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lunes, 31 de marzo de 2014

DISCRIMINACIÓN V.I.P.








Existe una modalidad de discriminación por demás grotesca e indignante que parece importar muy poco a la gente que la sufre diariamente. Se trata de una escala jerárquica irrespetuosa impuesta por los bancos para atender a los usuarios. Hoy, por ser fin de mes, tuve que asistir para hacer algunos pagos a tres agencias de diferentes  bancos  y decidí escribir sobre esto a manera de denuncia.

En las tres agencias que visité sucedió algo muy parecido. Una tenía un sistema de colas que se dividían en: Banca Exclusiva, clientes y usuarios; otra tenía el sistema de tickets de acuerdo al tipo de tarjeta -o a la ausencia de la misma-  que no clasificaba a los usuarios en tres categoría como el otro, sino en cuatro: a, b, c, y t; y una tercera que también era con tickets pero separaba a los usuarios en tres categorías: v, a y c. Para no enredarnos más con los significados de estas letras y de las categorías de las colas, podríamos resumirlo -para que se entienda- en tres grandes categorías: ‘Very nice’, ‘populorum’ y ‘chusma’. 

En la primera agencia que entré, pasé mi tarjeta y era del ‘populorum’, es decir, mientras esperaba mi turno mirando como estúpido la pantalla de TV, entraban los ‘very nice’ mucho después que yo y salían muy ufanos y sonrientes después de no haber demorado casi nada en ser atendidos, pero al menos podía desquitarme con la ‘chusma’ que me miraba con encono al ver que mi espera era menor que la suya. Luego, en la siguiente agencia me tocó ser de la ‘chusma’, esperé cerca de dos horas para ser atendido mientras el ‘populorum’ y los ‘very nice’ entraban mucho después que yo y salían mucho antes; me sentí menos que nada, sentí que aquel banco me había negado incluso el derecho a la existencia. Finalmente en la última agencia me tocó al fin ser ‘very nice’… y solo me tomó ocho minutos por reloj entrar a la agencia, ser atendido y salir… mientras todo el gentío  del ‘populorum’ y de la ‘chusma’ (que había entrado mucho antes que yo) con sus ticket en la mano me miraba con justificado odio e indignación y murmuraban improperios contra el banco y contra mí.

¿El hecho de que finalmente me haya tocado ser ‘very nice’, luego de haber sido maltratado como ‘populorum’ y humillado como ‘chusma’ debería ser razón suficiente para sentirme recompensado? ¿Será posible que se siga permitiendo semejante atropello? ¿Se supone entonces que uno está obligado a tener cuentas jugosas en todos los bancos para no ser obligado a esperar a ser atendido durante horas, por más de haber llegado temprano a una agencia bancaria? ¿No se supone que lo justo y lo lógico debería ser que se respete el estricto orden de llegada para ser atendido? ¿El hecho de ser entidades privadas les da derecho a discriminar impunemente bajo escalas de riqueza?

Algo muy parecido sucede en las líneas aéreas; se entiende que quien pagó una tarifa mayor tenga una butaca más cómoda, un ambiente separado y mejores atenciones, pero la cola para subir al avión debería ser la misma para todos. Se entiende perfectamente que exista atención preferencial para ancianos, discapacitados y mujeres embarazadas o con bebés en brazos; también se entiende perfectamente que existan ventanillas o ambientes especiales para transacciones de riesgo que impliquen movilizar efectivo en grandes cantidades y algunas otras razones puntuales con una clara explicación lógica. Lo demás es discriminación pura y no debería permitirse más. Las autoridades, tanto del Congreso como del INDECOPI tienen la palabra.



