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martes, 27 de noviembre de 2012

PUENTE VILLENA





Cruza la gente
Cruzan los autos

Siempre apurados
Siempre escapando

Miles se van
Nadie regresa

De Barranco a San Isidro
De San Isidro a Barranco

Sólo unos cuantos paran al centro
Sólo unos cuantos saben su magia

Algunos se dan el sí...  y se despiden felices
Otros se dicen adiós...  y prosiguen su camino

Pero hay otros, que  van solos...
A despedirse del mundo

MAURICIO ROZAS VALZ

domingo, 25 de noviembre de 2012

APAGÓN





Extraña y particularmente oscura noche... ver las luces intermitentes de los aviones que llegan e imaginar que en uno de ellos ella llega.

O imaginar que soy yo quien está en uno de esos aviones que despegan, viajando al encuentro de ella, que aún no sabe que existo...

Que no termine el apagón... que se quede todo así. Al menos por esta noche...

La oscuridad combinada con la bulla de la ciudad había resultado mágica. Todo se ve como ajeno... (bueno, en efecto lo es).

Bocinas, luces de automóviles, la ciudad a oscuras, luces de aviones que llegan y se van... lejanas luces del puerto y de algunos barcos...

He bajado la llave general de casa para no darme cuenta cuando vuelva la luz...

Un vino rosso helado es buena compañía mientras imagino que ella toma un taxi desde el aeropuerto y toma rumbo a mi casa...

Parece que a mis tinieblas les queda poco tiempo, nadie más las disfruta y la indiferencia las terminará encendiendo.

Relajante e inspiradora y motivadora y ensoñadora y poética y romántica... la oscuridad tiene esas cosas...

Y bueno, no llegó en ninguno de esos aviones ni yo partí en los que despegaban ni ella tomó aquel taxi rumbo a mi encuentro...

Será hasta el próximo apagón


MAURICIO ROZAS VALZ

viernes, 23 de noviembre de 2012

FERIA DEL LIBRO INDEPENDIENTE




Queridos amigos que aman los libros, no dejen de ir a la Feria del Libro Independienete en la Plaza Washington (Altura cuadra 6 de Av Arequipa y Arenales, frente al Centro Cultural de España). Ahi encontrarán mis dos títulos en el stand de Editorial CASATOMADA y miles del títulos más a muy buenos precios. No se la pierdan. Vaya ya.
Todos a leer

Mauricio Rozas

jueves, 22 de noviembre de 2012

POSTE





Me gusta la luz del poste
Tal vez... su poca ambición
No se prende para todos
Y alumbra poca extensión


Fiel amigo de los vagos
Del taxista lechucero
Del desesperado amante
Que fuma mientras espera
Del solitario irredento
Que camina pensativo
Sin ningún destino fijo


Me gusta la luz del poste
Mudo testigo de amores
De muchachos reprimidos
Y de amantes asustados


Alumbra bancas y aceras
Se mete por las ventanas
Alumbrando nuestros sueños


Se apaga como avisando
Que es hora de regresar
Del amor... a la mentira


MAURICIO ROZAS VALZ

martes, 20 de noviembre de 2012

MEMORIAS DE UNA VIEJA CANCIÓN






Llegué a casa a las 2 am. Encontré un mensaje en la contestadora del teléfono del velador (entonces no existían los celulares) Nuevamente era Carmen, me decía entre sollozos que la llamara a la hora que llegase, que no importaba la hora que fuera y por favor. La llamé. Contestó de inmediato. Estaba despierta y con la voz levemente afónica me pidió que vaya a verla, también me dijo que no quería crearme problemas y que si no podía… ni modo. Tomé mi abrigo y mis guantes y una vez más salí a su encuentro, caminando. Vivía relativamente cerca de mi casa.

Estaba por llegar a su casa, y a unas tres casas de distancia se podía escuchar nítidamente las Memorias de una vieja canción, cantada por Gina María Hidalgo y era la única casa de la cuadra que tenía las luces encendidas. Me abrió apenas toqué el timbre. A pesar de la hora que era, Carmen seguía con el sastre azul, la camisa blanca y los tacos negros del uniforme de su trabajo. Sus ojos estaban totalmente hinchados con dos riachuelos negros de rímel que llegaban hasta sus labios y el cabello desordenado. Sin decir palabra y haciéndome una señal con la quijada me hizo pasar. Aún no terminaba: Memorias de una vieja canción y la seguí hasta su comedor. Me jaló una de sus sillas vienesas y se sentó en otra. En la mesa había una jarra de vino que iba por la mitad, una copa  -que también iba por la mitad-  una cajetilla de cigarrillos Hamilton casi vacía y un cenicero con un cerro de colillas. Luego, sin preguntarme se levantó, sacó una copa del aparador y me la llenó. Luego se volvió a sentar frente a mí, apoyo su mentón en una de sus manos, luego en otra, y luego recostó su cabeza sobre sus brazos y arrancó en un llanto silencioso pero muy intenso que hacía que todo su cuerpo temblara. 

