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sábado, 29 de marzo de 2014

AHABÁ









Ben conoció a Amira una tarde de abril de 1970 en una sinagoga de Buenos Aires. Ella tenía entonces 15 años y era la segunda de tres hermanas e hija de un prestigiado cardiólogo; él tenía 19 y era hijo único de un empresario joyero. Pocos meses después de iniciar su romance, el padre de Amira fue contratado por el gobierno del Perú para que dicte cursos breves y charlas de su especialidad en las diferentes facultades de medicina y hospitales de todo el país. El contrato era por cinco años y al mes de recibir la noticia toda su familia se embarcó rumbo a Lima. Esta intempestiva separación hizo sufrir mucho a la joven pareja. Inicialmente ella les pidió a sus padres que la dejara quedarse en Buenos Aires en casa de sus tíos, pero su pedido fue rechazado sin lugar a reclamos. Él juró por su sangre que iría por ella en el menor plazo posible… y así lo hizo.

Ben para entonces ya había terminado la escuela y estudiaba letras en la Universidad de Buenos Aires y trabajaba ayudando a su padre en el negocio de la familia. Esperó poco más de cuatro meses a salir de vacaciones en la universidad y pidió permiso a sus padres para dejar el trabajo y poder viajar al Perú para visitar a su novia. Su padre, un hombre comprensivo y experimentado, intentó, por su bien, persuadirlo para que olvidara a Amira, le dijo que era muy joven y apuesto, que no le sería difícil encontrar una nueva ilusión y que no era sensato aferrarse a situaciones que tenían pocas probabilidades de perdurar, pero Ben se puso firme y le aseguró que Amira era el amor de su vida y que haría todo cuanto esté en su manos para no perderla. Finalmente su padre, luego de que su esposa le contara que dos veces por semana llegaban cartas de Amira desde el Perú, decidió darle el permiso, no sin antes tener una larga conversación de hombre a hombre con su único y protegido hijo.

Era mediodía de un domingo de enero, y en Lima, Amira acompañada de su hermana mayor esperaba ansiosa la llegada de Ben. El arribo del vuelo estaba programado para las 12.30 pm. Ambos vivían esa emoción especial que solo el primer amor y la inocencia de la primera juventud es capaz de provocar, ese temblor de pantorrillas y el pinchazo en el diafragma y la impaciencia que hace que la percepción del tiempo se altere al punto de tornar los minutos en interminables horas de ansiedad. Cada avión que aparecía en el horizonte era, para Amira, el portador alado que al fin le entregaría a Ben a sus brazos ansiosos y agotados por la frustración exagerada que le provocaba cada avión que no pertenecía a la aerolínea esperada. Por entonces no había la tecnología para programar con precisión la hora de llegada de los vuelos ni tampoco se podía confirmar con exactitud y en tiempo real si un pasajero había sido embarcado o no. 

Pasaban las horas y Amira tenía la boca ya seca de tanto llorar por la angustia que le provocaba la sola posibilidad de que algo malo hubiera sucedido y que pudiera impedir su ansiado encuentro con Ben. Su hermana, quien la consolaba en brazos, divisó en el horizonte aparecer un avión y le dijo a Amira que si ese no era… pues ya debían regresar a casa. Finalmente era el avión que traía a Ben, quien luego de aproximadamente una hora más y ya casi anocheciendo, al fin salió al pasillo y se fundió con Amira en un abrazo desesperado y prolongado que llegó a llamar la atención de los transeúntes. Luego subieron a un taxi y tomaron rumbo al centro de la ciudad, donde quedaba la casa de los amigos de la comunidad que alojarían a Ben durante su estadía en Lima.

Los días posteriores a la llegada de Ben fueron quizás los más felices que habían pasado en sus aún cortas vidas. El hecho de que Ben esté lejos de su padres y que a su vez los padres de Amira estuvieran viajando permanentemente por diferentes ciudades del Perú, les dejaba la libertad de pasar todos los días y muchas horas juntos y vivir su romance sin mayores limitaciones ni temores. Subían a cuanto bus pasara delante de ellos y sin importarles las rutas recorrían toda la ciudad de Lima de ida y vuelta. Bajaban de una línea, caminaban unas cuadras y subían a otra y así… comiendo algodones, tomando helados y metiéndose a cines y cafés al azar pasaron algo más de una semana.

Llegaron entonces los padres de Amira a Lima luego de estar durante quince días recorriendo el norte del país. Aprobaban la relación de su hija con Ben, pero les preocupaba el hecho de dejarlos mucho tiempo solos. Su siguiente destino era el sur del país, más exactamente Arequipa, y vieron por conveniente llevar esta vez a sus tres hijas e invitaron a Ben a que viajara con ellos. Pasaron solo dos días desde que llegaron y los cinco estaban tomando un avión rumbo a Arequipa. Estarían en esa ciudad durante una semana y luego recorrerían en un automóvil alquilado algunas ciudades del sur. 

La primera ciudad a la que viajaron saliendo de Arequipa fue Mollendo. Era uno de los balnearios favoritos de los habitantes de todo el sur, también tenía un puerto, un litoral muy extenso y playas muy bonitas. Todos estaban muy contentos porque se encontraban en pleno verano. Aquella ciudad tenía mucho movimiento turístico de veraneantes y era además muy pintoresca y tenía algunos hoteles y pensiones muy acogedoras. Finalmente se instalaron en una pensión muy cerca al malecón y en ella pasarían los ocho días que se quedarían en esa ciudad.