MAURICIO ROZAS VALZ

sábado, 29 de marzo de 2014

AHABÁ









Ben conoció a Amira una tarde de abril de 1970 en una sinagoga de Buenos Aires. Ella tenía entonces 15 años y era la segunda de tres hermanas e hija de un prestigiado cardiólogo; él tenía 19 y era hijo único de un empresario joyero. Pocos meses después de iniciar su romance, el padre de Amira fue contratado por el gobierno del Perú para que dicte cursos breves y charlas de su especialidad en las diferentes facultades de medicina y hospitales de todo el país. El contrato era por cinco años y al mes de recibir la noticia toda su familia se embarcó rumbo a Lima. Esta intempestiva separación hizo sufrir mucho a la joven pareja. Inicialmente ella les pidió a sus padres que la dejara quedarse en Buenos Aires en casa de sus tíos, pero su pedido fue rechazado sin lugar a reclamos. Él juró por su sangre que iría por ella en el menor plazo posible… y así lo hizo.

Ben para entonces ya había terminado la escuela y estudiaba letras en la Universidad de Buenos Aires y trabajaba ayudando a su padre en el negocio de la familia. Esperó poco más de cuatro meses a salir de vacaciones en la universidad y pidió permiso a sus padres para dejar el trabajo y poder viajar al Perú para visitar a su novia. Su padre, un hombre comprensivo y experimentado, intentó, por su bien, persuadirlo para que olvidara a Amira, le dijo que era muy joven y apuesto, que no le sería difícil encontrar una nueva ilusión y que no era sensato aferrarse a situaciones que tenían pocas probabilidades de perdurar, pero Ben se puso firme y le aseguró que Amira era el amor de su vida y que haría todo cuanto esté en su manos para no perderla. Finalmente su padre, luego de que su esposa le contara que dos veces por semana llegaban cartas de Amira desde el Perú, decidió darle el permiso, no sin antes tener una larga conversación de hombre a hombre con su único y protegido hijo.

Era mediodía de un domingo de enero, y en Lima, Amira acompañada de su hermana mayor esperaba ansiosa la llegada de Ben. El arribo del vuelo estaba programado para las 12.30 pm. Ambos vivían esa emoción especial que solo el primer amor y la inocencia de la primera juventud es capaz de provocar, ese temblor de pantorrillas y el pinchazo en el diafragma y la impaciencia que hace que la percepción del tiempo se altere al punto de tornar los minutos en interminables horas de ansiedad. Cada avión que aparecía en el horizonte era, para Amira, el portador alado que al fin le entregaría a Ben a sus brazos ansiosos y agotados por la frustración exagerada que le provocaba cada avión que no pertenecía a la aerolínea esperada. Por entonces no había la tecnología para programar con precisión la hora de llegada de los vuelos ni tampoco se podía confirmar con exactitud y en tiempo real si un pasajero había sido embarcado o no. 

Pasaban las horas y Amira tenía la boca ya seca de tanto llorar por la angustia que le provocaba la sola posibilidad de que algo malo hubiera sucedido y que pudiera impedir su ansiado encuentro con Ben. Su hermana, quien la consolaba en brazos, divisó en el horizonte aparecer un avión y le dijo a Amira que si ese no era… pues ya debían regresar a casa. Finalmente era el avión que traía a Ben, quien luego de aproximadamente una hora más y ya casi anocheciendo, al fin salió al pasillo y se fundió con Amira en un abrazo desesperado y prolongado que llegó a llamar la atención de los transeúntes. Luego subieron a un taxi y tomaron rumbo al centro de la ciudad, donde quedaba la casa de los amigos de la comunidad que alojarían a Ben durante su estadía en Lima.

Los días posteriores a la llegada de Ben fueron quizás los más felices que habían pasado en sus aún cortas vidas. El hecho de que Ben esté lejos de su padres y que a su vez los padres de Amira estuvieran viajando permanentemente por diferentes ciudades del Perú, les dejaba la libertad de pasar todos los días y muchas horas juntos y vivir su romance sin mayores limitaciones ni temores. Subían a cuanto bus pasara delante de ellos y sin importarles las rutas recorrían toda la ciudad de Lima de ida y vuelta. Bajaban de una línea, caminaban unas cuadras y subían a otra y así… comiendo algodones, tomando helados y metiéndose a cines y cafés al azar pasaron algo más de una semana.

