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miércoles, 16 de octubre de 2013

EL TERAPEUTA











El Dr. Rochabrún, recibía todos los días a sus pacientes en su gélido consultorio cuyos pisos eran tipo damero en blanco y negro. Las paredes estaban totalmente cubiertas con mayólicas blancas,  las pequeñas ventanas eran cubiertas por persianas horizontales clásicas, los focos eran fluorescentes blancos  y todos sus muebles eran de base metálica, incluido el diván.

Tenía sólo tres pacientes, a quienes recibía siempre a la misma hora: Ivana, de veinticinco años, soltera y con una hija de cuatro, a la que recibía a las 7 am; Medardo de sesenta años, divorciado dos veces, un hijo y tres nietos adolescentes, a quien recibía a las 10 am; y Jaime, de cuarenta, soltero y sin hijos, a quien recibía a las 7 pm. La rutina era siempre la misma, de lunes a domingo:

Lunes, 7 am.-

-      Buenos días doctor ¿qué tal descansó anoche?
-      Muy bien mi buena Ivana y usted ¿Cómo amaneció? ¿Qué tal le fue con su hijo?
-      Bien felizmente, doctor, gracias a usted todo va mejor cada día. Mas bien, estoy ansiosa por escucharlo, usted me prometió que hoy me tendría algunas conclusiones acerca de lo que hablamos.
-      Y bueno, sí, pero antes quisiera contarte algunos antecedentes: cuando estuve haciendo mi maestría en Singapur, conocí a un famoso psiquiatra, quien fue mi gran maestro y me prometió presentarme nada menos que a…
-      Perdón doctor, pero ya me tengo que ir, se me hizo tarde, mañana me sigue contando.
-      Hasta mañana Ivana
-      Hasta mañana doctor.

Luego que Ivana se despedía, siempre a la misma hora, el doctor Rochabrún se sentaba ante su vieja máquina de escribir y avanzaba en la escritura de su ensayo sobre psiquiatría moderna a manera de hacer tiempo hasta las 10 am en que llegaba Medardo, siempre puntual.

-      Buenos días Doctor, ¿qué tal descansó? ¿Qué le cuenta Ivana? ¿Cómo va su ensayo?
-      Muy bien, Medardo, usted ¿Qué tal? ¿Cómo le va con el tratamiento?
-      Y bueno, doctor, ahí nomás, pero eso lo veremos después; si no le importa, preferiría que prosiga con lo que me estuvo contando ayer y que no le dio el tiempo.
-      Ah bueno, como prefieras, yo encantado: … como te contaba, aquel famoso psiquiatra en Singapur, me presentó a Jean Piaget, con quién luego viajé a Bruselas para reunirme con Henry Miller, que fue quien me enseñó las primeras técnicas narrativas. Me ayudó mucho, fuimos grandes amigos y gracias a él escribí mi primer best seller. Algunas veces nos emborrachamos a punta de daiquirís. También, gracias a ese psiquiatra…
-      Perdón doctor, ya me tengo que ir, otro médico me espera. Hasta mañana doctor.
-      Bueno, está bien. Hasta mañana Medardo.

Luego que Medardo se marchaba, siempre también a la misma hora, el doctor Rochabrún continuaba con su escritura y apilando miles de hojas escritas y al cabo de unos minutos se quedaba profundamente dormido hasta las 7 pm en que llegaba Jaime, siempre también puntual.

