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viernes, 28 de febrero de 2014

TE AMO PUNTO COM



   



  Feliciana Huamán era natural de Chuquibamba, un pequeño pueblo agrícola ubicado en los Andes del departamento de Arequipa; tenía veintidós años, era soltera, estudió turismo y hotelería, y dominaba muy bien el idioma inglés. 

     Kevin Smith, era natural de St. Louis, Minnesota, un pueblo ubicado en el medio oeste de los Estados Unidos de Norteamérica, tenía cuarenta años, también era soltero, y era un policía retirado que tenía una pequeña industria de muebles de oficina.

     Se conocieron  -como hoy por hoy se acostumbra-  por internet, a través de una de las miles de páginas web gratuitas dedicadas a emparejar a personas ubicadas en todos los confines del planeta. Ella era muy pequeña y delgada, medía un metro cincuenta y seis y pesaba cuarenta y seis kilos. Él era muy alto y robusto, medía un metro noventa y cinco y pesaba ciento treinta kilos. Fue amor a primera vista. Él, apenas vio la foto de ella, no dudó un segundo en oprimir la yema de su dedo índice derecho en el mouse sobre la foto de ella para pedir su aprobación. Ella, al día siguiente que él solicitara su aceptación, apenas la vio, aceptó la solicitud sin vacilar.

     Iniciaron una relación de amistad, que en pocos meses mutó en romance. Se comunicaban todos los días, utilizando facebook, msn, skype y correo electrónico. Incluso hablaban por teléfono dos o tres veces por día, y algunas noches y fines de semana hablaban durante muchas horas aliviando sus respectivas ausencias hasta quedarse dormidos. Él se enamoró perdidamente de su enternecedora ingenuidad, y para ella, él representaba lo que ella siempre había soñado, es decir, un hombre mayor con relativa fortuna, que la saque del país y que le proporcione la codiciada green card con la que soñaban muchos de sus parientes, amigos y colegas del rubro de turismo y hotelería.

     En ese plan estuvieron por más de un año. Las diferentes ocupaciones de él, y las dos veces consecutivas que a ella le negaron la visa, impidieron que pudiesen conocerse en persona durante todo ese tiempo. Ante esa situación, él tuvo que acomodar sus horarios para poder viajar al Perú y verse con su novia.

     Todo fue cuidadosa y detalladamente planificado. Él llegaría el primer sábado del mes de agosto, y ella viajaría desde su pueblo hasta Lima dos días antes para recibirlo en el aeropuerto. Para esto, ella había ahorrado algún dinero para -aprovechando la temporada baja- rentar un pequeño apartamento en un balneario no muy costoso del sur de Lima. Tenían ya todo listo, incluso el hotel en el que pasarían su primera noche. Ambos se encontraban muy ilusionados con el día de su, tantas veces postergado, encuentro.

     Llegado el día de sus viajes, ella llegó sin contratiempos en un bus que partió la tarde anterior desde su pueblo. Él llegó sin contratiempos a Miami, y con sólo dos horas de intervalo, partió el avión que lo llevaría en vuelo directo hasta Lima. Poco antes de embarcar se comunicó por teléfono con ella para informarle que todo estaba en orden y que estaba ansioso por llegar a destino y abrazarla y besarla hasta agotarse. 

     A poco más de una hora de que partiera el avión, Kevin no lograba conciliar el sueño. Decidió tomar una pastilla para poder descansar, reclinó su asiento al límite e intentó dormir en vano. Se incorporó y pensó que siendo él tan alto y pesado, quizás debería de duplicar la dosis, e ingirió dos pastillas más, logrando  -ahí sí-  dormir profundamente, no bien terminó de reclinar el asiento.

     La hora programada para la llegada del avión al aeropuerto de Lima era las cinco de la mañana. Feliciana se levantó a la una para bañarse, arreglarse y estar lista y puntual en el aeropuerto a la hora programada. Todo el día anterior se la pasó de tienda en tienda comprándose ropa, y al terminar la tarde, se internó en un spa para que le hagan la manicura, la pedicura y todos los arreglos necesarios y estar muy linda para cuando su novio la viera por primera vez en persona.

