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miércoles, 29 de febrero de 2012

GUAJIRA GUANTANAMERA






Cumplido su horario y concluido su trabajo, Mariano se disponía a retirarse de la oficina, cuando el “gallo ” le preguntó: ¿ Vas a ir más tarde a la presentación de la nueva tarjeta Credimax Visa? - No creo, replicó Mariano. Es media semana. Seguramente eso se prolongará más de la cuenta y mañana hay que levantarse temprano... – Va a estar de puta madre, cholo; buen buffet, trago y lo mejor de todo es que me han pasado la voz desde Lima, que van a sortear un auto del año entre los asistentes… ¡Anímate! Nos encontramos a las 9.30 pm… - Por ahí que me animo- , respondió Mariano.


Lo cierto es que Mariano llevaba varios años trabajando en aquella entidad financiera, experiencia que le había procurado material invalorable para un estudio socio-antropológico digno de una tesis de graduación. Había conocido gente de todas las edades y estratos sociales. Había conocido gente valiosa, gente divertida (con ese humor negro, patrimonio exclusivo de los arequipeños, sin importar la clase social a la que pertenezcan), pero también había conocido y profundizado en los complejos y prejuicios recurrente y profundamente enquistados en las mentes sencillas; quizá por una baja autoestima o una inadecuada formación académica y sobre todo cultural.


Pero lo que más le repugnaba de todo lo visto durante sus años de servicio, era ese espíritu servil y genuflexo hacia los jefes de mayor rango, como rasgo común en la mayoría de los empleados… la sobonería más indigna y hasta la delación infame en busca de ascensos y promociones que les procuraran mayores ingresos (lo que hasta cierto punto, y desde una posición definitivamente cínica, sería comprensible) pero sobre todo (y eso sí, le resultaba inexplicable) que les brindara la equívoca sensación de mayor importancia, realización personal y definitivo encumbramiento en la escala social. 


Lo cierto es que el hombre ya tenía programada su renuncia, en la medida que algún imponderable no modificara el plazo para dentro de seis meses; tiempo que le permitiría preparar el terreno para consolidar una nueva actividad de tipo comercial. No acostumbraba asistir a esa clase de eventos sociales promovidos por la institución, justamente por no tener que padecer esas demostraciones de afecto servil que le repugnaban tanto, además que, la tacañería de la millonaria institución era proverbial y casi se podía adivinar el tipo de plato que solían ofrecer y la cantidad exacta de bebidas alcohólicas a disposición, las baratijas de mala calidad que se sorteaban para la ocasión y para colmo, la conversación recurrente en medio de las botellas de un tema que aún, en medio del esparcimiento, no conseguía escapar del contexto relativo a lo exclusivamente laboral… como si no hubiera más mundo ni vida más allá de lo estrictamente funcional y las fronteras físicas del local institucional.


Pero el rumor sobre el sorteo del carro consiguió picar su curiosidad: una opción entre algo menos de doscientos asistentes, era una apuesta que bien valía la pena considerar. Llegó a su casa, dedicó algo de tiempo a la lectura y la televisión, se aseó convenientemente y luego de enfundarse en el mejor de sus ternos, partió a las nueve en punto rumbo al local que habían destinado para la presentación de la dichosa tarjeta, cuyo nombre para ese momento le resultaba imposible de recordar.


No bien entró y le sorprendió la decoración de los salones y las mesas dispuestas para el personal, mientras observaba, un tanto perplejo, toda la inusual parafernalia. Pudo oír la voz del “gallo” que desde una mesa distante lo llamó.


Inevitablemente se dio paso a las bromas y burlas que generaron no pocas risas, como cuando Iguarán se aproximó a la mesa y el “gallo” le espetó: ¡Hola, camanejo cojudo! - ¡Soy mollendino, huevón!- Respondió Iguarán, y el gallo replicó: “La misma huevada nomás son”… para la risotada general de todos los que estaban alrededor.


Pronto estuvo disponible el buffet y oh… grata sorpresa, realmente estaba de primera y Mariano ya no tenía dudas de que esa noche, efectivamente, se sortearía un auto del año. Terminado el banquete, continuaron un tiempo más con el whisky, hasta que de pronto se anunció la inminente presentación de la tarjeta CREDIMAX VISA; se apagaron las luces y una pantalla al fondo del salón dio inicio a un spot insufriblemente marketero que anunciaba las bondades inigualables que otorgaba el privilegio de contar con la celebérrima tarjeta de crédito CREDIMAX VISA.


