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lunes, 7 de octubre de 2013

LA FONDA DE LA RUSA








Berenice nació en el campo, en un hogar de clase media. Fue hija única y nunca nadie (excepto su madre y quizás también ella), supo quién fue su padre. Se rumoreaba que fue un militar ruso que llegó al Perú a inicios de los 70s, durante la dictadura militar del general Velasco para adiestrar pilotos de la Fuerza Aérea (durante ese gobierno se compró mucho armamento a la ex URSS), lo cual parecía ser cierto dados sus rasgos poco comunes y el nulo parecido con su madre. Berenice era muy rubia y de ojos azules y efectivamente tenía el tipo de una mujer de Europa del Este. Además era poseedora de una belleza desmesurada que llamaba la atención y, como si eso no fuera suficiente, desde niña fue muy sencilla y carismática; sencillez que no perdió cuando se hizo adolescente (como se suele perder en muchos casos).

Su infancia transcurrió como la de cualquier niña, pero con algunos contratiempos por su tipo racial fuera de lo común y que le costara algunos insultos, agresiones y discriminaciones, situaciones que -poco a poco y con inteligencia- fue revirtiendo a través del tiempo con su gran carisma y sencillez espontáneos. La cosa se le fue complicando llegada la adolescencia, pues eran tiempos de fiestas de fin de curso y de quince  años y de los primeros novios; pues los ojos de muchos muchachos fueron puestos en ella, provocando envidias y los naturales celos del resto de muchachas que empezaban a apartarla e incluso a maltratarla con insultos y hasta con algunos arañones y forcejeos. 

A Berenice nunca le interesó el dinero ni las ostentaciones de riqueza de algunos de sus muchos pretendientes, los cuales eran codiciados por muchas de sus amigas. Tuvo dos o tres novios de su colegio con los cuales no duró mucho tiempo hasta que ingresó a la universidad. Se encontraba cursando el primer ciclo, cuando de pronto a su madre le detectaron un cáncer muy agresivo que la llevó a la tumba en solo ocho meses. Ese golpe fue muy duro para ella, ya que su madre era lo único que tenía en la vida, pues a su padre nunca lo conoció y tampoco tuvo hermanos. Sólo tenía a su abuela, con quien nunca tuvo una buena relación porque decía que ella era hija del pecado, una bastarda y una vergüenza para la familia.

Esta situación obligó a Berenice a dejar la universidad y a ver la forma de sobrevivir. Su madre le dejó lo único que tenía, que era su modesta casa en el campo y algunos ahorros que juntó durante toda su vida. Berenice aprendió desde muy niña a cocinar muy bien, su madre fue su maestra y le transmitió todos los secretos de la cocina tradicional de su región. Luego de mucho pensar, decidió invertir algo de esos ahorros en montar un pequeño y rustico restaurante campestre en el pequeño espacio que había entre la entrada de su casa y el camino de herradura que conducía hacia ella. Compró una cocina industrial, el menaje necesario y cuatro mesas cuadradas con sus respectivas sillas. Luego instaló un toldo para cubrir las mesas del sol y la lluvia y, luego de algunos ensayos, mandó a confeccionar un letrero y abrió sus puertas por primera vez. El nombre que eligió fue ‘La fonda de la rusa’, pues ‘la rusa’ fue el apodo que le pusieron sus compañeros de escuela desde muy niña.

Los primeros tres meses fueron muy duros para Berenice, pues algunas veces tuvo que regalar su comida a algunos campesinos que solían pasar por allí pastando su ganado porque no podía guardarla mucho tiempo sin que se malograse. Luego aprendió a comprar lo justo para no perder dinero y, a mediados del cuarto mes, empezó a llegar más clientela al punto que, algunas veces, se agotaba todo antes de las 3.30 pm. Esto entusiasmó mucho a Berenice, al punto que habilitó la sala de la casa para ampliar su restaurante y compró cuatro mesas más duplicando su capacidad. Los meses posteriores fueron muy buenos y, no bien cumplía su primer año, y tuvo que construir un segundo piso con un pequeño departamento para ella, pues todo el primer piso tuvo que ser acondicionado para ampliar su cocina y su capacidad de aforo. Contrató a una ayudante de cocina y a un mozo para poder atender con comodidad a sus clientes.

