine, etcétera) era de sentido común y de lógica incuestionable; que, en una palabra, tenían razón.

Mientras les oía, no dejaba de sentir el desnivel de respeto entre la consideración que la inteligencia de mis amigos me provocaba y el muy escaso aprecio que localizaba, y localizo, en mi interior (¿en mi seno?) por la de los agentes políticos que llevan el timón de nuestras vidas.

De ahí que me surgiera, entiendo que de una forma algo brusca, la indiscreta pregunta, que hasta podía entenderse como algo sarcástica, de: ¿por qué nos gobiernan personas que son menos inteligentes que nosotros?

En cualquier caso, anoto que la pregunta quedó sin respuesta.

Finalmente, la tercera información, la que ha provocado que me ponga a escribir otro de estos largos posts insoportables, la encontré en un artículo de (¡sí!) Javier Marías, el del domingo pasado. Se titulaba Delaten, no se priven, y en él, simplemente, escribía, como parte de un sujeto plural: "la ignorante Leire Pajín".

Tal cual.

"La ignorante Leire Pajín". Desde luego, es una adjetivación antepuesta de contundencia y desprecio formidables. "La ignorante Leire Pajín". Más claro, agua.

En Castilla (supongo que en otras partes también) perdura aún la denominación "amo" referida al dueño de una empresa, negocio; referida, sobre todo, al terrateniente. "Lo que diga el amo", "ahora viene el amo", "lo tendrás que hablar con el amo": he oído yo toda mi vida.

El amo, en nuestros días, es el jefe (sobre todo si es "empresario"), el profesor y el político en funciones de gobierno.

Mi relación con el amo (me propongo ahora desarrollar) no es ajena a este escozor de sentirse más válido e inteligente. Respecto a los profesores, que son mis amos más numerosos, he visto claramente que les perdí el respeto al llegar a la universidad. Fue allí cuando noté por primera vez que, con perdón, yo era más inteligente que ellos. No era difícil, no se apuren, porque yo he tenido profesores que no sabían, y así lo decían abierta y alegremente, escribir con precisión "por qué", "porque" "por que" y "porqué", ni sabían hablar en público, ni sabían pensar por sí mismos, ni sabían más allá de cuatro cosas de la materia que impartían; ni sabían, en ocasiones contadas, absolutamente nada de nada.

Esta inteligencia demediada en el maestro nunca me irritó. A fin de cuentas, era más fácil aprobar los exámenes, más llevadera la clase, más llevadera la autoestima.

Sin embargo, el amo "empresario", el jefe, sí me ha supuesto una amargura considerable. Ser mandado por alguien al que no respetas, duele; pero ser mandado por un imbécil, desquicia. Si bien es cierto que resulta enormemente subjetivo determinar la inteligencia de otra persona, y más de alguien que, hablemos claro, cobra más que tú y viene dos horas más tarde a la oficina, no lo es tanto si en su caso concreto concurren circunstancias tan obvias (¡volvemos!) como ser hijo del dueño del tinglado, ser novia del dueño, ser primo del dueño, ser amigo del dueño o ser la persona que tiene el contacto exacto que el dueño necesita para algún negocio prometedor.

Nada tan violento (lo habrá, pero por alguna parte hay que atacar la idea) que verse haciendo algo que sabes erróneo por mandato de un imbécil. El amo beocio violenta tu inteligencia, la degrada, te degrada y te hace sentir vergüenza de ti mismo, aparte de una insufrible sensación de estar malgastando tu vida y empeorando el mundo.

Y aquí llegamos a los políticos, los amos compartidos.

Entiendo que yo empecé a perderles el respeto cuando ellos empezaron a salir por la tele; en concreto, en todo tipo de programas. En mi infancia y adolescencia (también es verdad que, entonces, uno no atendía tanto a este asunto) el político era un tipo serio, altivo si quieren, que sólo hablaba de temas importantes y que carecía de pulsiones anecdóticas. Nada se sabía de su vida privada, de sus aficiones futbolísticas, de sus gustos musicales o de sus ratos libres.