Llegaron entonces los padres de Amira a Lima luego de estar durante quince días recorriendo el norte del país. Aprobaban la relación de su hija con Ben, pero les preocupaba el hecho de dejarlos mucho tiempo solos. Su siguiente destino era el sur del país, más exactamente Arequipa, y vieron por conveniente llevar esta vez a sus tres hijas e invitaron a Ben a que viajara con ellos. Pasaron solo dos días desde que llegaron y los cinco estaban tomando un avión rumbo a Arequipa. Estarían en esa ciudad durante una semana y luego recorrerían en un automóvil alquilado algunas ciudades del sur. 

La primera ciudad a la que viajaron saliendo de Arequipa fue Mollendo. Era uno de los balnearios favoritos de los habitantes de todo el sur, también tenía un puerto, un litoral muy extenso y playas muy bonitas. Todos estaban muy contentos porque se encontraban en pleno verano. Aquella ciudad tenía mucho movimiento turístico de veraneantes y era además muy pintoresca y tenía algunos hoteles y pensiones muy acogedoras. Finalmente se instalaron en una pensión muy cerca al malecón y en ella pasarían los ocho días que se quedarían en esa ciudad.

Todas las mañanas, muy temprano, y apenas el padre de Amira salía a cumplir con sus compromisos y reuniones de trabajo luego del desayuno, las tres hermanas salían de la casa acompañadas de Ben rumbo a la playa. No se querían perder ni un solo minuto de ese mar helado ni de ver el amanecer por el oriente y la puesta del sol al atardecer ocultándose en el horizonte del océano Pacífico, exactamente a la inversa de lo que habían estado acostumbrados a ver en su país. Estaban realmente maravillados y felices de recorrer todos esos lugares totalmente nuevos para ellos. 

La última mañana que estarían en esa ciudad fueron, como siempre, Ben, Amira y sus hermanas a la playa. Si bien Ben se llevaba muy bien con las hermanas de su novia, estaba ya un poco cansado de tener que esperar siempre a la noche para pasear a solas con Amira y poder besarla apasionadamente sin tener que controlar sus impulsos. Convenció entonces a Amira para caminar juntos por la orilla de la playa con dirección al sur hasta perderse en el horizonte y recién regresar cuando sintieran que ya se habían alejado lo suficiente y descansar un rato tendidos en la orilla antes de emprender el camino de regreso. La hermana mayor de Amira les dio su permiso, no sin antes advertirles de que tengan cuidado ya que su madre le había encargado cuidar a sus dos hermanas menores.

Partieron caminando de la mano como a las 10 am. Caminaban despacio, sin prisa, pateando de paso en paso el agua de algunas olas rotas que llegaban a la orilla mojando sus pies. Cada cierto trecho se quedaban observando los reflejos de sus siluetas contra el sol en las resacas espumosas, mientras escuchaban relajados el ruido del reventar de las olas que se confundían con el trino de las gaviotas y se perdían en besos y caricias que cada vez avanzaban más posiciones en el cuerpo tierno de Amira. Caminaron durante más de dos horas hasta no ver un alma ni rastro de civilización. Solo el mar, la playa, cerros de arena al terminar la playa y el litoral del norte y del sur que parecían infinitos al perderse en el horizonte como espejismos nublosos. 

Entonces decidieron descansar y se sentaron en la orilla, justo en el límite de la arena húmeda que dejaba la marea alta de la noche y hasta donde llegaba la última gota del mar. Empezaron a besarse sin control y acariciarse los cuerpos sin que ninguno pusiera límites ni tratara de impedir nada. Hurgaron bajo sus bañadores y por vez primera se tocaban más allá de lo que era conocido y cotidiano para ellos. Luego se calmaron y se pusieron a conversar sobre el futuro. Ella le contó que quería estudiar psicología para tratar de comprender muchas cosas que, por más esfuerzos que hacía, no llegaba a entender de la conducta humana. Le contó también que le ilusionaba mucho la idea de casarse con él apenas cumpliera veintiuno y que su sueño era pasar su luna de miel en Jerusalén. Él le contó que quería ser historiador y escribir muchos libros sobre su tema. Le dijo que también quería casarse con ella, pero que no estaba dispuesto a esperar tanto tiempo, que mucho antes de que ella cumpla veintiuno le pediría matrimonio y hablaría con su padre para que sea emancipada legalmente.

