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domingo, 20 de julio de 2014

HUMILDAD







Antes de tocar el tema de esta peculiar característica, en su acepción común de virtud y frecuentemente tomada como un valor incuestionable e imprescindible para ser digno de aprecio, es conveniente dejar el claro que, el viejo recurso de recurrir a Wikipedia o al diccionario de la RAE y otras páginas, no viene al caso, ya que tampoco esas fuentes son los oráculos ni en este modesto análisis pretendo cuestionar ningún significado literal.

Dicho esto, y entendiendo que la humildad es la antítesis de la soberbia y la condición ‘sine qua non’ para ser admirable, adorable, entrañable, respetable, amable, imitable, besable, abrazable, apachurrable o simplemente querible y todos los ‘ables’ positivos que puedan existir. Es decir, siendo la humildad la máxima virtud que puede poseer cualquier común mortal, pregúntome preocupado y triste… ¿poseeré dicha virtud? De no ser así, ¿llegaré a poseerla algún día para al fin ser admirable, adorable, entrañable, respetable, amable, imitable, besable, abrazable, apachurrable y querible? Muy probablemente no.

Contrario a lo que normalmente se suele creer, percibo, en quienes se consideran humildes y están muy seguros de estar en posesión de dicha virtud, la soberbia más exultante y vanidosa que pueda haber. Y es que, al ser supuestamente la madre de todas las virtudes, el simple hecho de creer poseerla solo evidencia un grado espantoso de arrogancia, cuánto o más desagradable y grotesca que la mayor manifestación de soberbia que hayamos podido ver y percibir. Y es que, aquellas personas que están muy seguras de ser muy humildes, no se dan cuenta, en su limitada percepción de la realidad, que en el solo hecho de decir ‘yo soy humilde’ subyace una soberbia sin límites, pues se están atribuyendo a sí mismas lo que ellas consideran ‘la madre de todas las virtudes’… y por ende… YA NO ESTÁN SIENDO HUMILDES PUES.

¿Tan difícil es percatarse de esto? Es más, los que somos conscientes de que no somos humildes, tenemos al menos mayores posibilidades de llegar a serlo en algún momento crucial de nuestras vidas. Y lo más interesante es que, de suceder tal cosa, no nos daremos cuenta nunca, porque si nos damos cuenta es porque nunca se dio tal cosa. 

Así como es justo en el momento en que creemos haber olvidado a alguien o a algo, que se confirma precisamente que no fue así, pues sucede lo mismo con la humildad. Curiosa virtud esta, el momento preciso en que al fin creemos haberla alcanzado… es justamente el momento en que se confirma que la hemos perdido para siempre.



MAURICIO ROZAS VALZ

viernes, 11 de julio de 2014

BAR







Percibí en ella soledad extrema
No soledad simple
Ni pasajera
No de quien la disfruta
O le es simplemente familiar

Percibí en ella soledad de la triste
Lastimera y doliente
Ni elegida ni aceptada
Ni resignada ni amiga

Percibí en ella soledad extrema
En su risa y su sonrisa
En su aparente alegría
Y en su aparente soberbia
De quien sabe lo que quiere

Percibí en ella soledad
Simplemente soledad
En el sentido duro
En el sentido injusto
De quien se duerme y despierta
Y está sola para siempre

En su bailar había penas
En su beber había rabia
En sus carcajadas llanto
Y en su besar ‘no te vayas’

Percibí en ella soledad de la triste
De esa que es dura
De esa que horada
De esa que duele

Percibí en ella soledad
desolación y amargura
 

MAURICIO ROZAS VALZ