     Llegó al aeropuerto a las tres  -dos horas antes-. No quiso ni tomar desayuno para hacerlo con Kevin. Los nervios la acosaban y no podía estar sentada. Se la pasó caminando por todo aeropuerto con los brazos cruzados y frotándose las manos para contrarrestar el frío que hacía a esas horas.

     Dieron al fin las cinco de la mañana y en el pizarrín del aeropuerto estaba programada sin retraso la llegada del avión en que llegaba Kevin. Pasaron diez minutos, y en la pantalla salía la palabra ‘aterrizó’, lo cual emocionó mucho a Feliciana, quien tuvo que contener las lágrimas. Fue presurosa a la zona por donde salían los pasajeros que llegaban del extranjero. Salían decenas de personas, y Feliciana trataba de pararse en puntas de pies y hacerse espacio entre la multitud para no perderse uno solo de los rostros que pasaban por aquel ancho pasillo.

     Los minutos fueron pasando y dieron ya las cinco y cincuenta y Kevin no aparecía. Preguntaba a las personas que estaban cerca de ella si eso era normal, y todas le decían que tenga calma, que había mucha congestión a esa hora, y que tanto los servicios de aduanas, como las fajas transportadoras de equipaje estaban muy congestionados, y que tuviera un poco de paciencia.

     Pasó media hora más y todas las personas que inicialmente estaban cerca de ella, se habían ido ya con sus parientes o amigos recién llegados. Esto inquietó mucho a Feliciana, y decidió ir a preguntar al counter de la línea aérea en que llegaba Kevin. Una dependiente de la línea la atendió y le preguntó qué sucedía. Ella le explicó que su novio, de nombre Kevin Smith, debería de haber llegado en el último vuelo que decía ‘aterrizó’, pero que él aún no aparecía y había pasado ya mucho tiempo. La dependienta le dijo que averiguaría, y que por favor, la esperase unos minutos.

     Luego de quince minutos, la dependiente, junto con dos señores con uniforme de piloto y dos policías se le acercaron, y tratando de esquivarle la mirada, le preguntaron si ella era Feliciana Huamán, la novia del señor Kevin Smith. Ella les respondió que sí, y les preguntó angustiada qué sucedía. Le pidieron que por favor se calmase, y aprovechándose de sus nervios,  le pidieron de que les firme algunos papeles y que los acompañe.

     Caminaron por unos pasillos de acceso restringido, mientras ella insistía en preguntar qué había pasado. Ninguno de ellos le respondía, sólo se limitaban a pedirle de que se calmase, hasta que llegaron a la puerta de una habitación. Los policías y los pilotos se quedaron afuera. La dependiente  -que era la más amable-  la tomó del brazo y la condujo al interior de la habitación. 

     Allí se encontraba Kevin, echado en una camilla y tapado con una manta hasta el cuello. La habitación no tenía ventanas, y el olor a mierda y orines era nauseabundo, y tanto Feliciana, como la dependiente arrancaron en vómitos incontenibles. Feliciana no podía incorporarse y se ahogaba con sus lágrimas y sus vómitos pensando que Kevin estaba muerto. Cuando dejaron de vomitar, la dependiente la tomó nuevamente del brazo y la sacó de la habitación. Afuera la esperaban los policías, y uno de ellos le detalló lo sucedido: le explicaron de que habían sacado una muestra de sangre de Kevin, y habían encontrado somníferos en exceso, y que eso había ocasionado que se durmiera tan profundamente hasta llegar a perder el control de sus esfínteres, y que se había cagado y meado, y que dada la cantidad de mierda encontrada, calculaban que había evacuado hasta en tres oportunidades sin poder despertar, y que no despertaría hasta dentro de aproximadamente tres horas.