Pasaron dos horas más sentados en esa orilla. Conversaban, se besaban, se quedaban en silencio mirando el mar, luego repetían el ritual hasta que decidieron darse un chapuzón en el mar. Él se paró primero y la ayudó a pararse dándole la mano. Se sacudieron la arena del cuerpo y se metieron al mar de la mano. Durante unos minutos jugaron a echarse agua a la cara con las manos y a perseguirse. También se lanzaron bolas de arena mojada y volvían a meterse al mar hasta que el agua les llegaba a la cintura. Él le sugirió entrar un poco más adentro para luego soltar el cuerpo y salir flotando arrullado por las olas. Lo intentaron y una de las olas revolcó a Amira haciéndola tragar agua, esto la enfadó un poco y decidió salir. Él se quedó y le pidió que regrese junto a él, ella no aceptó y se fue caminando hasta la orilla dando saltitos para sacarse el agua de los oídos. Luego se sentó a esperar a que él saliera. 

De pronto vio que una ola también revolcó a Ben y la resaca se lo llevó algunos metros hacia adentro. Ben hacía gestos con las manos como dando seguridad a Amira, como diciendo que esté tranquila y que todo estaba bajo control, pero cada ola en la que intentaba salir, lejos de acercarlo a la orilla lo arrastraba más hacia adentro. Amira empezó a preocuparse y se puso de pie, le pidió a gritos de que no juegue y que por favor salga de una vez. Pasaban los minutos y la cabeza de Ben se hacía cada vez más pequeña ante los gritos de desesperación de Amira, que pedía ayuda buscando con la mirada en todas las direcciones con la esperanza de que su voz viajara lo suficiente hasta ser escuchada. Intentaba entrar a ayudarlo y era inmediatamente despedida por un mar de pronto embravecido que no estaba dispuesto a ceder y que se llevaba a cada vez más adentro a Ben sin que ella nada pudiera hacer para evitarlo.

 

MAURICIO ROZAS VALZ

miércoles, 26 de marzo de 2014

AL FONDO HAY SITIO (bien al fondo)








Siempre que criticamos o desdeñamos algo, ya sea un programa de TV, una película o lo que fuere, inmediatamente alguien sale con las típicas -y hasta cierto punto comprensibles- preguntas: ‘¿te consta?’, ‘¿lo has visto?’. Y bueno, para neutralizar dichas preguntas, la semana pasada me tomé el arduo (sí, muy arduo y agotador) trabajo de ver casi dos capítulos completos de la serie peruana ‘Al fondo hay sitio’, y la impresión que me dejó fue muy penosa, peor de la que ya tenía. Me causó vergüenza propia y ajena (las dos), y contrario a lo que me habían comentado, no me arrancó ni la menor sonrisa; es más, confieso que me dejó una sensación de lástima y de desesperanza, sobre todo cuando me informé del altísimo nivel de rating que algo semejante tenía en mi país. El simple hecho de saber que son millones de peruanos los que se sientan religiosamente frente a sus televisores a la misma hora para ver semejante adefesio… me apena y preocupa sobremanera.

Me apena también que artistas de primer nivel como Gustavo Bueno, Yvonne Frayssinet, Melania Urbina, Mónica Sánchez,  entre otros; a falta de producciones mejores no tengan más opción  que aceptar trabajar en papeles que no les hacen justicia; es más, me atrevo a decir  que se les denigra hasta el punto de tener que hacer el ridículo como cualquier payaso esquinero para hacer reír. El alto nivel profesional de estos actores merecería mejores producciones, pero al parecer no las hay.

