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miércoles, 29 de febrero de 2012

DIEZ SEGUNDOS DE LUCIDEZ


Se ha escrito mucho sobre el tema de la ética y la moral. Al respecto, no sería conveniente entrar en detalles llenos de subjetividades que colindan con lo cultural y lo histórico, puesto que lo que este modesto servidor intenta, a través de estas líneas, no es abrir un debate bizantino, agotador e inconducente. Simplemente trataré -con las limitaciones propias de un artículo breve- de ser lo más explícito posible sobre el tema del maltrato animal.

Empezaremos por aclarar el trillado -y no menos respetable- tema del vegetarianismo, como opción legítima de libre elección de las personas, más no como condición sine qua non, para defender la causa del maltrato animal. La especie humana, como los felinos, los osos, los escualos e incluso algunos primates, es una especie carnívora, y está probado científicamente que el salto exponencial del cerebro del humano actual se dio desde que comenzó a comer carne. El hombre primitivo, salía en hordas a cazar animales con lanzas y otros objetos para alimentarse con su carne y abrigarse con sus pieles. Luego, ya con la evolución de la especie y la formación de las tribus que finalmente se convirtieron en ciudades… fue que se creó la industria de crianza de animales para su posterior sacrificio y consumo. La carne contiene proteína, que es un nutriente básico y además, no sólo es necesaria, sino que la necesidad de ingerirla forma parte de nuestro instinto más primitivo.

Pregunto ¿qué tendrá que ver el ser carnívoro con que se disfrute de torturar y maltratar un animal? ¿Es acaso ‘malo’ un león, o un oso por atacar otro animal para matarlo y comérselo? Si a alguien le gusta la carne de pavo ¿Eso le daría derecho a cubrirlo de clavos y agujas provocándole intensos dolores, y encima a invitar a sus amigos (que pagan entrada) para que aplaudan emocionados y sonrientes mientras el animal se desangra y desgarra de dolor? ¿Qué necesidad básica de alimentación podría justificar, el llenar a un indefenso ganso con el pico amarrado hacia arriba hasta que reviente para preparar el embutido foie gras? ¿Qué necesidad básica de alimentación podría haber en una persona rica que sale a matar animales al campo, sólo para lucir ante sus amistades su buena puntería y probar sus armas nuevas, y quedar como muy excéntrico colgando las cabezas de sus víctimas en su sala? ¿Qué necesidad básica de alimentación podría haber en una persona que con su caña nueva sale a matar peces sólo por distraerse, y encima lleva a sus hijos para que vean al pobre pez retorcerse en su agonía? Ya existe una industria de la pesca y del ganado de engorde. Si fuera para comer, podría comprar carne de animales ya muertos que venden en los mercados… esos animales muertos no obedecen a ninguna necesidad, sino al solo placer de matar animales indefensos.

Los que llaman ‘hobbie’ a la caza, ‘deporte’ a la pesca, ‘tradición’ a las corridas de toros, y otros eufemismos de placeres perversos y malvados, que no mientan pues, que no le acomoden el nombre a su perversión. Por qué no admiten, de una vez por todas, que lo que realmente buscan es saciar su sed de sangre, su gusto por el sufrimiento, su placer de actuar con ventaja y su instinto asesino reprimido. Por qué no admiten que, lo que realmente les gusta es matar, sobre todo con ventaja. Por qué no admiten, quienes gustan de las corridas de toros, que lo que realmente les gusta: es ver desangrarse y sufrir dolores espantosos a los pobres toros, y por qué no, para variar, ver que eventualmente un torero muere despanzurrado?

Al comienzo de este artículo, mencioné la palabra moral. Creo que me extendí demasiado… lo que quise decir era que, aquello que llamamos: ‘Madurez Moral’ no es otra cosa que la capacidad de ponernos en los zapatos ‘del otro’. En el caso de los toros, ponernos en sus pezuñas, y así… de acuerdo al animal que sufra maltrato. Todos pasamos por etapas irreflexivas, etapas en que no tomamos conciencia de nuestros actos y aún no aprendemos a ponernos en los zapatos ‘del otro’. Durante esas etapas somos capaces de cualquier atrocidad. Sólo son necesarios diez segundos de lucidez, de vernos en los ojos de un inocente animal, de tratar de imaginar en nuestro cuerpo el dolor y el horror que pueden padecer… entonces, luego de que nos han sido dados por la gracia estos diez segundos de lucidez… ya no hay marcha atrás.