Una vez (si no me lo invento) vi a un político, en la tele, en un programa, concurrir a una entrevista que se emitía justo después de la sección de cotilleos y antes de un striptease (me lo invento, pero era muy similar). Con Javier Sardá, me parece.

Esta novedad, que se fue multiplicando por mímesis y miedo electoral, se extendió a todos los órdenes del espacio público y, en un momento dado, me pareció (¿nos pareció?) normal saber de este alcalde que, cada noche, sale en moto a supervisar obras públicas (sic), que el presidente es del Barça (sic), que la ministra es vegetariana, la madre del candidato analfabeta, el concejal gay, el presidente (otro) competente en lengua catalana circularmente reducida... fotos en Vogue aparte.

Todo un panorama de políticos de rostro humano.

Así las cosas, a día de hoy, y a pesar de no contar con amigos ministros, ni siquiera ministrables, no veo a mis gobernantes como gente que tenga la menor cualidad diferencial o que valga especialmente para su puesto o que me puedan dar ninguna lección sobre ningún aspecto de la vida cotidiana, excepción hecha de los galimatías financieros y los vericuetos de la legislación. Leire Pajín me parece, sí, una chica del montón.

Pero esa chica del montón manda.

Entonces, ¿nos gobiernan personas que son menos inteligentes que nosotros? ¿Cómo ha sucedido? ¿Es culpa de la democracia televisiva y, por tanto, está en cuestión la democracia? ¿Lee esto Leire Pajín? ¿Qué van a hacer con nosotros?

¿Por qué les dejamos? 




jueves, 30 de octubre de 2014

PUERTAS








En el mundo no hay ventanas
solo puertas misteriosas

Algunas nunca se cierran
pero ahí están por si acaso

Y hay otras que nunca se abren
pero igual tienen manija

Hay otras que son más simples
se abren y cierran al gusto

Las de vaivén son mejores
solamente hay que empujarlas

Pero todas en común
guardan siempre algún misterio

Cruzar su marco es un riesgo
antes no hay como saber
si ingresamos o  salimos

Si podremos regresar
adentro si es que salimos
o afuera si es que ingresamos



MAURICIO ROZAS VALZ



lunes, 22 de septiembre de 2014

CAFÉ HAITÍ









Me recuerdo en esta misma mesa
Hace diez, veinte y hasta casi cuarenta años
Yo bebo fanta y él café
Yo helado y él cigarrillo

Risotadas y bigotes
Voz sonora de fumador y olor a tabaco
Caminatas y periódicos 

Él adulto y yo niño
Él maduro y yo joven 
Él viejo y yo adulto

Seguimos caminando

Me pide que vaya despacio
Me toma del brazo y se apoya en mí
Sus piernas se doblan y me abraza para no caer
Sus brazos ceden, su cuello también
Su cuerpo cede, no resiste
Lo abrazo para que no caiga y me mira con pavor
Me pide ayuda y se me escurre entre los brazos

Lo demás es historia conocida
 
Llego a la mesa de siempre

Yo café con coca cola
Él nada porque ya no me acompaña
Yo adulto y ya sin él



MAURICIO ROZAS VALZ

martes, 26 de agosto de 2014

ANIMAL CITADINO






Soy un animal citadino, totalmente citadino. Lo mío es el bullicio de la metrópoli y la contaminación visual y el smog.

Suelo disfrutar… y así… como para salir de la rutina, del campo y sus atardeceres, del cantar de los pájaros y de la arena y del mar y de las olas y de la fruta en los árboles y de los animales libres… pero solo para variar… solo para descansar… solo para engañarme… para huir.

Lo mío es la ciudad, la gente apresurada y triste, los cafés llenos de gente hablando muy alto, las carcajadas y el humo, el olor a alcohol y el aire contaminado de las cantinas.

Lo mío son las calles y avenidas, el tránsito congestionado, el neón y las bocinas, las frenadas y los gritos, los insultos de esquina a esquina y de conductor a conductor, las circulinas ámbar, azules y rojas, las sirenas estridentes de patrulleros, ambulancias y bomberos. Y la crónica roja y las calles sucias y las botellas vacías y los vasos descartables y los ríos de orines en las aceras, la sordidez de los billares y sus mesas quemadas con colillas y los rostros patibularios de los parroquianos y los mendigos olisqueando en la basura.

