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martes, 6 de noviembre de 2012

EL RODABOLAS DE QUEQUEÑA







Bárbara nunca me quiso. Le gusté. Le gustaba, creo. Pero nunca me quiso… ni siquiera un poquito. No lo menciono con pena por mí, para nada. Simplemente fue así. Ahora que lo pienso bien, creo que yo tampoco la quise mucho, pero sí algo, y ese ‘algo’ marcó una gran diferencia.

Siempre nos encontrábamos en el Rodabolas los domingos por la tarde. Yo llegaba puntual y con entusiasmo. Ver su motocicleta encadenada al sauce del atrio de la iglesia era señal de que me esperaba (nunca quiso que la recoja ni que la lleve a su casa, lo cual no dejaba de llamarme la atención pero tampoco me preocupaba mucho). Ella estaba siempre ahí, puntual. Su expresión al verme no era la de una chica enamorada, ni siquiera ilusionada. Era una leve sonrisa cómplice… pero nada más. Sin mayor preámbulo y muy pocas palabras empezaban los besos y las caricias. Larguísimos besos, luego de los cuales subíamos caminando por el Rodabolas. Caminábamos juntos pero no de la mano. Hablábamos muy poco, lo estrictamente necesario para no parecer un par de autistas y luego de subir algunos niveles volvíamos a besarnos y acariciarnos. Algunos niños campesinos de la zona ya nos conocían y nos llamaban: ‘los chascosos locos’. Yo los saludaba sonriente, ella ni los miraba, para ella no había nadie más allí (es más, creo que con las justas estaba yo… con las justas, quizás ni eso).

De su entusiasmo, estado de ánimo y de sus mayores o menores ganas de besarme, dependía la cantidad de niveles que subíamos por el Rodabolas. La intensidad y duración de los besos dependían del nivel al que llegábamos. Fue sólo una vez que llegamos a la cúspide y tuvimos sexo sobre la hierba… sólo una vez. Yo pensé que ese acontecimiento cambiaría en adelante nuestro sui generis vínculo (porque a eso no podía llamársele una relación, simplemente no lo fue, ni formal ni paralela ni clandestina. Simplemente no fue una relación).

Pensé que quizás ella empezaría a sentir algo distinto, algo siquiera parecido al amor, pero no. Al siguiente domingo volvimos a encontrarnos a la misma hora y en el mismo lugar… y su mirada fue la misma, las breves palabras de siempre y el apuro por empezar a besarme para no perder tiempo y poder marcharse a la hora acostumbrada.

Ambos éramos muy jóvenes. Ella no tenía novio ni yo novia. No había diferencia de estratos sociales ni nada que pudiera constituirse como un impedimento real para tener una relación, sin embargo ese tema nunca se tocó. Cuando se cruzaba conmigo por la calle me saludaba como quien saluda a un vecino. Todo eso me fue cansando y un domingo de tantos decidí no ir nunca más al Rodabolas. Sencillamente nunca más regresé por ahí. No estaba ni despechado ni herido, simplemente me cansé, me aburrí, dejó de gustarme ese ritual.

Pasaron poco más de veinte años, y una tarde me encontré con un buen amigo mío con el que Bárbara se casó algunos años después de la última vez que nos vimos. No sé si supo algo de lo que pasó conmigo, en todo caso no me lo preguntó, y luego de un par de cafés le pregunté por ella. Me contó que hacía ya algunos años se había divorciado, que no entendía cómo pudo aguantar tantos años a su lado, que no le gustaba salir ni viajar con él, que sólo le gustaba ir a un Rodabolas los domingos por la tarde, que nunca quiso tener hijos con él, que nunca tuvo un solo detalle ni alguna gracia para con él, que sentía que ella no lo quería, es más, que nunca lo quiso.


MAURICIO ROZAS VALZ

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