MAURICIO ROZAS VALZ

GUAJIRA GUANTANAMERA






Cumplido su horario y concluido su trabajo, Mariano se disponía a retirarse de la oficina, cuando el “gallo ” le preguntó: ¿ Vas a ir más tarde a la presentación de la nueva tarjeta Credimax Visa? - No creo, replicó Mariano. Es media semana. Seguramente eso se prolongará más de la cuenta y mañana hay que levantarse temprano... – Va a estar de puta madre, cholo; buen buffet, trago y lo mejor de todo es que me han pasado la voz desde Lima, que van a sortear un auto del año entre los asistentes… ¡Anímate! Nos encontramos a las 9.30 pm… - Por ahí que me animo- , respondió Mariano.


Lo cierto es que Mariano llevaba varios años trabajando en aquella entidad financiera, experiencia que le había procurado material invalorable para un estudio socio-antropológico digno de una tesis de graduación. Había conocido gente de todas las edades y estratos sociales. Había conocido gente valiosa, gente divertida (con ese humor negro, patrimonio exclusivo de los arequipeños, sin importar la clase social a la que pertenezcan), pero también había conocido y profundizado en los complejos y prejuicios recurrente y profundamente enquistados en las mentes sencillas; quizá por una baja autoestima o una inadecuada formación académica y sobre todo cultural.


Pero lo que más le repugnaba de todo lo visto durante sus años de servicio, era ese espíritu servil y genuflexo hacia los jefes de mayor rango, como rasgo común en la mayoría de los empleados… la sobonería más indigna y hasta la delación infame en busca de ascensos y promociones que les procuraran mayores ingresos (lo que hasta cierto punto, y desde una posición definitivamente cínica, sería comprensible) pero sobre todo (y eso sí, le resultaba inexplicable) que les brindara la equívoca sensación de mayor importancia, realización personal y definitivo encumbramiento en la escala social. 


Lo cierto es que el hombre ya tenía programada su renuncia, en la medida que algún imponderable no modificara el plazo para dentro de seis meses; tiempo que le permitiría preparar el terreno para consolidar una nueva actividad de tipo comercial. No acostumbraba asistir a esa clase de eventos sociales promovidos por la institución, justamente por no tener que padecer esas demostraciones de afecto servil que le repugnaban tanto, además que, la tacañería de la millonaria institución era proverbial y casi se podía adivinar el tipo de plato que solían ofrecer y la cantidad exacta de bebidas alcohólicas a disposición, las baratijas de mala calidad que se sorteaban para la ocasión y para colmo, la conversación recurrente en medio de las botellas de un tema que aún, en medio del esparcimiento, no conseguía escapar del contexto relativo a lo exclusivamente laboral… como si no hubiera más mundo ni vida más allá de lo estrictamente funcional y las fronteras físicas del local institucional.


Pero el rumor sobre el sorteo del carro consiguió picar su curiosidad: una opción entre algo menos de doscientos asistentes, era una apuesta que bien valía la pena considerar. Llegó a su casa, dedicó algo de tiempo a la lectura y la televisión, se aseó convenientemente y luego de enfundarse en el mejor de sus ternos, partió a las nueve en punto rumbo al local que habían destinado para la presentación de la dichosa tarjeta, cuyo nombre para ese momento le resultaba imposible de recordar.


No bien entró y le sorprendió la decoración de los salones y las mesas dispuestas para el personal, mientras observaba, un tanto perplejo, toda la inusual parafernalia. Pudo oír la voz del “gallo” que desde una mesa distante lo llamó.