Una de esas tantas tardes de viernes en que sus comensales alargaban la sobremesa con abundante cerveza, fue abordada por un joven apuesto que vestía uniforme de la fuerza aérea de su país, y se presentó ante ella como el capitán Giancarlo Di Martini. El flechazo fue inmediato y en solo dos días se hicieron novios y empezaron un largo, tórrido y accidentado romance que cambiaría irreversiblemente la ya de por sí acontecida vida de Berenice, que por entonces apenas había cumplido recién los veinte años.

La historia parecía repetirse, pues como contaban las malas lenguas, su madre también se enamoró de un militar, en su caso extranjero, pero finalmente militar y también piloto de avión de combate. No pasó ni un año de relación y Berenice quedó embarazada. El capitán le propuso matrimonio y en dos meses más se casaron en una pomposa y fastuosa ceremonia que ofrecieron los padres del novio en el casino de la Fuerza Aérea.

Los meses posteriores al matrimonio fueron quizás los más felices en la sufrida vida de Berenice. Durante ese tiempo nació la pequeña Paola, quien era muy parecida a ella y llenó de felicidad y de ilusión a la joven pareja. Pasaron dos años más en los que todo transcurría en una rutinaria -pero no menos cómoda- estabilidad que Berenice disfrutaba mucho. Su vida era atender su hogar con la ayuda de una nana y sin dejar su negocio que cada día era más rentable y exitoso. Todos los días, luego de dejar todo ordenado y listo en casa, se iba a trabajar con su niña en brazos y su nana, quien le ayudaba a cuidarla mientras ella atendía a sus clientes en el restaurant. Llegaban las 5 pm y regresaba a casa para esperar a su marido y disfrutar de la vida en familia que no tuvo de niña.

Todo iba muy bien, hasta que uno de esos tantos días, y como suele ser en todas las fuerza armadas, comunicaron a su marido que sería enviado por dos años de agregado militar al Brasil. La noticia no fue del agrado de Berenice, pues no estaba dispuesta a dejar abandonado el negocio que tanto esfuerzo y sacrificios le había costado hacer crecer. Fue esta situación la que sacó a relucir un aspecto de la personalidad –hasta entonces desconocida- de su marido militar; pues éste, ante la negativa de Berenice de mudarse con él a Brasil, le dijo en tono muy castrense y como quien se dirige a un soldado raso: “No te estoy consultando si quieres o no venir conmigo al Brasil, simplemente lo pongo en tu conocimiento para que vayas preparando todo para nuestro viaje. Eres mi mujer y tienes que hacer lo que yo te digo y tienes que ir donde yo vaya. Partimos en 33 días, así que por favor, corre viendo a quien encargas tu negocio o si te parece, véndelo, no lo sé, ese es tu problema. Tú y Paola vienen conmigo y punto. No se hable más…”

Berenice tuvo la mala idea de contestarle, diciendo que ella de ninguna manera dejaría su negocio y que su hija se quedaría con ella y que él podría llegar a visitarlas cuando pueda. No terminaba de hablar, cuando de pronto fue interrumpida por una sonora bofetada que la hizo rodar por el suelo y le dejó la mitad del rostro enrojecido. Berenice quedó estupefacta al punto de no levantarse del suelo tomándose la cara sin atinar a responder ni decir nada, ni siquiera atinó a pararse. Se quedó tumbada en el suelo y su marido tomó su Kepí y salió de la casa tirando la puerta y al punto de hacer romper las lunas e inmediatamente la niña arrancó en llantos, lo que finalmente hizo levantar a Berenice, quien la cargó para calmarla mientras ella también lloraba desconsolada de dolor y de impotencia por el abuso y la humillación de la que había sido víctima. 

Berenice no tuvo padre ni hermanos ni abuelo que la defienda, lo que hizo que desde muy niña aprendiera a defenderse sola y siempre fue de armas tomar. Inmediatamente empacó sus maletas, tomó lo que pudo de sus pertenencias, llamó a un taxi y se mudó nuevamente al pequeño departamento ubicado en los altos de su restaurant. Luego fue a la comisaría y denunció a su marido por agresión, dejando constancia que dejaba el hogar por temor a ser nuevamente agredida y por la seguridad de su niña.