-      Buenas noches Doctor ¿Qué tal su siesta? ¿Cómo va su ensayo? ¿Cómo siguen Ivana y Medardo?
-      Hola Jaime, la siesta reparadora, Ivana y Medardo cada día están peor, ya casi ni me prestan atención y se nota que no me están haciendo caso con la medicación. Pero bueno, problema de ellos, y déjame decirte que tú también me preocupas.
-      No pues doctor, no se me moleste usted conmigo. Más bien, me gustaría que me siga contando la historia que me contaba anoche, en verdad me gusta.
-      Está bien, Jaime, como tú digas: … ya cansado de las borracheras con Henry Miller, decidí dejar Bruselas y viajé a Londres a una convención de psiquiatría donde conocí a Jung y Pavlov. Nos hicimos grandes amigos, pero discrepamos mucho sobre nuestros respectivos métodos de terapia. Luego, un tal Wundt, me recomendó buscar en Buenos Aires a unos colegas que habían trabajado para el tercer reich. Me dio sus coordenadas, no sin antes aconsejarme que tenga mucho cuidado porque esos colegas eran buscados intensamente por el mossad. Luego de unos meses de búsqueda, al fin di con uno de ellos, un gran tipo, quien me dio muchas luces sobre las bondades del electroshock, la lobotomía y los neurolépticos. Todo iba muy bien, hasta que un día me presentaron a Borges, quien me invitó a…
-      Perdón doctor, mañana me sigue contando, ya se me hizo tarde. Hasta mañana, doctorcito, descanse bien.
-      Cómo quieras Jaime, mañana te espero, no olvides tomar tu medicación.

Luego que Jaime se retiraba, el doctor Rochabrún continuaba con la escritura de su ensayo, que ya iba por la página noventa y cuatro mil doscientos trece, sin un solo borrón ni enmendadura, hasta quedar profundamente dormido.



MAURICIO ROZAS VALZ



jueves, 10 de octubre de 2013

HOSTAL "EL CAMAL"








Un viejo hostal de mala muerte ubicado en el centro de la ciudad y a media cuadra del mercado mayorista, llevaba el nombre de ‘El Peral’, pero dados algunos de sus múltiples usos y variopintos huéspedes, fue apodado con el nombre de ‘El Camal’. En aquel lugar pernoctaron  -e incluso vivieron-  muchísimos personajes pintorescos y novelables que hubieran hecho las delicias del propio Dostoievski.

Quedaba en los altos de una antigua construcción de principios del siglo XX. Las escaleras y los pisos eran de madera astillosa y crujían cuando se caminaba sobre ellos. Las paredes lucían descascaradas y de diferentes colores según la capa de pintura. Tenía doce habitaciones muy pequeñas y un solo baño con un inodoro y una  ducha sin agua caliente que era compartido por todos; incluido el dueño y el cuartelero. El lugar tenía el olor del petróleo que se echaba al piso  combinado con olor a desagüe,  y parte del servicio ofrecido con una tarifa adicional incluía bacinica en el dormitorio. Estaba ubicado en el centro de la ciudad; en una zona atestada de comerciantes ambulantes, ferreterías, bodegas, fondas y bares de mala muerte. Por estar cerca al mercado mayorista; era frecuente alojamiento de camioneros, estibadores y mercaderes en tránsito. 

Dado el flujo de personas en aquellas calles, por las noches eran tomadas por delincuentes, cargadores ebrios y prostitutas, quienes eran amigas de la casa, e incluso una de ellas  -una loretana de nombre Zulema-  vivió allí muchos años y fue la engreída amante de don Vicente, quien era dueño del hostal y casi la triplicaba en edad. Otro de los personajes que vivían en aquel lugar, era una exartista de circo de aproximadamente sesenta años de edad de nombre Desdémona María. Esta señora tenía un conviviente aguaruna mucho menor que ella que casi no hablaba español y nunca abandonó su indumentaria típica ni sus costumbres de nombre Bikú. Ambos ocupaban una de las habitaciones de aquel hostal junto con una boa, un mono maquisapa y dos perros pequineses, con quienes trabajaba todos los días por la tarde en un espectáculo circense en medio de la plaza adyacente al mercado mayorista; además, también sabía leer la suerte en la coca, practicaba amarres amorosos, vendía toda clase de brebajes y hierbas, curaba sustos y daños, y también prestaba dinero con garantía de joyas de oro. Y finalmente, otros dos personajes que vivían allí eran los hermanos Felipe y Genaro Rotondo, dos jóvenes de poco más de treinta años que se dedicaban al tráfico de madera proveniente de la tala ilegal. De las doce habitaciones del hotel,  quedaban disponibles para huéspedes  en tránsito sólo ocho, las otras cuatro eran ocupadas permanentemente por la  prostituta, la adivina y su pareja, los hermanos Rotondo, y junto a ellos, en una suerte de covacha inmunda muy pequeña y sin ventanas dormía Cecilio, el cuartelero, que era un muchacho de no más de quince y que además era también recepcionista, cocinero y recadero.