Inevitablemente se dio paso a las bromas y burlas que generaron no pocas risas, como cuando Iguarán se aproximó a la mesa y el “gallo” le espetó: ¡Hola, camanejo cojudo! - ¡Soy mollendino, huevón!- Respondió Iguarán, y el gallo replicó: “La misma huevada nomás son”… para la risotada general de todos los que estaban alrededor.


Pronto estuvo disponible el buffet y oh… grata sorpresa, realmente estaba de primera y Mariano ya no tenía dudas de que esa noche, efectivamente, se sortearía un auto del año. Terminado el banquete, continuaron un tiempo más con el whisky, hasta que de pronto se anunció la inminente presentación de la tarjeta CREDIMAX VISA; se apagaron las luces y una pantalla al fondo del salón dio inicio a un spot insufriblemente marketero que anunciaba las bondades inigualables que otorgaba el privilegio de contar con la celebérrima tarjeta de crédito CREDIMAX VISA.


Hasta ahí, todo no dejaba de transcurrir de acuerdo a lo esperado; pero de pronto Mariano comenzó a percibir un murmullo generalizado y los aplausos eran cada vez no sólo más fuertes, sino anómalamente prolongados; el entusiasmo generado resultaba a todas luces desproporcionado y en algún momento al spot de la tarjeta de crédito, le siguió un video institucional, donde un hombrecillo recitaba un estribillo acerca del orgullo de pertenecer a la institución que remató con sonoro: SOY UN CAJERO… UN CAJERO DEL BANCO DECRÉPITO… y los hurras y aplausos alcanzaron un estruendo que parecía tan irreal, que en medio de los tragos, Mariano por un momento receló algún tipo de burla, que hasta le trajo recuerdos de los últimos años de su período escolar… pero no; se prendieron las luces y Mariano no pudo evitar percibir los rostros sonrientes y ligeramente abochornados en el último instante del video. Hasta le pareció escuchar un gritito ahogado, como el que las adolescentes descerebradas e histéricas dejan escapar, cuando en medio de un concierto ven aparecer al vocalista de alguna mediocre banda musical.


La gente realmente estaba emocionada, ¿cómo podía generarse un efecto tan grotescamente exagerado de legítima emoción colectiva? Mariano comenzó sentir una repugnancia total que lo llevó a cuestionarse acerca de su presencia en aquel lugar. Se le vinieron de pronto a la mente los videos de adoctrinamiento para las juventudes hitlerianas. Se preguntó acerca de la autoría intelectual del spot ¿quién sería la Leni Riefenstahl, detrás de todo esto? Pensó. Pero lo grotesco y desagradable no había concluido allí; cuando Mariano reflexionaba acerca de volver o no a tomar asiento en su lugar, una banda musical hizo su repentina aparición e inició su repertorio con una viejísima canción que, sin duda, Mariano había escuchado y por supuesto sin recordar dónde y en más de una ocasión: Guanta nameeera, guajiiiira guan ta nameeera… y entonces el paroxismo de la indignidad y el servilismo alcanzaron “in crescendo” su máxima expresión, cuando tres jefes de mediano rango e ilimitadas expectativas y ambiciones, saltaron espontáneamente al escenario, sin duda envalentonados por sendas dosis de licor.


Entonces, aflojaron los nudos de sus corbatas para procurarle más aire a sus enrojecidos rostros y arrebatándole el micrófono al vocalista del grupo, y a su vez, arrebatándoselo por turnos entre sí, modificaron la letra de la canción para entonarla a gritos horrisonantes y  destemplados algo más o menos así: BAAANCO DE CREEE PITO…YO SOY DEL BAAANCO DECRÉEEPITO… vergüenza ajena es lo que sintió Mariano ante tanta indignidad… no pudo soportarlo, o más precisamente: sufrirlo más. A la mierda con el auto, pensó y, sin despedirse de nadie, dejó su vaso de whisky y se largó.