Así estuvo durante largos minutos. No le pregunté nada. Sólo le rascaba la cabeza y le acariciaba las orejas tratando de consolarla. Todo era muy extraño. Ella no decía nada, absolutamente nada. Un fuerte ataque de tos hizo que pare de llorar. Tomó aire. Se calmó. Me tomó de la mano y en silencio me llevó a paso lento hasta su dormitorio. Era primera vez que me hacía pasar hasta allí. Me llamó la atención que en una esquina hubiera una réplica de La Torre Eiffel de metal de aproximadamente dos metros de altura. La cama estaba sin tender. Abrió las puertas de su closet y me mostró el lado de él… que estaba vacío. Luego abrió los cajones del velador del lado de él, que también estaban vacíos. Luego me enseñó una carta amarillenta que no quise recibirle y la arrugué en sus manos. Seguíamos ambos sin decir palabra.  Memorias de una vieja canción  había terminado hacía rato y me hizo una señal con la mano de que la espere. Caminó con prisa hacia el comedor y volvió a poner la misma canción pero con el volumen un poco más alto y regresó al dormitorio. Con sus manos me empujó ligeramente sobre su cama para que me siente. Luego jaló una banqueta y subió en ella para buscar algo en la parte más alta de su closet: eran varios álbumes de fotos que empezó a lanzar sobre su cama. Luego se sentó a mi lado y empezó a pasar hoja por hoja. Me enseñaba muchas fotos con él en diferentes lugares de Europa. Comenzó a sonreír y luego hasta reír. Al cabo de unos segundos, volvió a entristecerse y otra vez rompió en llanto y comenzó a arrancar las hojas de los álbumes y a romper fotos a discreción. La tomé de las muñecas con fuerza y la abracé con firmeza hasta que se calme. 

Así nos quedamos varios minutos. Luego se apartó y volvió al comedor a repetir la canción y trajo al dormitorio las dos copas de vino que se quedaron sobre la mesa. Bebimos unos sorbos y de pronto escuchamos los llantos de Lucía que venían del dormitorio contiguo, quien al parecer se había despertado por el volumen del estéreo. Carmen me volvió a tomar de la mano para que la acompañe a ver a Lucía que también lloraba inconsolablemente. Carmen la cargó, la arrulló, la acarició y me miró como diciendo: y ahora… ¿qué voy a hacer? 

Regresó hasta su dormitorio con Lucía en brazos y se sentó en la base de su Torre Eiffel  haciéndole caballito con su pierna izquierda. Con su brazo derecho abrazaba la torre y con el izquierdo cargaba a Lucía. 

Carmen lloraba, Lucía lloraba. Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Sólo trataba de entender  -mientras observaba todo eso en silencio-  cómo era posible que durase tanto tiempo un dolor y tan intensamente como el primer día. Ya habían pasado poco más de tres años de aquel viaje de luna de miel a Europa del que regresó sin él y sin saber siquiera que estaba embarazada. 


MAURICIO ROZAS VALZ

domingo, 18 de noviembre de 2012

LA PALMERA





Marcelo salió al encuentro de Valeria. Habían quedado en encontrarse en la pequeña plaza que se ubicaba al medio del enorme parque que fue testigo de todo su romance. La hora era la de siempre: 2 pm, a la salida de la universidad. 

Marcelo llegó puntual, esperó a Valeria unos minutos, interminables para el sufrido Marcelo, perdidamente enamorado y aún con el corazón ileso, sin cicatrices, lo que lo hacía particularmente vulnerable. Al fin ella llegó. No había tardado más de diez minutos, los suficientes para angustiar a Marcelo, quien la abrazó como si hubiese llegado de la guerra.