Todas las mañanas, muy temprano, y apenas el padre de Amira salía a cumplir con sus compromisos y reuniones de trabajo luego del desayuno, las tres hermanas salían de la casa acompañadas de Ben rumbo a la playa. No se querían perder ni un solo minuto de ese mar helado ni de ver el amanecer por el oriente y la puesta del sol al atardecer ocultándose en el horizonte del océano Pacífico, exactamente a la inversa de lo que habían estado acostumbrados a ver en su país. Estaban realmente maravillados y felices de recorrer todos esos lugares totalmente nuevos para ellos. 

La última mañana que estarían en esa ciudad fueron, como siempre, Ben, Amira y sus hermanas a la playa. Si bien Ben se llevaba muy bien con las hermanas de su novia, estaba ya un poco cansado de tener que esperar siempre a la noche para pasear a solas con Amira y poder besarla apasionadamente sin tener que controlar sus impulsos. Convenció entonces a Amira para caminar juntos por la orilla de la playa con dirección al sur hasta perderse en el horizonte y recién regresar cuando sintieran que ya se habían alejado lo suficiente y descansar un rato tendidos en la orilla antes de emprender el camino de regreso. La hermana mayor de Amira les dio su permiso, no sin antes advertirles de que tengan cuidado ya que su madre le había encargado cuidar a sus dos hermanas menores.

Partieron caminando de la mano como a las 10 am. Caminaban despacio, sin prisa, pateando de paso en paso el agua de algunas olas rotas que llegaban a la orilla mojando sus pies. Cada cierto trecho se quedaban observando los reflejos de sus siluetas contra el sol en las resacas espumosas, mientras escuchaban relajados el ruido del reventar de las olas que se confundían con el trino de las gaviotas y se perdían en besos y caricias que cada vez avanzaban más posiciones en el cuerpo tierno de Amira. Caminaron durante más de dos horas hasta no ver un alma ni rastro de civilización. Solo el mar, la playa, cerros de arena al terminar la playa y el litoral del norte y del sur que parecían infinitos al perderse en el horizonte como espejismos nublosos. 

Entonces decidieron descansar y se sentaron en la orilla, justo en el límite de la arena húmeda que dejaba la marea alta de la noche y hasta donde llegaba la última gota del mar. Empezaron a besarse sin control y acariciarse los cuerpos sin que ninguno pusiera límites ni tratara de impedir nada. Hurgaron bajo sus bañadores y por vez primera se tocaban más allá de lo que era conocido y cotidiano para ellos. Luego se calmaron y se pusieron a conversar sobre el futuro. Ella le contó que quería estudiar psicología para tratar de comprender muchas cosas que, por más esfuerzos que hacía, no llegaba a entender de la conducta humana. Le contó también que le ilusionaba mucho la idea de casarse con él apenas cumpliera veintiuno y que su sueño era pasar su luna de miel en Jerusalén. Él le contó que quería ser historiador y escribir muchos libros sobre su tema. Le dijo que también quería casarse con ella, pero que no estaba dispuesto a esperar tanto tiempo, que mucho antes de que ella cumpla veintiuno le pediría matrimonio y hablaría con su padre para que sea emancipada legalmente.

Pasaron dos horas más sentados en esa orilla. Conversaban, se besaban, se quedaban en silencio mirando el mar, luego repetían el ritual hasta que decidieron darse un chapuzón en el mar. Él se paró primero y la ayudó a pararse dándole la mano. Se sacudieron la arena del cuerpo y se metieron al mar de la mano. Durante unos minutos jugaron a echarse agua a la cara con las manos y a perseguirse. También se lanzaron bolas de arena mojada y volvían a meterse al mar hasta que el agua les llegaba a la cintura. Él le sugirió entrar un poco más adentro para luego soltar el cuerpo y salir flotando arrullado por las olas. Lo intentaron y una de las olas revolcó a Amira haciéndola tragar agua, esto la enfadó un poco y decidió salir. Él se quedó y le pidió que regrese junto a él, ella no aceptó y se fue caminando hasta la orilla dando saltitos para sacarse el agua de los oídos. Luego se sentó a esperar a que él saliera. 

De pronto vio que una ola también revolcó a Ben y la resaca se lo llevó algunos metros hacia adentro. Ben hacía gestos con las manos como dando seguridad a Amira, como diciendo que esté tranquila y que todo estaba bajo control, pero cada ola en la que intentaba salir, lejos de acercarlo a la orilla lo arrastraba más hacia adentro. Amira empezó a preocuparse y se puso de pie, le pidió a gritos de que no juegue y que por favor salga de una vez. Pasaban los minutos y la cabeza de Ben se hacía cada vez más pequeña ante los gritos de desesperación de Amira, que pedía ayuda buscando con la mirada en todas las direcciones con la esperanza de que su voz viajara lo suficiente hasta ser escuchada. Intentaba entrar a ayudarlo y era inmediatamente despedida por un mar de pronto embravecido que no estaba dispuesto a ceder y que se llevaba a cada vez más adentro a Ben sin que ella nada pudiera hacer para evitarlo.

 

MAURICIO ROZAS VALZ

2 comentarios:

  1. Al menos pasaron juntos las últimas semanas.
    El cuento me tuvo en vilo hasta que empece a presagiar el final infeliz nada más llegando a Lima.
    No opino sobre literatura, estilo etc. Por no ser mi especialidad.

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    1. Disculpa por la demora en publicar tu comentario. Muchas gracias. Saludos.

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