Se encontraba descansando en su cama, luego de limpiar su departamento, de desempacar y de hacer dormir a Paola, cuando de pronto sintió el motor de un automóvil que estacionaba en su puerta; obviamente se trataba de Giancarlo, quien iracundo bajó del auto y tumbó la puerta de la casa de un certero tacle. Berenice solo atinó a cargar a Paola y a esconderse en el baño. Giancarlo no tardó en bajarse la puerta del baño a empellones, le arranchó a la niña y con la mano izquierda la tomó por la cabellera y la arrastró por las escaleras hasta el automóvil, abrió la puerta y la metió a empellones en la parte de atrás y con una final patada en el trasero cerró la puerta. La niña se ahogaba en llantos de pavor, la sentó a su lado, le puso el cinturón de seguridad y arrancó rumbo a su casa. Dos de los ayudantes del restaurant que en ese momento se encontraban haciendo limpieza, llamaron inmediatamente a la policía, la que llegó luego de un par de horas. Les informaron de lo sucedido y luego se retiraron.

Al día siguiente, llegó una citación al departamento de la Villa Militar en la que vivían desde que se casaron. Conminaban a Giancarlo a presentar sus descargos en la comisaría. Para mala suerte de Berenice, dicha citación llegó muy temprano, cuando aún Giancarlo se encontraba en  casa y él mismo la recibió. La leyó, esperó que el policía se alejara, e inmediatamente buscó a Berenice en el dormitorio y le dijo: “Con que denuncias a mí ¿no? Grandísima puta. Me quieres joder la carrera ¿no? Bueno pues, te cuento que no fue una buena idea. ¿Tanta cosa por una cachetada? Además, bien merecida. Ahora vas a saber lo que es bueno para que te quejes con ganas y a ver si te quedan ganas de volver a irte de la casa. A mí nadie me deja ¿entendiste? Luego de tu merecido irás con tus propias patitas a retirar esa denuncia si no quieres que te mande a la tumba y con suerte a un hospital ¿ok?...” Apenas terminó de pronunciar estas palabras, se quitó el cinturón y propinó una feroz paliza a la pobre de Berenice, quien daba gritos desgarradores de dolor y de terror, mientras la niña observaba todo esto aterrorizada y en llantos que se confundían con los de su madre.

Berenice no dijo nada, se quedó callada y con la cabeza asintió que iría a la comisaría obedeciendo sus órdenes; se secó las lágrimas, calmó a Paola y se metió a la ducha para aliviar sus heridas con agua fría. Cuando salió del baño, Giancarlo ya se había ido. Pues inmediatamente cargó otra vez a Paola y se fue a la comisaría a mostrar las heridas y a denunciar nuevamente el hecho. Fue citada por el médico legista y se hizo un parte con el detalle de sus lesiones para que la denuncia pasara a la fiscalía. Con ese mismo parte fue al comando donde trabajaba Giancarlo y preguntó por el comandante en jefe, lloró ante los subalternos y finalmente el comandante accedió a recibirla; le contó todo lo sucedido con lujo de detalles y se retiró nuevamente al departamento de los altos de su restaurant.

Giancarlo no volvió a aparecerse por su casa, luego se enteró de que había sido castigado y que finalmente no lo enviaron a Brasil, sino a un puesto fronterizo que quedaba muy cerca de un caserío muy pobre y pequeño en medio de la Amazonía. Se enteró también que sus superiores consiguieron ayudarlo para que la denuncia policial se archive, pero a cambio le exigieron que se vaya calladito a su nuevo puesto de castigo y que por un buen tiempo no se acerque a Berenice ni a su hija.

De estos hechos pasaron dos años y Berenice no volvió a saber de Giancarlo; tampoco hizo mayores esfuerzos por averiguarlo. Es más, empezó un romance con un funcionario bancario de rango medio llamado Gerardo, quien era soltero y empezó a hacer las veces de padre de Paola y con quien se le veía muy feliz.

Llegaban las fiestas de fin de año, y Berenice se preparaba para celebrar la navidad con su familia. El 24 de diciembre, salió temprano para hacer sus últimas compras y nunca más regresó a casa. A los cuatro días fue encontrada muerta con un agujero de bala en la nuca y con las muñecas y los tobillos arañados y amoratados. El examen del médico legista concluyó que había sido previamente secuestrada y amarrada y que opuso tenaz resistencia. Para esto, se supo que el primer sospechoso, es decir, su exmarido, no se había movido de su puesto de trabajo (a miles de kilómetros) durante toda esa semana. 

A pesar de la insistencia de la prensa local, la Fuerza Aérea nunca quiso pronunciarse sobre el caso y tan horrendo crimen quedó en la más absoluta impunidad, pues nunca se llevó a cabo una investigación profunda para dar con el culpable y a los pocos meses el caso fue archivado.




MAURICIO ROZAS VALZ

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