     La dependienta le alcanzó las maletas de Kevin, le dijo que tenía que quedarse hasta que Kevin despertase para ayudarlo a cambiarse. Feliciana le dijo que de ninguna manera, que ella se iría a su casa e intentó escapar corriendo. Fue detenida por los policías, quienes aprovechando nuevamente de su ingenuidad, le recordaron de que ella había firmado un papel en el que asumía la responsabilidad por el ciudadano norteamericano Kevin Smith, y que no podía irse hasta que él se recuperase y se fueran los dos. Como si no fuera suficiente, le dijeron que no podía quedarse en ese pasillo porque era zona internacional, y que tendría que ingresar a la habitación en la que se encontraba Kevin hasta que éste despierte y solucionen su problema.

     Feliciana se encontraba sentada en una silla a los pies de la camilla donde se encontraba Kevin. 

     Lloraba desconsoladamente tapándose la nariz con un pañuelo. En esas estaba cuando entró en la habitación una señora ya mayor, con gorro, guantes de látex y mascarilla, portando un trapeador y un balde con agua, y mientras limpiaba los vómitos del piso le dijo: tranquilícese señorita, esto no es nada. Peores cosas va a tener que soportar cuando se case. Se lo aseguro. Sino pregúntemelo a mí.



MAURICIO ROZAS VALZ

sábado, 22 de febrero de 2014

GALLETITA



   


  Era un niño de siete años. Una tarde, en la vieja casa de campo de sus abuelos, junto con sus numerosos primos decidieron jugar a las escondidas.  Dieron la cuenta de sesenta y empezó la búsqueda. Pasó una hora y sus primos estaban asustados por no encontrarlo, avisaron a los mayores para que los ayudaran. Llamaron a la policía pues la cosa dejó de ser graciosa. Pasó la noche, tres días y nada, no había ni luz de él. Empezaron las especulaciones y se tejieron algunas leyendas urbanas en torno a su extraña desaparición.

     La angustia no cesaba, la tarde del miércoles siguiente, a su abuelo se le antojó podar sus ciruelos a manera de relajo. Estaba en  esa faena, cuando creyó escuchar unos golpes que venían del fondo de la huerta. Se acercó sigilosamente y los golpes se hicieron más cercanos. El abuelo por fin ubicó el lugar. Venían nada menos que de su viejo horno para pan que no usaban hacía muchos años, y con la ayuda de una estaca logró levantar la pesada tapa de hierro que cubría la entrada. Ahí estaba su buscadísimo nieto, moribundo, debilitado, hediondo y embarrado por todas sus emanaciones y flujos de cuatro días. Le había parecido buena idea esconderse en el horno, y al entrar, con la vibración dejó caer la pesada puerta y ya no la pudo abrir. Desde aquel acontecimiento, se quedó con el apelativo de: “Galletita” por el resto de su vida. Aquel aterrador suceso, marcaría de ignominia algunos capítulos en la agitada vida de novela del buen Galletita.

     Galletita tenía aproximadamente veinticuatro años cuando conoció a Tatiana, una linda muchacha ligeramente mayor que él, divorciada y con dos niños. Se enamoró perdidamente de ella y a primera vista. Vivían un tórrido romance de seis meses cuando su mejor amigo y compañero de la infancia, el negro Parada, le anunciaba vía correo electrónico de su llegada para las fiestas de fin de año. Galletita estaba emocionado, le contó a Tatiana que su mejor amigo estaba próximo a llegar y que tenía muchas ganas de presentárselo. 

     Un jueves previo a la semana de navidad, Galletita acudió al aeropuerto con Tatiana para recibir a su entrañable amigo. Aterrizó el avión y por las escaleras bajaba el negro Parada tratando de buscar entre la multitud de la terraza el rostro de su amigo. Cuando por fin salió se fundieron en un efusivo y largo abrazo que Tatiana observaba conmovida. Luego del abrazo, Galletita le presentó orgulloso a su nueva y linda novia, abordaron su auto y se dirigieron a la casa de los padres del negro Parada. Quedaron en cenar esa noche en casa de Tatiana, quien había preparado algo especial para el mejor amigo de su novio.