Hasta ahí, todo no dejaba de transcurrir de acuerdo a lo esperado; pero de pronto Mariano comenzó a percibir un murmullo generalizado y los aplausos eran cada vez no sólo más fuertes, sino anómalamente prolongados; el entusiasmo generado resultaba a todas luces desproporcionado y en algún momento al spot de la tarjeta de crédito, le siguió un video institucional, donde un hombrecillo recitaba un estribillo acerca del orgullo de pertenecer a la institución que remató con sonoro: SOY UN CAJERO… UN CAJERO DEL BANCO DECRÉPITO… y los hurras y aplausos alcanzaron un estruendo que parecía tan irreal, que en medio de los tragos, Mariano por un momento receló algún tipo de burla, que hasta le trajo recuerdos de los últimos años de su período escolar… pero no; se prendieron las luces y Mariano no pudo evitar percibir los rostros sonrientes y ligeramente abochornados en el último instante del video. Hasta le pareció escuchar un gritito ahogado, como el que las adolescentes descerebradas e histéricas dejan escapar, cuando en medio de un concierto ven aparecer al vocalista de alguna mediocre banda musical.


La gente realmente estaba emocionada, ¿cómo podía generarse un efecto tan grotescamente exagerado de legítima emoción colectiva? Mariano comenzó sentir una repugnancia total que lo llevó a cuestionarse acerca de su presencia en aquel lugar. Se le vinieron de pronto a la mente los videos de adoctrinamiento para las juventudes hitlerianas. Se preguntó acerca de la autoría intelectual del spot ¿quién sería la Leni Riefenstahl, detrás de todo esto? Pensó. Pero lo grotesco y desagradable no había concluido allí; cuando Mariano reflexionaba acerca de volver o no a tomar asiento en su lugar, una banda musical hizo su repentina aparición e inició su repertorio con una viejísima canción que, sin duda, Mariano había escuchado y por supuesto sin recordar dónde y en más de una ocasión: Guanta nameeera, guajiiiira guan ta nameeera… y entonces el paroxismo de la indignidad y el servilismo alcanzaron “in crescendo” su máxima expresión, cuando tres jefes de mediano rango e ilimitadas expectativas y ambiciones, saltaron espontáneamente al escenario, sin duda envalentonados por sendas dosis de licor.


Entonces, aflojaron los nudos de sus corbatas para procurarle más aire a sus enrojecidos rostros y arrebatándole el micrófono al vocalista del grupo, y a su vez, arrebatándoselo por turnos entre sí, modificaron la letra de la canción para entonarla a gritos horrisonantes y  destemplados algo más o menos así: BAAANCO DE CREEE PITO…YO SOY DEL BAAANCO DECRÉEEPITO… vergüenza ajena es lo que sintió Mariano ante tanta indignidad… no pudo soportarlo, o más precisamente: sufrirlo más. A la mierda con el auto, pensó y, sin despedirse de nadie, dejó su vaso de whisky y se largó.


Una vez afuera, y mientras cruzaba camino a su camioneta por una tradicional y linda plaza que colindaba con el local -casualmente plagada de muchos recuerdos personales- inexorablemente el desaliento se apoderó de él… la música a esa distancia acompañaba sus pasos como un rumor lejano; y entonces recordó la conversación que sostuvo con el gerente general, que casualmente, o quizá no, dos semanas antes, inexplicablemente y para reconvenirlo a su oficina lo citó: “identificación con la institución, Mariano… es el criterio principal que ahora aplica a la hora de evalúar… ¿ por qué no te veo más seguido por acá? Me gustaría, por ejemplo, que me buscaras para informarme acerca del funcionamiento de tu sección…  lo que ves de mal, de irregular… ¿Por qué no asistes a los almuerzos y partidos de fulbito, Mariano? ¿Acaso te crees más que los demás?”


Mientras encendía su vehículo, Mariano tuvo la inapelable certeza, a esas horas, que tendría que tomar muy pronto una decisión trascendental… y que por desgracia, seis meses era un plazo excesivo que no ya no se podía permitir.



GUSTAVO ROZAS VALZ


6 comentarios:

  1. Estupendo relato acerca de la "sobonería"; divertido y muy verdadero =)

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  2. Personajes claramente peruanos. Muy bien definidos. La narrativa capta la atención rápidamente. El final para la reflexión. Buen trabajo mauricio.

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    Respuestas
    1. Gracias, Ángel. El relato es de mi hermano Gustavo.

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    2. Gracias, Ángel. El relato es de mi hermano Gustavo.

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