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sábado, 22 de septiembre de 2012

PRESENTACIÓN DE POEMARIO 'EPÍLOGO'



sábado, 15 de septiembre de 2012

LA CUNA GRANDE





Subí por las escaleras. La casa era oscura y las paredes estaban un poco sucias. Había una sala de estar llena de muebles viejos, cubiertos todos por rumas de ropa. Pasé a tu dormitorio, tu cama era una cuna de madera color crema pero de tamaño adulto, muy grande para ser una cuna. Extrañamente eso no me llamó la atención, imagino porque inconscientemente aún te veo como a una niña. Me enseñaste mi cama, era de dos plazas y estaba frente a la tuya, cubierta con una manta a cuadros marrones. Tu cuna estaba paralela a la ventana que tenía cortinas guindas y estaban semi-cerradas. Entraba muy poca luz.

Recuerdo que desperté y ya no estabas, tu enorme cuna estaba perfectamente tendida con un cubrecama amarillo. Era muy temprano, recién amanecía. Estaba angustiado. Bajé desesperado a buscarte al primer piso, abrí todas las puertas, te busqué por toda la casa y no te encontré. Salí a la puerta de la casa ya resignado, me senté en la batiente de la entrada y prendí un cigarrillo. Era una calle llena de árboles, muy bonita y el sol asomaba sus primeros rayos. Había una empleada barriendo un montón de hojas secas que había en la vereda. Era una mulata de mediana edad, muy gorda, llevaba puesto un uniforme también guinda como las cortinas de tu dormitorio y  delantal blanco. Le pregunté por ti, me dijo “Se ha marchado”. Le pregunté: “¿Regresará?”. “Sí señor, pero usted no la va a esperar – lo conozco bien”, me respondió.


MAURICIO ROZAS VALZ

jueves, 13 de septiembre de 2012

CONSUELO AMICAL






Martín se despidió de ella, luego de su último y frustrado intento por despertar aquel amor que creía que había muerto, pero que en realidad nunca nació. Caminaba triste y a paso muy lento por el malecón. Era pleno invierno y la niebla era muy densa. Estaba por llegar la noche. Martín encendió un cigarrillo. Intentaba aplacar el frío que recorría sus entrañas y calmar el temblor de todo su cuerpo. Se sentó en una banca, sacó su vieja libreta para intentar un último poema. Trataba de ver a través de la niebla la tenue luz de los postes que empezaban a encenderse,  y escuchaba el fuerte oleaje del mar estrellándose contra el acantilado.

Entonces, apareció su amigo Neruda, se sentó a su lado izquierdo y le dijo: Si no te oye desde lejos… y tu voz no le alcanza… deberá ser éste el último dolor que ella te causa, y deberán ser éstos los últimos versos que tú le escribes… Luego llegó Benedetti,  se sentó a su lado derecho y le dijo: Tu amor por ella fue desde siempre un niño muerto… es la verdad dura y sin sombra… es la verdad fácil, y qué pena… imaginaste que era un niño, y era tan solo un niño muerto… acaso cuando llegue un veintitrés de abril y abismo… vos donde estés llévale flores… que ella también irá contigo. Llegó luego el buen Sabines, quien se paró al frente suyo y le dijo: Pero Martín… ¿qué te sorprende? Si sabías bien que los amorosos jugamos a tatuar el humo… a coger el agua…a no irnos… Si tú sabes que nunca hemos de encontrar… que no encontramos... buscamos, y que el amor es la prórroga perpetua, que somos los que siempre, ¡qué bueno! Hemos de estar solos… y luego, cuando acabes tu cigarrillo, nos iremos cantando entre labios una canción no aprendida… y nos iremos llorando, llorando la hermosa vida. Luego llegó Gabriela, Pablo le cedió su asiento y ella se sentó a su lado. Martín la abrazó, y mientras lloraba en el hombro de Gabriela, ella le decía acariciándole la cabeza: Pero Martín, si tú sabías que amar es amargo ejercicio… que es mantener los párpados de lágrimas mojados... y refrescar de besos las trenzas del cilicio, conservando, bajo ellas, los ojos extasiados. Luego apareció Alfonsina, Mario le cedió el otro asiento, saludó a todos con besos. Tomó a Martín de la mano y le dijo: Ya deja esa historia, las cosas que mueren jamás resucitan, las cosas que mueren no tornan jamás ¡las flores tronchadas por el viento impío, se agotan por siempre, por siempre jamás!