La apología que se hace al racismo y al clasismo en su forma más perversa y ofensiva no tiene parangón. Se da por sentado que un ‘Maldini’, es decir, un blanco,  tiene licencia natural para menospreciar a un ‘Pampañaupa’, es decir, un cholo…  y se dan por sentadas castas que no tienen opción de cambiar ni de nivelarse nunca. Un Pampañaupa, por más que progrese, siempre estará por debajo de un Maldini y viceversa, ¿me saldrán con el argumento de que es simplemente un reflejo de nuestra realidad? ¿El hecho de tener algo o mucho de reflejo de nuestra realidad es razón suficiente para enrostrarlo sin ningún pudor como algo natural que no tiene cómo ni por qué cambiar? ¿Tan resignados están los peruanos que se identifican con los Pampañaupa a ser siempre mirados por debajo del hombro por los que se sienten identificados con los Maldini? ¿Habrán ya aceptado como una realidad inamovible el hecho de que por más que progresen y se mezclen en el mejor de los casos serán unos trepones igualados? ¿Debemos aceptar que siempre que un cholito esté con una blanquita deberá sentirse afortunado y la blanquita deberá sentirse muy bondadosa por aceptarlo como a un igual? ¿Las expresiones de asco, desprecio y resentimiento con que se miran estos personajes todos los días –según su color- habrán sido ya aceptadas como algo natural? ¿Tiene esto algo de gracioso? 

En el colmo del despropósito, los sucesos de dicho bodrio son reportados por noticiarios y magazines como una realidad paralela de interés nacional socialmente relevante. Lo que hizo o dijo tal o cual personaje sale en las noticias como un hecho real, incluso se reporta sus dolencias desde clínicas y hospitales y se lamenta los fallecimientos como si fueran reales. Un caso único de esquizofrenia mediática de alcance nacional.

Si bien en este caso particular en que no se tortura ni se asesina a nadie vale el argumento: ‘si no te gusta no lo veas, cambia de canal y ya’, no deja de dar lástima y de preocupar. Con este modesto análisis no sugiero entre líneas que se prohíba nada. Creo en la libertad de elección y mientras no se pisotee los derechos de otros nada debe prohibirse. Tampoco pretendo pegarla de ‘culturoso’ o de gran intelectual ni sugiero que en ese horario salga el programa de Marco Aurelio Denegri ni el que tenía Iván Thays… no, para nada; es más, comprendo perfectamente que la gente esté acostumbrada a ver telenovelas a esa hora y que les guste mucho, pero quizás podríamos ser más exigentes en cuanto a la calidad de estas series, quizás podríamos aspirar a producir telenovelas de mejor calidad como muchas que se producen en Brasil y que incluso en nuestro propio país se produjeron años atrás. 

Creo que lamentablemente en nuestro país el desarrollo económico no solo no ha ido de la mano de una evolución de la sociedad, es más, creo que estamos involucionando, que la cultura de nuestro país es inversamente proporcional a su crecimiento económico.


MAURICIO ROZAS VALZ

martes, 25 de marzo de 2014

¿ES USTED UN FASCISTA Y NO LO SABÍA?







Con mucha frecuencia escuchamos y leemos, sobre todo en discusiones y comentarios políticos la palabra ‘fascismo’ y su adjetivo ‘fascista’. Se le usa mucho para hacer referencia a manera de insulto a posturas mal llamadas ‘de derecha’, ya que ser de derecha o de izquierda varía según el régimen imperante: por ejemplo, en la exURSS y en todo el bloque socialista de Europa del Este, ser de derecha era estar acorde con el régimen comunista y por ende, estar en contra era ser de izquierda. Ser de derecha, en todo caso, es básicamente ser un conservador y un defensor del sistema. Se suele caer en una contradicción flagrante que evidencia una clara ignorancia cuando se asocia al fascismo con el liberalismo. ‘Liberal’ viene, como no es muy difícil de deducir, de ‘libertad’… y nada más contrario a la libertad que el fascismo; pero antes de seguir, mejor revisemos el origen de la palabra en cuestión y un poco de su historia.