     Tatiana invitó a una amiga para aquella velada. El negro Parada llegó puntual y, tragos van, tragos vienen, terminaron de cenar. A galletita se le ocurrió poner en el estéreo sus discos de salsa cubana. El negro Parada sacó a bailar a la amiga de Tatiana y esta no quiso salir; entonces Galletita le dijo que bailara con Tatiana, que ellos eran como hermanos, lo que inmediatamente aceptó su amigo. El disco era largo y continuado. El baile de Tatiana y el negro Parada empezaba a extenderse y el disco no tenía cuando acabar. Ninguno de los dos bailarines parecían estar apurados, su entusiasmo era total. Pasaron como diez larguísimos minutos, y al fin terminó la canción. Galletita estaba algo confundido, pero luego recordaba que se trataba de su mejor amigo y de la mujer que lo amaba por sobre todo y eso lo calmó. El negro parada propuso ir a bailar a la discoteca que estuviese de moda en la ciudad, que él invitaría una botella de whisky Old Parr. La amiga de Tatiana no aceptó, pidió su taxi y al salir de casa de Tatiana, dio un codazo a Galletita como advirtiendo algo que Galletita no entendió, o no quiso entender.

     Llegaron a la discoteca. El negro Parada pagó una fuerte suma para que lo dejen entrar a la zona VIP. Pidió la prometida botella de whisky con sodas y hielo y propuso un brindis por el amor y la amistad, ¡Salud!  Chocaron sus vasos y bebieron. Los merengues de Juan Luis Guerra empezaron a sonar. El negro parada pidió permiso a Galletita para sacar a bailar a Tatiana, éste aceptó a regañadientes, el negro la tomó de la mano y se la llevó a la pista que quedaba en el primer piso. Pasaban los minutos y Tatiana y el negro Parada danzaban mágicamente y sin parar. Galletita los observaba desde la mezzanine, en tanto iba bebiendo vaso tras vaso de whisky. Seguía pasando el tiempo, la botella de Old Parr iba por menos de la mitad y Tatiana y el negro Parada seguían bailando. Todo esto empezó a molestar a Galletita, ya habían pasado veinte minutos y no regresaban. Entonces Galletita creyó oportuno bajar a pedirles que regresen, pero antes pasó por los servicios higiénicos. No bien salió de los servicios, bajó inmediatamente a buscar a su novia y a su amigo. Llegó a la pista de baile y no los vio, volvió a subir a la zona VIP pensando que habían regresado y nada. Volvió a buscar por toda la discoteca. Pidió a la cuidadora de los servicios femeninos que la llame, ahí no estaba, su amigo tampoco estaba en los servicios para varones. Galletita empezó a entrar en pánico, los casi dos tercios de botella de whisky que había ingerido empezaban a hacer sus efectos. Entonces marcó el número de Tatiana y si desea, deje su mensaje después del tono, marcaba el número compulsivamente, el color de su rostro se tornaba rojo intenso. Regresó a la discoteca, creyó ver al negro Parada en la puerta del baño y le asestó una trompada, con tan mala puntería que golpeó la pared rompiéndose los nudillos. Entonces el agredido -que no era el negro Parada- le devolvió la trompada, pero a diferencia suya, le partió los labios y le voló dos dientes. Galletita trató de responder cuando empezó a ver luces y se desplomó.

     Cuando estaba por amanecer, Galletita despertó en la vereda de enfrente con la ropa manchada de sangre, sin zapatos, ni casaca, ni billetera, ni celular y con dos dientes menos. Aún le duraba la borrachera y empezó a caminar en zigzag rumbo a casa de Tatiana. Llegó a la media hora, cuando el sol ya empezaba a asomar sus primeros rayos. Tocó el timbre, y el portero del edificio  -quien lo conocía-  le dijo que Tatiana aún no llegaba. Lo hizo pasar a su pequeño cuarto para limpiarle las heridas del rostro, invitarle un café y que descansase siquiera un par de horas.