El huésped que más visitas y tránsito de gente tenía durante el día era la adivina. Los clientes que la buscaban, ya sea para saber lo que les deparaba el destino, o para recuperar al ser amado, o para comprar algún brebaje, o para que les preste dinero, eran muchos. Algunas veces las colas llegaban hasta la calle. Por la tarde no atendía clientes y montaba su espectáculo ambulante que consistía en hacer bailar a sus dos perros pequineses con la música que tocaba Bikú, mientras se pasaba la boa por el cuello y el mono saltaba haciendo cabriolas y estirando la mano con un pequeño kepí rojo donde los espectadores echaban sus monedas. Su espectáculo duraba de 4 a 7 pm. Luego recogía sus animales y regresaba al hostal. Nunca nadie la vio ir a ningún banco, y por ahí se rumoreaba que era analfabeta y que eso la avergonzaba mucho y el lugar donde guardaba su dinero era un misterio que quitaba el sueño a muchos de sus clientes y vecinos de cuarto. El dueño del hostal era uno de sus principales deudores, ya que le debía el equivalente a dos años de hospedaje y la cifra subía cada día más por los lujos que le demandaba Zulema, quien le había hecho perder la cabeza con su juventud y sus nada despreciables encantos.

Todo transcurría con normalidad, hasta que hubo un acontecimiento que cambió el rumbo de las cosas irreversiblemente: uno de los hermanos Rotondo, Genaro, había caído detenido por la policía en la carretera con una importante carga de madera en la que habían invertido todo su capital. Felipe, el otro hermano, llegó cabizbajo y angustiado al hostal y contó lo sucedido a don Vicente, quien lo compadeció y le ofreció invitarle unas cervezas en el bar que estaba en la esquina. Felipe aceptó.

Una vez en el bar, Felipe contó a don Vicente con mayor detalle todo lo sucedido. Le contó que el monto de los confiscado por la policía ascendía a  sesenta mil dólares, de los cuales, sólo veinte mil eran suyos y de su hermano; los otros cuarenta mil eran de un socio mafioso que lo empezaría a buscar para matarlo si no le devolvía su dinero. Don Vicente lo escuchó callado y cuando terminó, le contó también lo complicado de su situación. Le contó que el dinero que le pedía Zulema para sus caprichos era cada vez mayor, y que ya no sabía qué hacer, que lo poco que ingresaba al hostal se lo pedía, y que incluso la bruja ya no le quería prestar más dinero. Luego cambiaron de tema y empezaron a conversar del fútbol local y de política, mientras las botellas vacías de cerveza se iban amontonando en una caja vacía al costado de la mesa y ya estaban muy ebrios. De pronto don Vicente pidió a Felipe que por favor le preste atención, que se le había ocurrido una idea:

-      Dígame don Vicente, soy todo oídos.
-      Mira muchacho, nuestra situación está más que complicada, tú no quieres que tu hermano se pudra en la cárcel y mucho menos que te busquen y te maten ¿no es cierto?
-      Sí, don Vicente, pero dígame usted de qué se trata.
-      Yo tampoco quiero que Zulema me deje, si intenta dejarme la busco y la mato y qué chucha pues, me voy preso pero a mí nadie me caga ¿entiendes?
-      Sí don Vicente, estamos de acuerdo, pero dígame de una vez de qué se trata.
-      Escúchame con atención: esta vieja de mierda de la Desdémona María tiene un culo de plata escondida, la muy puta usurera cobra un culo de intereses con garantía de joyas de oro…
-      Pero eso debe de estar guardado en algún banco o algo así don Vicente, no creo que sea tan cojuda…
-      No es cojuda pero es ignorante pues, Felipe, yo la he tasado pues, nunca ha pisado ningún banco y no sabe ni leer, creo. Todo lo guarda en alguna escondite de su cuarto.
-      ¿Qué me insinúa don Vicente, que le robemos?
-      No huevón, que le pidamos que nos regale… ¡claro pues, cojudo! Hay que pelarla a la muy hijaputa.
-      Uhm… no sé don Vicente, no sé qué decirle, a mí también me cae muy mal la vieja apestosa esa que duerme con su aguaruna y sus cuatro animales en el mismo cuarto y nunca se baña, pero robarle… no sé don Vicente, sé contrabandear, sobornar e incluso disparar a lo que se mueva en la oscuridad del monte, pero robar… no tengo experiencia, don Vicente…
-      Bueno pues, cojudo… ¿qué otra salida tienes? ¿Vas a dejar que Genaro se pudra en la cárcel? Si dejas pasar los días lo trasladan a la canasta grande y de ahí no lo saca ni la Virgen, los policías son unos corruptos, les llevas unos verdes y te lo sueltan al toque, yo sé lo que te digo, y además ya te deben estar buscando tus socios para cargarte y tirar tus huesos a sus perros.
-      ¿Cómo sería la operación, don Vicente? Lo escucho.
-      Fácil pues compadre: mañana mismo por la tarde, cuando la vieja se haya ido con sus animales a la plaza, mandamos a Cecilio a comprar cualquier huevada muy lejos, yo entro a la habitación a rebuscar y tú me haces de campana por si alguien llega a la hostal. Sacamos el botín y salimos a la calle calculando la hora que suelen regresar. Cuando regresen, encontrarán la chapa rota y harán todo su escándalo y seguro que llaman a la policía. Nosotros llegamos después y nos haremos los sorprendidos, para esto, romperemos también la chapa de mi oficina y hago mi escena de horror denunciando que me han robado un huevo de plata también, ¿qué te parece?
-      Uhm… no sé qué decirle don Vicente, la verdad que hasta me da un poco de pena, pero dadas las circunstancias, caballeros pues, que La Virgen nos proteja y favorezca.
-      ¡Salud!
-      ¡Salud!

Al día siguiente, Felipe salió como todas las mañanas y se fue a un bar a hacer tiempo hasta que den las 4.30 pm en que debía regresar. Se encontró con dos amigos y se le pasó la hora. Llegó a las 6 pm. Don Vicente lo esperaba muy molesto por su demora, le hizo una señal de fastidio apuntando su reloj con un dedo y con un mutuo guiño de ojos en señal de complicidad empezaron su macabro plan. En efecto, Cecilio fue enviado a comprar vino a un distrito vecino y una vez que partió, Felipe se ubicó al filo de las escaleras desde donde se miraba la puerta abierta de la calle y todas las habitaciones. Don Vicente ingresó y puso manos a la obra. Buscó por todos los cajones, debajo del colchón, dentro del colchón, en las maletas, en las cajas de los animales, detrás de los cuadros y en todos los lugares posibles y nada… no encontraba nada. Salió a la recepción y  preguntó a Felipe si se le ocurría en donde más buscar. Felipe le dijo le sugirió que se apurase porque no tardarían en llegar y que levante los listones de madera del piso que encuentre movidos y flojos… y nada. Finalmente sacó los zócalos de madera de la pared ayudándose con un martillo y encontró una cavidad muy larga del grosor del zócalo y a lo largo de las cuatro paredes de la habitación. Todo estaba lleno de pequeños rollos de dólares amarrados con ligas y muchas bolsitas de plástico con diferentes joyas de oro. Tomó la pequeña canasta donde dormía uno de los perros y la llenó con todo el botín.