Fascismo viene del vocablo italiano ‘fascio’, derivado del latín 'fasces' que en su traducción al español sería el ‘haz’, pero no del verbo hacer; el haz es un símbolo que tuvo sus inicios en el imperio romano y que consta de doce varillas unidas con una suerte de soguilla y que representa la unión de fuerzas y era un símbolo de poder de los cónsules; tal y como podrán observar en la gráfica del presente artículo. Dicho símbolo fue tomado en el siglo XX en Italia por el dictador Benito Mussolini para representar su ideología y fue el fundador del fascismo tal y como lo conocemos. Debemos aclarar que el fascismo de Mussolini no solo era contrario al comunismo, entonces representado por la exURSS y sus aliados de Europa del Este, sino que también repudiaba al capitalismo, entonces representado por los Estados Unidos y sus aliados de Europa Occidental. La razón por la que Mussolini repudiaba al capitalismo fue porque era consciente de que dicho sistema traía como consecuencia inmediata la formación de una nueva clase media emergente y burguesa que le restaría poder de manejo de los recursos económicos al estado. Intentaremos ser didácticos en cuanto a las características de esta ideología para no extendernos mucho en todas sus variables, modalidades y períodos y lo que sufrieron muchas sociedades que vivieron bajo estos regímenes en todo el mundo en nuestra historia reciente. 

El fascismo tiene básicamente las siguientes características: un mandatario único y todopoderoso que a su vez es líder supremo de una ideología que se lleva casi como una doctrina religiosa fanática; un sistema económico corporativista totalmente dependiente del estado y su líder único; la ausencia total de libertades individuales, empezando por la libertad de credo, de pensamiento, de expresión, de prensa, de empresa y etcétera; una formación educativa ultranacionalista y militarista que empieza en las escuelas y que incentiva la obediencia y el culto a la personalidad del líder supremo y la xenofobia. Un sistema fascista es principalmente un sistema represivo y  restrictivo y que a su vez es vigilado por un estado policíaco violento y un sistema de espionaje cuidadosamente diseminado en todas las esferas de la sociedad para controlar cualquier intento de disidencia. 

Ajustarse a todas -o a la mayoría- de las características anteriormente mencionadas hace que un régimen sea considerado ‘fascista’, independientemente de la ideología o doctrina que se profese o practique. El asunto de fondo es el método de gobierno que se aplique o se promueva; si el método es la coerción… entonces estamos hablando de fascismo. Podríamos resumir al fascismo en una sola palabra: ‘coerción’. Fascismo es coerción y coerción es fascismo.

Aclarado esto, resulta oportuno mencionar, sin orden aparente, solo a algunos de los gobernantes fascistas entre vivos y muertos. Si bien no todos cumplen con el total de características, pues cumplen con las principales y se les puede llamar sin ninguna duda ‘fascistas’: empezaremos por su creador, Benito Mussolini (Italia), Adolf Hitler (Alemania), Francisco Franco (España), Rafael Leonidas Trujillo ‘El Chivo’ (República Dominicana), Idi Amin Dada (Uganda), Fidel Castro (Cuba), Augusto Pinochet (Chile), la ‘junta militar’ conformada por Videla, Viola y Galtieri (Argentina), Kim Jom un y Kim Il sung (Corea del Norte), Hugo Chávez y Nicolás Maduro (Venezuela), entre otros. Quizás usted no lo sabía, pero si simpatiza con algunos de estos personajes, pues le informo que es usted un simpatizante del fascismo. Ahora ya lo sabe.

Es importante aclarar que no todos los gobiernos autoritarios o dictatoriales pueden ser considerados necesariamente fascistas. Si no cumplen con el requisito básico del militarismo y el ultranacionalismo no podrán ser considerados tales, como en el caso de Alberto Fujimori (Perú, 1990-2000), o los que se rigen actualmente en Bolivia y Ecuador con Evo Morales y Rafael Correa, respectivamente.

Finalmente, y antes de recibir  -con cariño-  todas sus críticas (incluidos insultos derivados de sus iras santas), les confieso que este humilde servidor no simpatiza absolutamente con ninguno de todos los personajes –vivos o muertos- mencionados líneas arriba. Me declaro libre pensador y tomo distancia de la dicotomía anacrónica ‘derecha-izquierda’ y de toda doctrina enlatada que incentive el odio. Este modesto artículo solo intenta aclarar el significado de un viejo concepto que solo ha traído violencia, sufrimiento y kilómetros cúbicos de sangre a la humanidad.



MAURICIO ROZAS VALZ