A mí me gusta la ciudad y el desenfreno, las muchachas de rostros agotados y rímel corrido y los tacones en las manos. Lo mío es el antro y la media luz, la plaza, el bullicio. Ahí está siempre el dolor. Ahí se juntan desolación y realidad. Ahí se escriben las verdaderas historias, las que vale la pena escuchar, y si se puede… escribir, y si se puede… leer. Ahí transcurren las historias que describen la angustia del amor y la frustración del desamor y la humillación de la miseria y el horror del abandono y de la desposesión total y la desesperanza.

En esos espacios no hay lugar para mentiras, ni para frases dulzonas y facilonas, ni para fórmulas mágicas de cómo ser exitosos, ni para métodos prácticos de cómo ser felices. 

En las calles sucias está el verso y el poema, la sinfonía y el dolor, la prostituta enferma y el travesti reventado a golpes, el borracho empobrecido y el drogadicto apestado. En sus amaneceres se ve el dolor ajeno congraciándose con el propio y nos hace sentir acompañados y nos consuela con otros dolores y sus portadores. 

En las calles sucias está la vida tal cual, sin engaños ni lugar para autoengaños, la realidad y la sangre hecha tinta, lista para sernos contada.


MAURICIO ROZAS VALZ

domingo, 20 de julio de 2014

HUMILDAD







Antes de tocar el tema de esta peculiar característica, en su acepción común de virtud y frecuentemente tomada como un valor incuestionable e imprescindible para ser digno de aprecio, es conveniente dejar el claro que, el viejo recurso de recurrir a Wikipedia o al diccionario de la RAE y otras páginas, no viene al caso, ya que tampoco esas fuentes son los oráculos ni en este modesto análisis pretendo cuestionar ningún significado literal.

Dicho esto, y entendiendo que la humildad es la antítesis de la soberbia y la condición ‘sine qua non’ para ser admirable, adorable, entrañable, respetable, amable, imitable, besable, abrazable, apachurrable o simplemente querible y todos los ‘ables’ positivos que puedan existir. Es decir, siendo la humildad la máxima virtud que puede poseer cualquier común mortal, pregúntome preocupado y triste… ¿poseeré dicha virtud? De no ser así, ¿llegaré a poseerla algún día para al fin ser admirable, adorable, entrañable, respetable, amable, imitable, besable, abrazable, apachurrable y querible? Muy probablemente no.

Contrario a lo que normalmente se suele creer, percibo, en quienes se consideran humildes y están muy seguros de estar en posesión de dicha virtud, la soberbia más exultante y vanidosa que pueda haber. Y es que, al ser supuestamente la madre de todas las virtudes, el simple hecho de creer poseerla solo evidencia un grado espantoso de arrogancia, cuánto o más desagradable y grotesca que la mayor manifestación de soberbia que hayamos podido ver y percibir. Y es que, aquellas personas que están muy seguras de ser muy humildes, no se dan cuenta, en su limitada percepción de la realidad, que en el solo hecho de decir ‘yo soy humilde’ subyace una soberbia sin límites, pues se están atribuyendo a sí mismas lo que ellas consideran ‘la madre de todas las virtudes’… y por ende… YA NO ESTÁN SIENDO HUMILDES PUES.

¿Tan difícil es percatarse de esto? Es más, los que somos conscientes de que no somos humildes, tenemos al menos mayores posibilidades de llegar a serlo en algún momento crucial de nuestras vidas. Y lo más interesante es que, de suceder tal cosa, no nos daremos cuenta nunca, porque si nos damos cuenta es porque nunca se dio tal cosa. 

Así como es justo en el momento en que creemos haber olvidado a alguien o a algo, que se confirma precisamente que no fue así, pues sucede lo mismo con la humildad. Curiosa virtud esta, el momento preciso en que al fin creemos haberla alcanzado… es justamente el momento en que se confirma que la hemos perdido para siempre.



MAURICIO ROZAS VALZ