Se encontraba en todo el afán de llenar la canasta y de pronto oyó el silbido de aviso de Felipe que le avisaba que alguien llegaba. Desdémona María sospechó algo por la cara de susto que puso Felipe apenas la vio aparecer por las gradas y subió presurosa encontrando a don Vicente con las manos en la masa. Tras ella venía Bikú quien, sin soltar sus animales, subió corriendo tras Desdémona María para ayudarla. La mujer empezó a gritar desaforadamente pidiendo auxilio y se fue encima de don Vicente para arrebatarle la canasta y tras ella su marido. Felipe fue a la cocina por un cuchillo y encontró a Bikú que tomaba por el cuello a don Vicente que se aferraba al botín mientras su mujer trataba de arrebatárselo, tomó a la mujer por la espalda y le puso el cuchillo en la yugular exigiéndole que se callara y al hombre que soltara a don Vicente. Accedieron a sus demandas y, no bien la mujer se había callado, Felipe le cortó la yugular de una sola pasada de cuchillo y la dejó caer. Bikú, presa del pánico, se fue encima de Felipe para atacarlo y éste lo recibió con una certera puñalada en el abdomen. El dormitorio era un gran charco de sangre con dos cuerpos moribundos con estertores en el suelo. 

Don Vicente estaba paralizado de terror. Nunca había visto una escena de sangre ni presenciado un homicidio. Miraba con estupor toda la escena de horror y no atinaba a decir ni a hacer nada. Felipe limpió el cuchillo en la ropa de Desdémona María y tomó la canasta con el botín, se hizo paso entre ambos cadáveres y, al llegar a las escaleras, apuñaló también por el abdomen a don Vicente con mucha fuerza y sacudiendo el mango del cuchillo mientras éste le atravesaba las entrañas y los ojos saltones de terror de don Vicente lo miraban aterrados e intentaba sin fuerzas sacarse el cuchillo con ambas manos. 

Finalmente, Felipe sacó a los cuatro animales de sus cajas. Llevó al mono y a los perros  (que eran frecuentemente maltratados con una varilla en el número circense)  hasta la puerta, y no bien se sintieron libres huyeron despavoridos. Ayudado con una escoba metió a la boa en el cuarto junto con los cadáveres y cerró la puerta. Se lavó las manos y la cara, se cambió de ropa, tomó un pequeño maletín donde puso el botín y sus cosas y se marchó silbando ‘La Marsellesa’ con rumbo desconocido.



MAURICIO ROZAS VALZ

lunes, 7 de octubre de 2013

LA FONDA DE LA RUSA








Berenice nació en el campo, en un hogar de clase media. Fue hija única y nunca nadie (excepto su madre y quizás también ella), supo quién fue su padre. Se rumoreaba que fue un militar ruso que llegó al Perú a inicios de los 70s, durante la dictadura militar del general Velasco para adiestrar pilotos de la Fuerza Aérea (durante ese gobierno se compró mucho armamento a la ex URSS), lo cual parecía ser cierto dados sus rasgos poco comunes y el nulo parecido con su madre. Berenice era muy rubia y de ojos azules y efectivamente tenía el tipo de una mujer de Europa del Este. Además era poseedora de una belleza desmesurada que llamaba la atención y, como si eso no fuera suficiente, desde niña fue muy sencilla y carismática; sencillez que no perdió cuando se hizo adolescente (como se suele perder en muchos casos).

Su infancia transcurrió como la de cualquier niña, pero con algunos contratiempos por su tipo racial fuera de lo común y que le costara algunos insultos, agresiones y discriminaciones, situaciones que -poco a poco y con inteligencia- fue revirtiendo a través del tiempo con su gran carisma y sencillez espontáneos. La cosa se le fue complicando llegada la adolescencia, pues eran tiempos de fiestas de fin de curso y de quince  años y de los primeros novios; pues los ojos de muchos muchachos fueron puestos en ella, provocando envidias y los naturales celos del resto de muchachas que empezaban a apartarla e incluso a maltratarla con insultos y hasta con algunos arañones y forcejeos. 