Luego empezó a llover y se fueron todos, dejaron a Martín solo. Él se paró de la banca y continuó su camino. Encendió otro cigarrillo, y mientras caminaba, divisó a lo lejos la silueta de un hombre vestido de terno gris que estaba sentado en una banca, tenía el mentón apoyado en la mano derecha y las piernas cruzadas. Se fue acercando… y sí, era su amigo Vallejo, a quien se le veía muy triste. Entonces Martín le preguntó: ¿te sucede algo César? Y éste le respondió: Esta tarde llueve, llueve mucho ¡Y no tengo ganas de vivir, corazón!


MAURICIO ROZAS VALZ

martes, 4 de septiembre de 2012

VIEJO DE...






Cuan ofensiva e hiriente puede resultar la  palabra “VIEJO”, cuando se pronuncia a manera de insulto. Qué fácil nos resulta decir: VIEJO a una persona mayor cuando somos niños o adolescentes y vemos esa situación muy lejana, y no tomamos en cuenta lo rápido que pasa el tiempo.

Aún siendo jóvenes y estando relativamente lejos a la vejez, la primera vez que se refieren a nosotros con dicha palabra, sentimos un hierro caliente atravesándonos las entrañas… incluso si nos es dicha en tono de broma, sin mala intención... cariñosamente. Es en ese momento que deberíamos tomar consciencia de lo doloroso que debe resultar escucharla a alguien que realmente lo es y  ya no tiene referentes mayores con quien desquitarse diciéndole lo mismo.

Además ¡Qué absurdo! ¿Acaso no deseamos todos vivir lo más que se pueda? Independientemente de lo feliz o desdichada que sea nuestra vida, lo que menos deseamos es la muerte  (y el que diga que no teme a la muerte ¡Miente! Aun el suicida teme a la muerte).

Entonces, si tenemos la suerte de no morir jóvenes… necesariamente llegaremos a viejos y no nos gustara que nos lo recuerden a cada rato, y  menos a manera de insulto. Ya bastante tendremos con las limitaciones propias de la vejez y el  sabernos próximos al final.


MAURICIO ROZAS VALZ


domingo, 2 de septiembre de 2012

A MARÍA ALEJANDRA






María Alejandra se encontraba en una sala de embarque, sentada en una de las miles de butacas blancas que había en aquella sala de pisos y cortinas también blancas. Esperaba su turno para embarcar, junto con otros niños sin edad ni colores definidos,  pero ya con nombres y apellidos. Llamaban uno por uno al azar para iniciar el viaje, pero no tenían prisa, lo que les sobraba era tiempo. En eso escuchó su nombre, hizo su cola obedientemente y se embarcó.

A partir del inicio del viaje, recién despertaron sus ganas de llegar a aquel lugar desconocido. Miraba el espacio infinito con la curiosidad propia de un niño que hace por primera vez un viaje. Sabía intuitivamente que sería bien recibida y con un amor desbordante.

Aquí la esperábamos nosotros, ansiosos, contentos. Su fiesta de bienvenida estaba ya organizada. Iban pasando los días y las horas se hacían infinitas, pero todo dentro del tiempo esperado. Ella también estaba ansiosa, quería llegar a destino y estar entre nosotros quienes desde ya la queríamos.

Más o menos a mediados de 1972, a mitad de viaje, nos llegó un telegrama escrito en tinta roja sobre una sábana blanca. Nos informaban que aquella nave zozobró. María Alejandra ya no llegaría, ni tarde ni nunca, se quedó en el camino. Fue muy duro para nosotros.

MAURICIO ROZAS VALZ