Una vez afuera, y mientras cruzaba camino a su camioneta por una tradicional y linda plaza que colindaba con el local -casualmente plagada de muchos recuerdos personales- inexorablemente el desaliento se apoderó de él… la música a esa distancia acompañaba sus pasos como un rumor lejano; y entonces recordó la conversación que sostuvo con el gerente general, que casualmente, o quizá no, dos semanas antes, inexplicablemente y para reconvenirlo a su oficina lo citó: “identificación con la institución, Mariano… es el criterio principal que ahora aplica a la hora de evalúar… ¿ por qué no te veo más seguido por acá? Me gustaría, por ejemplo, que me buscaras para informarme acerca del funcionamiento de tu sección…  lo que ves de mal, de irregular… ¿Por qué no asistes a los almuerzos y partidos de fulbito, Mariano? ¿Acaso te crees más que los demás?”


Mientras encendía su vehículo, Mariano tuvo la inapelable certeza, a esas horas, que tendría que tomar muy pronto una decisión trascendental… y que por desgracia, seis meses era un plazo excesivo que no ya no se podía permitir.



GUSTAVO ROZAS VALZ


martes, 28 de febrero de 2012

EL VIRUS DE LA IZQUIERDA






Tremendo engaño y enorme decepción que fue la izquierda para quienes creyeron en ella como alternativa posible de justicia social. Aquella tendencia ideológica; y digo 'tendencia' porque algún monosabio politiquero me pediría que detalle a cuál concretamente me refiero porque hay muchas. Pero no nos enredemos. Todas, en el fondo, son lo mismo. Este modesto artículo trata, entonces, de ser lo más breve y didáctico posible para que sea entendible para la mayor parte de personas que se tomen el trabajo de leerlo.

Durante el siglo XX, se dieron muchas revoluciones que, inicialmente, surgieron como consecuencia del hartazgo de las clases populares hambrientas y en contra de los sistemas feudales, abusivos y esclavistas que imperaban en el mundo. Hasta ahí, no era difícil simpatizar y hasta identificarse con aquella causa porque era justa por donde se le viera. La intelectualidad del mundo se identificó con ella y se formó una nueva corriente de pensamiento social al que llamaron marxismo (porque fundó sus bases ideológicas en la extensa obra del filósofo y economista alemán Karl Marx).  Luego surgieron muchos corrientes derivadas, como el leninismo en Rusia o el Maoísmo en China. De ahí surgieron algunas más y se crearon varias corrientes con algunas diferencias de formas, mas no de fondo.

Todas estas revoluciones y cambios estructurales en las bases de la sociedad, tuvieron lugar en más de la mitad del planeta y por muchas décadas durante el siglo XX. Y todas, sin excepción, fracasaron estrepitosa, vergonzosa e irreversiblemente. Aquellos sufridos pueblos, que celebraron ilusionados el triunfo de la revolución que los reivindicaría y liberaría de la esclavitud, sufrieron una gran decepción y desilusión al percatarse de que habían saltado de la sartén al fuego. Estas millones de almas nunca imaginaron que serían engañadas de forma tan infame, y mucho menos que sus -ya de por si miserables- vidas podrían incluso ser peores de lo que ya eran. 

Hasta antes de la caída del Muro de Berlín, algunos incautos creían que, tras la llamada ‘Cortina de Hierro’, había un mundo mejor: sin pobres, ni ricos, ni hambre, ni miseria y con igualdad de oportunidades para todos. Cuando este muro cayó, y esa cortina se corrió, y se pudo caminar y observar las calles de esos pobres países subyugados, se supo al fin toda la verdad. Pues todo había sido mentira. La miseria, el atraso y el terror en que vivieron millones de personas había sido terrible. Todo había sido falso. Decenas de millones de personas habían sido perseguidas, torturadas y asesinadas de manera inclemente y salvaje. Aquella pobre gente había vivido durante décadas aterrorizada e intimidada bajo estados policiacos y totalitarios brutalmente sanguinarios y genocidas. Sus ciudades parecían estancadas en el tiempo. Con sólo transitar por sus calles, se podía respirar el temor en la gente, el atraso y la carestía. (Actualmente, cual museos vivientes, se puede observar todo eso en dos países: Cuba y Corea del Norte, cruzar el paralelo 38 es como un viaje en el tiempo 50 años. A los que aún defienden esos tipos de regímenes, les sugeriría irse a vivir a esos países… a ver si aguantan).