A Berenice nunca le interesó el dinero ni las ostentaciones de riqueza de algunos de sus muchos pretendientes, los cuales eran codiciados por muchas de sus amigas. Tuvo dos o tres novios de su colegio con los cuales no duró mucho tiempo hasta que ingresó a la universidad. Se encontraba cursando el primer ciclo, cuando de pronto a su madre le detectaron un cáncer muy agresivo que la llevó a la tumba en solo ocho meses. Ese golpe fue muy duro para ella, ya que su madre era lo único que tenía en la vida, pues a su padre nunca lo conoció y tampoco tuvo hermanos. Sólo tenía a su abuela, con quien nunca tuvo una buena relación porque decía que ella era hija del pecado, una bastarda y una vergüenza para la familia.

Esta situación obligó a Berenice a dejar la universidad y a ver la forma de sobrevivir. Su madre le dejó lo único que tenía, que era su modesta casa en el campo y algunos ahorros que juntó durante toda su vida. Berenice aprendió desde muy niña a cocinar muy bien, su madre fue su maestra y le transmitió todos los secretos de la cocina tradicional de su región. Luego de mucho pensar, decidió invertir algo de esos ahorros en montar un pequeño y rustico restaurante campestre en el pequeño espacio que había entre la entrada de su casa y el camino de herradura que conducía hacia ella. Compró una cocina industrial, el menaje necesario y cuatro mesas cuadradas con sus respectivas sillas. Luego instaló un toldo para cubrir las mesas del sol y la lluvia y, luego de algunos ensayos, mandó a confeccionar un letrero y abrió sus puertas por primera vez. El nombre que eligió fue ‘La fonda de la rusa’, pues ‘la rusa’ fue el apodo que le pusieron sus compañeros de escuela desde muy niña.

Los primeros tres meses fueron muy duros para Berenice, pues algunas veces tuvo que regalar su comida a algunos campesinos que solían pasar por allí pastando su ganado porque no podía guardarla mucho tiempo sin que se malograse. Luego aprendió a comprar lo justo para no perder dinero y, a mediados del cuarto mes, empezó a llegar más clientela al punto que, algunas veces, se agotaba todo antes de las 3.30 pm. Esto entusiasmó mucho a Berenice, al punto que habilitó la sala de la casa para ampliar su restaurante y compró cuatro mesas más duplicando su capacidad. Los meses posteriores fueron muy buenos y, no bien cumplía su primer año, y tuvo que construir un segundo piso con un pequeño departamento para ella, pues todo el primer piso tuvo que ser acondicionado para ampliar su cocina y su capacidad de aforo. Contrató a una ayudante de cocina y a un mozo para poder atender con comodidad a sus clientes.

Una de esas tantas tardes de viernes en que sus comensales alargaban la sobremesa con abundante cerveza, fue abordada por un joven apuesto que vestía uniforme de la fuerza aérea de su país, y se presentó ante ella como el capitán Giancarlo Di Martini. El flechazo fue inmediato y en solo dos días se hicieron novios y empezaron un largo, tórrido y accidentado romance que cambiaría irreversiblemente la ya de por sí acontecida vida de Berenice, que por entonces apenas había cumplido recién los veinte años.

La historia parecía repetirse, pues como contaban las malas lenguas, su madre también se enamoró de un militar, en su caso extranjero, pero finalmente militar y también piloto de avión de combate. No pasó ni un año de relación y Berenice quedó embarazada. El capitán le propuso matrimonio y en dos meses más se casaron en una pomposa y fastuosa ceremonia que ofrecieron los padres del novio en el casino de la Fuerza Aérea.