     Galletita se quedó dormido en el camastro del vigilante. Despertó como a las nueve de la mañana, desconcertado, e inmediatamente fue a tocar la puerta del departamento de Tatiana.  El vigilante le dijo que aún no llegaba, le aconsejó que se fuera a descansar y a reponerse del todo, que en ese estado tenía todas las de perder en una eventual discusión. Galletita le hizo caso.

     Durmió cerca de siete horas, despertó a las cinco de la tarde, se bañó, tomó su automóvil y arrancó raudo a casa de Tatiana. Al llegar, lo recibió el portero con expresión misericordiosa y le dijo: … no te gastes Galletita, ella no está… y si quieres un consejo de amigo: no regreses más por acá, no vale la pena, un hombre debe tener dignidad…  Galletita entró en pánico, y temblando le preguntó por qué le decía eso y qué era lo que había pasado.  El vigilante le contó que cerca de las doce del día, Tatiana había llegado en un taxi con un señor muy alto y moreno, y que media hora después, este mismo señor llegó en una camioneta cuatro por cuatro, a la que ella se subió con sus dos hijos y dos maletas, y que además le encargó que cuide su departamento porque se iba a la playa hasta el lunes por la tarde. Galletita no podía creer lo que estaba pasando, le parecía que todo debía ser una pesadilla de la que despertaría pronto, pero no, era la cruda y dura realidad, la suerte estaba echada. En menos de veinticuatro horas, su mejor amigo le había quitado la novia. Había sido miserablemente traicionado por dos de las personas que más quería en la vida. No salía de su estupor cuando el vigilante le dio una palmada en la espalda y en su simpleza primitiva le dijo:  Lo que sobran son mujeres Galletita, anda a descansar y en una semana te consigues otra hembrita hasta más rica y te olvidas de esta puta de la señora Tatiana… yo sé lo que te digo… anda nomás Galletita, para la próxima no presentes a tu hembra a nadie hasta que no la veas vomitar por ti, yo sé lo que te digo, y a la primera sonrisita con cualquiera, cachetadón bien fuerte, así funcionan estas… anda tranquilo, descansa… y galletita enrumbó a casa, cabizbajo y con el corazón destrozado.

     Al llegar, empezó a marcar una y otra vez el número de Tatiana, quien tenía el celular apagado. Se quedó dormido. El domingo también hizo lo mismo. Tomó su auto y se dirigió rumbo a las playas del sur. Recorrió metro a metro todas las playas y preguntó en casi cien hoteles por los nombres de Tatiana y el negro Parada sin resultado alguno. Resignado, regresó a la ciudad y decidió esperar hasta el martes para buscar a Tatiana. Aún no tomaba conciencia y se resistía a creer que lo habían traicionado vilmente. Su mente se bloqueó.
Llegó al fin el martes, y Galletita se levantó muy temprano para buscar a Tatiana antes de ir a trabajar. Eran las seis de la mañana cuando llegó casi volando a casa de Tatiana. El vigilante le dijo: … ¿Qué haces acá Galletita?... ya fuiste, no te expongas… te van a humillar, estás a tiempo… vete calladito, no digas nada… así, hasta quizá te llama la hembrita… de rogón nada vas a conseguir…  Galletita le dijo que no hable huevadas, que no se meta. El vigilante se encogió de hombros y le dijo: … jódete pues, también es tu derecho…  y se metió en su caseta.