Ella le propuso el juego de siempre. Jugaban a las escondidas de a dos. Este juego le gustaba perversamente a Valeria. La angustia que despertaba en Marcelo los pocos minutos que le tomaba encontrarla le producían un morboso placer. Él accedió como siempre, no porque la idea le gustara, sino porque le era casi imposible decir que no a cualquier cosa que ella le propusiera.

Empezó el conteo. Marcelo se tapó los ojos contra un árbol  y contó obedientemente hasta sesenta.  Empezó la búsqueda, árbol por árbol, rincón por rincón, arbusto por arbusto, pasaban los minutos y no la encontraba. Regresó al lugar de origen y repitió la ruta: árbol por árbol, rincón por rincón y arbusto por arbusto. No la encontró, incluso caminó hasta los parqueos y buscó detrás de los automóviles y nada. Marcelo empezó a angustiarse más de lo normal. Comenzó a gritar el nombre de Valeria pidiéndole que pare el juego, que no lo asuste de esa manera. Sólo se oyó silencio por algunos minutos. De pronto Marcelo empezó a escuchar la risa de Valeria. Trató de ubicar con el oído de donde venían las risas. De pronto escuchó: «Oye tontín cuadriculado, ¿no eres capaz de salir de tus coordenadas conservadoras? Mira hacia arriba también, pues, ¡tontín!». En efecto, Valeria estaba en la copa de una palmera muy alta. 

Marcelo no entendía cómo había hecho Valeria para subir hasta lo más alto de aquella palmera. Esto lo asustó mucho. La palmera era en realidad muy alta. Le pidió que se quedase quieta, que no hiciera el menor intento de bajar sola, que podría caerse. Valeria empezó a reír a carcajadas, burlándose de la angustia de Marcelo.      «Tranquilo chiquito bien… tranquilo… yo sé trepar árboles, mi niñito engreído, mi hijito de mamá»,  le decía, mientras un angustiado Marcelo pedía ayuda a los transeúntes para que llamaran a algún rescatista.

Valeria empezó a bajar de la palmera a pesar de los ruegos de Marcelo. Aquella palmera no era precisamente derecha, era muy arqueada y estaba al borde de un malecón empedrado de barandas color cemento. La copa daba hacia el lecho del río que corría detrás del malecón. Logró bajar sólo unos centímetros. Al pié de la palmera se aglomeró un grupo de curiosos que la observaban angustiados, y junto con Marcelo, le pedían a gritos que se quedase quieta y esperara a los rescatistas. Ella no hizo caso y en el siguiente movimiento perdió el equilibrio cayendo directamente sobre el lecho del río.

Presa de la desesperación, Marcelo corrió hacia las barandas del malecón para ver dónde había caído. El muro era muy alto y sólo se veía el río y los arbustos que poblaban uno de sus lechos. No había ni luz de ella. Cabía la posibilidad que hubiese caído al mismo río o a los arbustos. Empezó a correr en dirección contraria a la corriente, tratando de buscar un lugar para poder bajar y caminar a lo largo del lecho del río, ya que la altura desde donde estaba era mucha. Corrió como quinientos metros, al fin encontró unas barandas rotas y un enorme basural que le facilitaba el bajar hasta el río.

Marcelo seguía corriendo desesperado hasta el lugar donde cayó Valeria. Una vez ahí, comenzó a gritar su nombre otra vez mientras buscaba por entre los arbustos. No dejaba ni un solo metro cuadrado sin revisar. Fueron pasando los minutos y las horas, y ya se había alejado muchísimo del lugar en donde aproximadamente había caído Valeria. Había algunos tramos donde no había tierra para caminar y tuvo que mojarse hasta la cintura para seguir avanzando. A su paso encontró a unas personas lavando ropa y les preguntó si la habían visto; las señoras le dijeron que no y algunos niños le dijeron que sí, que una señorita muy bonita había pasado nadando. Las madres de los niños rieron y le dijeron que no les hiciera caso, que los niños eran muy fantasiosos. Marcelo les quiso creer y siguió caminado río abajo.

Habían ya pasado algunas horas, eran aproximadamente las seis de la tarde y Marcelo empezaba a cansarse, pero no perdía la esperanza de encontrarla.

Al fin oscureció, y con la luz de la luna llena siguió caminando y gritando el nombre de Valeria y así seguiría hasta lo que le permitieran las piernas. No estaba dispuesto a perderla de ninguna manera. Eso lo tenía muy claro.


MAURICIO ROZAS VALZ