Los meses posteriores al matrimonio fueron quizás los más felices en la sufrida vida de Berenice. Durante ese tiempo nació la pequeña Paola, quien era muy parecida a ella y llenó de felicidad y de ilusión a la joven pareja. Pasaron dos años más en los que todo transcurría en una rutinaria -pero no menos cómoda- estabilidad que Berenice disfrutaba mucho. Su vida era atender su hogar con la ayuda de una nana y sin dejar su negocio que cada día era más rentable y exitoso. Todos los días, luego de dejar todo ordenado y listo en casa, se iba a trabajar con su niña en brazos y su nana, quien le ayudaba a cuidarla mientras ella atendía a sus clientes en el restaurant. Llegaban las 5 pm y regresaba a casa para esperar a su marido y disfrutar de la vida en familia que no tuvo de niña.

Todo iba muy bien, hasta que uno de esos tantos días, y como suele ser en todas las fuerza armadas, comunicaron a su marido que sería enviado por dos años de agregado militar al Brasil. La noticia no fue del agrado de Berenice, pues no estaba dispuesta a dejar abandonado el negocio que tanto esfuerzo y sacrificios le había costado hacer crecer. Fue esta situación la que sacó a relucir un aspecto de la personalidad –hasta entonces desconocida- de su marido militar; pues éste, ante la negativa de Berenice de mudarse con él a Brasil, le dijo en tono muy castrense y como quien se dirige a un soldado raso: “No te estoy consultando si quieres o no venir conmigo al Brasil, simplemente lo pongo en tu conocimiento para que vayas preparando todo para nuestro viaje. Eres mi mujer y tienes que hacer lo que yo te digo y tienes que ir donde yo vaya. Partimos en 33 días, así que por favor, corre viendo a quien encargas tu negocio o si te parece, véndelo, no lo sé, ese es tu problema. Tú y Paola vienen conmigo y punto. No se hable más…”

Berenice tuvo la mala idea de contestarle, diciendo que ella de ninguna manera dejaría su negocio y que su hija se quedaría con ella y que él podría llegar a visitarlas cuando pueda. No terminaba de hablar, cuando de pronto fue interrumpida por una sonora bofetada que la hizo rodar por el suelo y le dejó la mitad del rostro enrojecido. Berenice quedó estupefacta al punto de no levantarse del suelo tomándose la cara sin atinar a responder ni decir nada, ni siquiera atinó a pararse. Se quedó tumbada en el suelo y su marido tomó su Kepí y salió de la casa tirando la puerta y al punto de hacer romper las lunas e inmediatamente la niña arrancó en llantos, lo que finalmente hizo levantar a Berenice, quien la cargó para calmarla mientras ella también lloraba desconsolada de dolor y de impotencia por el abuso y la humillación de la que había sido víctima. 

Berenice no tuvo padre ni hermanos ni abuelo que la defienda, lo que hizo que desde muy niña aprendiera a defenderse sola y siempre fue de armas tomar. Inmediatamente empacó sus maletas, tomó lo que pudo de sus pertenencias, llamó a un taxi y se mudó nuevamente al pequeño departamento ubicado en los altos de su restaurant. Luego fue a la comisaría y denunció a su marido por agresión, dejando constancia que dejaba el hogar por temor a ser nuevamente agredida y por la seguridad de su niña.

Se encontraba descansando en su cama, luego de limpiar su departamento, de desempacar y de hacer dormir a Paola, cuando de pronto sintió el motor de un automóvil que estacionaba en su puerta; obviamente se trataba de Giancarlo, quien iracundo bajó del auto y tumbó la puerta de la casa de un certero tacle. Berenice solo atinó a cargar a Paola y a esconderse en el baño. Giancarlo no tardó en bajarse la puerta del baño a empellones, le arranchó a la niña y con la mano izquierda la tomó por la cabellera y la arrastró por las escaleras hasta el automóvil, abrió la puerta y la metió a empellones en la parte de atrás y con una final patada en el trasero cerró la puerta. La niña se ahogaba en llantos de pavor, la sentó a su lado, le puso el cinturón de seguridad y arrancó rumbo a su casa. Dos de los ayudantes del restaurant que en ese momento se encontraban haciendo limpieza, llamaron inmediatamente a la policía, la que llegó luego de un par de horas. Les informaron de lo sucedido y luego se retiraron.