     Galletita tocó el timbre insistentemente. Tatiana le abrió la puerta en bata y lo hizo pasar. Él le pidió explicaciones, le preguntó donde había estado, qué había pasado. Ella le dijo que no tenía por qué darle explicaciones, que ella había sido sólo su novia y nada más, y en ese mismo momento le informaba que ellos ya no eran nada y punto, que allí terminaba todo, y que por favor saliera por el mismo lugar que entró. Galletita no se movía, entonces ella le abrió la puerta y se quedó de pie cogiendo la manija de la puerta, esperando a que él salga. Galletita se arrodilló y arrancó en llantos inconsolables. La abrazó a la altura de la cintura y le rogaba a gritos que no lo dejara, que le perdonaría todo, pero que por favor no lo dejara. Ella le tomó los brazos y se los sacó de encima, le dijo que no recordaba haberle pedido perdón y entonces ¿de qué tendría que perdonarla?  Galletita insistía en llantos, seguía de rodillas. Tatiana llamó al vigilante y le pidió que lo sacara, y que si no quería salir, que llamara a la policía. El vigilante una vez más le habló y le dijo: … Párate Galletita, vamos… párate…  lo tomó de los brazos, lo ayudó a pararse y lo abrazó. Galletita caminaba apoyado en él, a paso lento, con los ojos hinchados y enrojecidos. Subió a su automóvil despacio y se fue a veinte por hora con la mano izquierda tapándose la boca.

     Galletita llamó a su oficina dando una excusa, ese día no iría a trabajar. Buscó al negro Parada en casa de los padres de éste. Nadie le abría la puerta. Empezó a patearla. Entonces salió el negro Parada con sus dos hermanos y le propinaron una paliza, llamaron a la policía, que llegó a llevarse a Galletita a la posta médica para que le curen las heridas. Pasados los dolores de la golpiza, Galletita sabiamente decidió dejar ahí esa historia. Al fin parecía haber entendido lo ocurrido y decidió empezar el largo camino hacia el anhelado y a veces inalcanzable olvido. Pero aquella sensata actitud no duraría mucho.

     A dos meses después de las fiestas del fin de año más tristes de su vida, apareció un sobre de fina cartulina por debajo de su puerta. Lo abrió y leyó el parte matrimonial de otro de sus mejores amigos: el gordo Charly. Se casaba en un lujoso hotel en un balneario del norte. La invitación incluía alojamiento, desayuno y cena. Galletita mandó a lavar su mejor traje y se armó de optimismo e ilusión por conocer en aquella fiesta a alguna muchacha que le ayudara a olvidar el penoso final de su romance con Tatiana. El día del matrimonio, a galletita lo ubicaron en una mesa junto a varias chicas que fueron solas. La hermana del gordo Charly, sabía por terceras personas del desconsuelo de Galletita e hizo las funciones de celestina, lo estimaba mucho, era también su amigo de la infancia.

     Galletita conversaba muy amenamente con una de sus compañeras de mesa, cuando vio ingresar a la terraza del hotel al negro Parada de la mano de Tatiana, quien lucía minifalda y un pronunciado escote y estaba más linda que nunca. Galletita se quedó mudo, se le borró la sonrisa. La muchacha con la que conversaba le preguntó qué le pasaba, Galletita le dijo que nada y trató de reanudar la conversación. No podía seguir el hilo de lo que hablaba y bebía el whisky como si fuera refresco. La muchacha se aburrió y se cambió de mesa. 

     Galletita no paraba de servirse whisky y miraba fijamente la mesa de Tatiana y el negro Parada. Un par de horas después ya estaba otra vez muy ebrio. Se paró y fue a buscar lío a la mesa de Tatiana y el negro Parada, vociferando a voz en cuello: ¡Tú! ¡Negro de mierda! Mal amigo… y ¡tú! Perra maldita, les juro que me la van a pagar ¡Se los juro! O dejaré de ser el gran ¡Galletita!... ¡Malditos!... ¡Miserables!... se acercó el propio novio  -el gordo Charly-  quien lo tomó del brazo y le pidió que se calmara, que no le arruinase la fiesta, que se fuera a descansar a su habitación. Galletita hacía rato que estaba fuera de sí, totalmente ebrio y enloquecido. Se sacó la mano del gordo Charly del hombro y le propinó una trompada que le reventó la nariz, manchando la camisa blanca y el chaleco gris de su frac. Vinieron agentes de seguridad, y Galletita, en su intento de escapar, cayó aparatosamente a la piscina. Los vigilantes lo ayudaron a salir, mientras todos los asistentes reían a carcajadas. Cuando por fin lo sacaron de la piscina, lo llevaron a empeñotes hasta la calle. El agua había estropeado su celular, su dinero, sus documentos y sus cigarrillos. Quiso volver a entrar para ir a su habitación a cambiarse, pero no lo dejaron. Empezaba a anochecer y toda su ropa mojada empezaba a enfriarse. Comenzó a temblar de frío sentado en el sardinel del parque que había frente al hotel. Hasta ahí le llegaba la música de la fiesta a la que ya no podría regresar.  Imaginaba a Tatiana bailando feliz con el negro Parada. Los imaginaba luego desnudos en su habitación, a ella gimiendo de placer, y al culo negro del negro Parada meciéndose cadenciosamente sobre Tatiana. Todo esto pasaba por su mente mientras se tomaba la cabeza y lloraba desconsoladamente temblando de frío. 

