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miércoles, 14 de noviembre de 2012

CAIFÁS





A Eleonora siempre le gustaron los animales. Desde niña tuvo toda clase de mascotas, la mayor parte adoptadas, e impuestas a voluntad ante la negativa de sus padres, quienes más de una vez botaron sus variados y a veces extraños animales. Tuvo perros, gatos, ratones, loros, tortugas, conejos, gallinas, una iguana, dos tarántulas,  e incluso un mediano acuario con pirañas.

Su amor por los animales fue tan intenso, que más de una vez también tuvo problemas con sus esporádicos novios y pretendientes, quienes lograban molestarse de tanto sentirse postergados por el tiempo y el amor que dedicaba al cuidado de sus mascotas.

Llegó a tener una posición económica bastante buena, sin llegar a ser millonaria. Su amor por los animales hizo que se convirtiera en una de las veterinarias más prestigiosas de la ciudad. Y como no se casó ni tuvo hijos, a sus treinta y siete años, invirtió casi todo su dinero ahorrado en construir un gran albergue para animales abandonados y contrató personal especializado en buscar y rescatar animales maltratados.

Una mañana, cuando llegaba temprano a trabajar en su albergue, encontró en la puerta una pequeña caja de cartón. Esto no le llamó la atención, era una modalidad muy común de abandono de mascotas. Abrió la caja, y en ella había un animal muy pequeño que de primera intención parecía un gato recién nacido, al que le puso de nombre Caifás. Era albino, no tenía vellosidades, los ojos también albinos y semi cerrados. Curiosamente, tenía dos filas de dientes muy filudos para ser recién nacido y sus llantos no parecían precisamente maullidos; pero eso no importaba, luego se estudiaría y verificaría la especie, lo importante, por principio, era no discriminar ni negar asilo a ninguna especie de animal en abandono.

Se tuvo que adaptar un ambiente especial para Caifás en el albergue, ya que su piel era muy delicada, y al mínimo contacto con el sol se le hacían llagas sangrantes y sus quejidos, que eran una combinación de maullidos con carcajadas de hiena eran desgarradores. No aceptaba la comida para gato que se le daba, tampoco leche, sólo tomaba agua y empezó a perder mucho peso. A Eleonora se le ocurrió darle deshechos de pescado que le donaban de un mercado cercano. Aquella carne le encantó,  y en pocos minutos se había devorado toda la carga que debía distribuirse entre las demás mascotas.

Sólo recibía comida de manos de Eleonora, no se dejaba tocar por nadie más. Cuando ella llegaba, los quejidos de Caifás eran ensordecedores y desgarradores, movía frenéticamente su pequeño y lampiño rabo y se lanzaba a sus brazos causándole heridas y arañones con sus filudos dientes y sus garras. Su aspecto y su suerte de maullidos eran particularmente desagradables para los empleados del albergue, también por esa razón, se hizo totalmente dependiente de Eleonora. Nadie más lo quería.  Empezaba también a fastidiar la cantidad de comida que requería, y que si no le era suministrada… la exigía con sus llantos ensordecedores hasta ser complacido.

En sólo dos meses, Caifás llegó a pesar cincuenta kilos y su demanda de alimentos empezaba a preocupar a Eleonora, ya que tenía que comprar siempre cargas adicionales para los demás animales. En una oportunidad, Eleonora tuvo que viajar por una semana a una convención de veterinarios en la que ella era la principal expositora. Antes de viajar, dejó todo ordenado para que no faltase alimento para ninguno de los animales del albergue, incluido Caifás.

Eleonora no tomó en cuenta, que Caifás no interactuaba con nadie que no sea ella, y que además tampoco era querido por ningún empleado del albergue. En efecto, estando Eleonora de viaje, los empleados decidieron complacer los celos mezquinos y la envidia que sentían por Caifás, negándole el alimento que requería y sellando su oscuro recinto para no escuchar sus quejidos. Un día de por medio, echaban en su comedero la mitad de la ración que usualmente requería.

La noche anterior al viaje de regreso de Eleonora, siendo las tres de la madrugada, ésta fue despertada por una llamada telefónica. Se trataba del vigilante del albergue, quien le informaba que hacía solo unos minutos, Caifás había escapado destrozando la puerta de su recinto, y que se había devorado tres perros muy grandes, y que sin que nadie lo tenga que forzar, luego de esto, había regresado obedientemente a su espacio. Esto preocupó y enfureció como nunca a Eleonora, y decidió, con el dolor de su corazón, no bien llegara, ordenar el sacrificio de Caifás.

En la tarde del día siguiente, Eleonora regresó a ciudad, y apenas aterrizó, fue de frente a su albergue a ver qué había pasado. Caifás, como siempre, empezó a mover su pequeño rabo y a maullar y se lanzó a los brazos de Eleonora. Ella verificó que estaba algo delgado, hizo un inventario de la comida que dejó y descubrió que Caifás había sido maltratado por sus empleados negándole su alimento. Inmediatamente despidió a los empleados y contrató a nuevos, pero entendió también, que nadie que no sea ella, podría querer y cuidar a Caifás. Entonces decidió llevarlo a su casa.

Eran aproximadamente las doce del día de un caluroso y soleado día verano, cuando Eleonora, cómodamente echada en su cama, se disponía a bajar la temperatura del aire acondicionado que se encontraba en lo que fue la ventana de su dormitorio que había sido tapiada como todas las demás ventanas de su casa,  mientras escuchaba un disco de Bach en su estéreo. Habían pasado seis meses desde que se llevó Caifás a su casa. Prendía la tenue luz de su lámpara para poder ver los mandos de los controles remotos, en tanto acariciaba la cabeza de Caifás,  quien se encontraba dormitando del otro lado de su enorme cama King Size,  mientras lamía las incontables cicatrices de los brazos de Eleonora y disfrutaba la música de Bach que le encantaba.

MAURICIO ROZAS VALZ

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