Al día siguiente, llegó una citación al departamento de la Villa Militar en la que vivían desde que se casaron. Conminaban a Giancarlo a presentar sus descargos en la comisaría. Para mala suerte de Berenice, dicha citación llegó muy temprano, cuando aún Giancarlo se encontraba en  casa y él mismo la recibió. La leyó, esperó que el policía se alejara, e inmediatamente buscó a Berenice en el dormitorio y le dijo: “Con que denuncias a mí ¿no? Grandísima puta. Me quieres joder la carrera ¿no? Bueno pues, te cuento que no fue una buena idea. ¿Tanta cosa por una cachetada? Además, bien merecida. Ahora vas a saber lo que es bueno para que te quejes con ganas y a ver si te quedan ganas de volver a irte de la casa. A mí nadie me deja ¿entendiste? Luego de tu merecido irás con tus propias patitas a retirar esa denuncia si no quieres que te mande a la tumba y con suerte a un hospital ¿ok?...” Apenas terminó de pronunciar estas palabras, se quitó el cinturón y propinó una feroz paliza a la pobre de Berenice, quien daba gritos desgarradores de dolor y de terror, mientras la niña observaba todo esto aterrorizada y en llantos que se confundían con los de su madre.

Berenice no dijo nada, se quedó callada y con la cabeza asintió que iría a la comisaría obedeciendo sus órdenes; se secó las lágrimas, calmó a Paola y se metió a la ducha para aliviar sus heridas con agua fría. Cuando salió del baño, Giancarlo ya se había ido. Pues inmediatamente cargó otra vez a Paola y se fue a la comisaría a mostrar las heridas y a denunciar nuevamente el hecho. Fue citada por el médico legista y se hizo un parte con el detalle de sus lesiones para que la denuncia pasara a la fiscalía. Con ese mismo parte fue al comando donde trabajaba Giancarlo y preguntó por el comandante en jefe, lloró ante los subalternos y finalmente el comandante accedió a recibirla; le contó todo lo sucedido con lujo de detalles y se retiró nuevamente al departamento de los altos de su restaurant.

Giancarlo no volvió a aparecerse por su casa, luego se enteró de que había sido castigado y que finalmente no lo enviaron a Brasil, sino a un puesto fronterizo que quedaba muy cerca de un caserío muy pobre y pequeño en medio de la Amazonía. Se enteró también que sus superiores consiguieron ayudarlo para que la denuncia policial se archive, pero a cambio le exigieron que se vaya calladito a su nuevo puesto de castigo y que por un buen tiempo no se acerque a Berenice ni a su hija.

De estos hechos pasaron dos años y Berenice no volvió a saber de Giancarlo; tampoco hizo mayores esfuerzos por averiguarlo. Es más, empezó un romance con un funcionario bancario de rango medio llamado Gerardo, quien era soltero y empezó a hacer las veces de padre de Paola y con quien se le veía muy feliz.

Llegaban las fiestas de fin de año, y Berenice se preparaba para celebrar la navidad con su familia. El 24 de diciembre, salió temprano para hacer sus últimas compras y nunca más regresó a casa. A los cuatro días fue encontrada muerta con un agujero de bala en la nuca y con las muñecas y los tobillos arañados y amoratados. El examen del médico legista concluyó que había sido previamente secuestrada y amarrada y que opuso tenaz resistencia. Para esto, se supo que el primer sospechoso, es decir, su exmarido, no se había movido de su puesto de trabajo (a miles de kilómetros) durante toda esa semana. 

A pesar de la insistencia de la prensa local, la Fuerza Aérea nunca quiso pronunciarse sobre el caso y tan horrendo crimen quedó en la más absoluta impunidad, pues nunca se llevó a cabo una investigación profunda para dar con el culpable y a los pocos meses el caso fue archivado.




MAURICIO ROZAS VALZ