     En medio de su caos mental y emocional, maldecía a su extinto abuelo; maldecía la hora en que lo rescató de aquel horno. Pensaba que quizá hubiese sido mejor esa muerte ignominiosa ahogado en su propio hedor y embarrado en su propia mierda, al fin y al cabo ya todo eso habría pasado y le hubiese ahorrado tanta humillación y sufrimiento que parecían no tener cuando acabar.



MAURICIO ROZAS VALZ

martes, 18 de febrero de 2014

BREVE ESCALA DE LA IMBECILIDAD






Cuando de crímenes y barbaridades se trata, las mentes adocenadas son las primeras en salir al frente dejando comentarios y opiniones que solo confirman el tan trillado –pero no menos acertado- dicho: “la ignorancia es atrevida”. 


Esa estúpida costumbre de siempre relativizar todo crimen y abuso poniendo como ejemplo uno peor, se ha vuelto muy común y es necesario desenmascararla porque, para quien no tiene las cosas claras, puede llegar a confundir.


A ver… ante el espantoso asesinato del gato ahorcado por un psicópata, la reacción fue “hubo muchas mujeres que murieron siendo esterilizadas contra su voluntad” ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Sigamos, ante las protestas por el sufrimiento indescriptible que sufren los toros en las corridas, la reacción fue “han muerto muchos niños de frío en el Altiplano” y repito la misma pregunta ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Bajo esa lógica, a quienes protestan hoy día por la matanza de estudiantes y civiles que está viviendo Venezuela, no faltará el tarado que diga que 5 o 10 muertes ‘no son nada’ si se comparan con los 40 que murieron en Bagua o lo 60 de Lucanamarca. Si seguimos con esa estúpida lógica, los 30 mil desaparecidos durante la Junta Militar Argentina ‘estarían empatados’ con los 30 mil muertos por el terrorismo de Sendero Luminoso en el Perú, y ambos serían ‘poca cosa’ ante los 200 mil que murieron en la dictadura de Franco en España… y bueno, si seguimos con esa estúpida lógica, todos los casos anteriormente mencionados ‘no serían nada’ comparados con los 20 millones que mandó a asesinar Stalin en la exURSS para afianzar su tiranía. Ah… pero ¿les parece mucho? Pues NO, hay otro peor... se trata de Mao Tse Tung, este siniestro personaje mandó a asesinar a nada menos que 65 millones de almas durante su sangrienta y perversa ‘revolución cultural’.

A ver… entendámonos, ¿las vidas se pueden contabilizar como frijoles? ¿Es que a los deudos les servirá de consuelo si, junto a sus ser querido, murió uno o murieron cien mil más? ¿Es que acaso depende de si los asesinados piensan igual o diferente a nosotros para que las muertes sean considerados asesinatos o ‘costos a pagar’ según sea el caso? ¿No es acaso que el asesino es asesino siempre, muy al margen del lado del que esté y de las ideas que tenga? ¿Es que acaso hay vidas que valen más que otras y ese valor lo determina su ideología, raza u especie? ¿Así de confundidos estamos?


 

MAURICIO ROZAS VALZ