Pero todo esto no es lo peor. Lo lógico hubiera sido que, luego de que todas estas barbaridades se supieran, las personas que abrigaban esas ideas cambiarían de parecer… pero no fue así. Aquellas nefastas ideologías se habían convertido en un virus mutante y mortal que se enquistó en las mentes de millones de personas y, que además, había sido hereditario.

Las consecuencias de ese virus son las que vemos hoy en día en los políticos y dirigentes de izquierda. Hay de dos tipos: los que son conscientes del gran engaño, pero que viven de él y no les conviene que se sepa la verdad… y los tontos útiles que se creen muy buenos, honestos y justos porque obedecen a los pillos que los manipulan.

Los del primer grupo, es decir, los dirigentes y los líderes, saben que todo es una gran mentira. La cosa es muy simple: estas personas han vivido durante décadas engañando a la gente pobre, haciéndole creer que los defienden de la maldad de los ricos, haciéndoles creer que ellos por ser pobres ya son automáticamente buenos y, con ayuda de un sector de la iglesia, se irán por la misma razón derechito al cielo. 

Estos dirigentes viven muy bien gracias a la pobreza. Los pobres conforman su clientela, por eso los persuaden a procrear lo más que se pueda para que haya más pobres, para que más gente pase hambre y no tenga acceso a la educación. Estos líderes embaucadores -que hoy vemos enarbolando las banderas de la lucha por el agua y el ecosistema- reciben fuertes sumas de los sindicatos de trabajadores de las grandes mineras transnacionales para manejar los precios de los metales y los hidrocarburos. Detrás de toda esa ‘lucha’ por los derechos de las comunidades, están también las grandes mafias de los mineros informales, y que son altamente contaminantes, no tributan ni respetan la ley laboral y mueven cuantiosas sumas de dinero. 

La idea de los dirigentes de izquierda es muy sencilla: SI PERMITO QUE SE GENERE RIQUEZA… HABRÁ MÁS DINERO Y, POR ENDE… MENOS POBREZA, MEJORARÁ EL NIVEL DE EDUCACIÓN Y, AL HABER MENOS POBRES… MENOS CLIENTES PARA MI… y eso, como comprenderán, no están dispuestos a permitirlo tan fácilmente. Harán todo cuanto esté en sus manos para que los pobres sigan siendo pobres, y es más… un mejor nivel de educación implicaría en el corto plazo menos nacimientos… y eso tampoco están dispuestos a permitir. A MÁS CANTIDAD DE POBRES… MAYOR NEGOCIO PARA ELLOS.

Sus seguidores, es decir, los tontos útiles, son mayormente citadinos perdidos y desinformados que se han tragado el cuento de la justicia social. Son pequeño burgueses y hasta ricos que se han contado a sí mismos el cuento de que ellos están del lado del bien, de lo generoso, de lo justo y de lo moral; que están convencidos de que ser de izquierda es lo moralmente correcto, porque es la tendencia más justa y la que nos llevará a un mundo mejor… pero eso sí, no están dispuestos a renunciar a una sola de sus gollerías y comodidades. Viven dando la falsa imagen de gente correcta y están convencidos de que, de existir un Dios… de hecho que está también con su causa. 

Estos últimos, es decir, los tontos útiles, tienen como principal característica: la doble moral y el doble discurso. Llevan un tipo de vida aburguesado y cómodo, suelen ser racistas y clasistas, y han aprendido muy bien a teatralizar la indignación cuando se comete una injusticia. Han trastocado también los valores y la relación justa que debería haber entre provocación y reacción, defendiendo siempre a los criminales (victimarios) en contra de la ciudadanía (víctimas).

Los alcances del daño que le puede hacer un padre (o un profesor) a un muchacho, metiéndole ideas socialistas trasnochadas y absurdas, son incalculables.


MAURICIO ROZAS VALZ