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viernes, 15 de junio de 2012

PICHANGUITA



Frank Bustamante creció en un barrio de clase media alta. Su padre era un conocido médico que también ejercía la cátedra y su madre era enfermera. Estudió en uno de los colegios para varones más caros y tradicionales de la ciudad y su infancia transcurrió de manera normal, como la de cualquier muchacho de su edad y estrato social. Nunca fue un alumno brillante, pero tampoco fue de los últimos del salón. Pero sí hubo algo en lo que logró destacar sobre el resto de sus compañeros, y fue su habilidad innata para pelear. Cada vez que  -como es frecuente en colegios de hombres-  se daba la ocasión de intercambiar golpes, él siempre salía ganando y se ganó el respeto de todos sus compañeros.

Esa habilidad innata para pelear se fue sofisticando con el tiempo, al punto que, cuando entro en la adolescencia, cruzó la línea de lo normal y se convirtió en el típico matón de esquina. No obstante, los chicos del barrio lo apreciaban y nunca dejaban de convocarlo para los partidos de fútbol (conocidos también como ‘pichanguitas’) que los días sábado por la tarde se llevaban a cabo en la canchita del barrio. Estos partidos solían terminar en grandes peleas masivas en las que siempre, el equipo para el que jugaba Frank salía ganando.

Dentro del grupo de chicos del barrio que jugaban fútbol con Frank, estaba Guillermo Luján, quien era tres años mayor que él y vivía a una cuadra de su casa. A veces jugaban para el mismo equipo y otras veces en el equipo contrario, pero nunca se llevaron mal ni tuvieron que pelearse.

Frank y Guillermo compartieron juegos de fútbol, mataperradas, coqueteos con muchachas y todo cuanto toca vivir en la adolescencia durante largos tres años. Cuando Guillermo salió del colegio y cumplió diecinueve, se fue a la capital e ingresó a la escuela de oficiales del ejército. Luego de eso llegó una vez más al barrio para despedirse de los muchachos antes de internarse y, a partir de esa día, sólo se verían durante los breves días de las fiestas de fin de año.

Guillermo Luján, destinaba siempre uno de esos  -pocos-  días de descanso para jugar una pichanguita con sus amigos del barrio y recordar viejos tiempos. Frank tampoco dejaba de asistir y aquellas pichanguitas solían terminar en grandes borracheras. Frank y Guillermo siempre se llevaron bien, nunca fueron confidentes ni grandes y mejores amigos, pero se apreciaban y respetaban.

Pasaron dos años y Frank también terminó también el colegio con dieciocho cumplidos. Ingresó a la universidad para seguir la carrera de sociología… y es ahí que cambiaría radicalmente su historia en forma irreversible y trágica.

Cursaba el segundo año de facultad, y un viernes de octubre no llegó a dormir a casa. Sus padres imaginaron que se había emborrachado por ahí y que aparecería al día siguiente. Llegó el sábado y no aparecía. Su madre entró a su dormitorio en busca de algún número telefónico que diera alguna pista y, en el velador, bajo la lámpara, encontró una carta manuscrita que decía:

Queridos papá, mamá y hermana
Espero algún día lleguen a perdonarme por el inmenso dolor que les causo, pero quiero que traten de comprenderme: el deber por una patria justa me llama.
En estos meses en la universidad, he descubierto que existía un mundo mucho más complejo y extenso que está más allá de la burbuja de cristal en que ustedes  -con mucho amor-  me hicieron vivir.
El dolor del hambre y la pobreza de mis compatriotas, me obliga a asumir una actitud responsable ante la historia de mi país, y exige de mí un compromiso mayor a un discurso. Las cosas no pueden seguir como están.
La única manera que hará posible que vivamos en un país con más justicia social, es la revolución, la lucha armada, la guerra popular. Marx tenía razón: ‘La violencia es la partera de la historia’ y me uniré al ejército de liberación.
Pero no se preocupen, sobreviviré y me verán entrar a la ciudad triunfante con mis valientes combatientes y esté será un país diferente y ustedes estarán orgullosos de mi.
 Los quiero
Frank


Pasaron dos años y nunca nadie supo más de Frank, ni siquiera sus padres, quienes no contaron a nadie lo de la carta por la vergüenza y el dolor que les causaba el incierto destino de su único hijo varón. Ante las preguntas de vecinos, amigos y familiares, la respuesta era siempre la misma: ‘Se fue a estudiar a España y no tuvo tiempo de despedirse, todo fue muy rápido’.

Luego de aproximadamente un año, empezaron a llegar las noticias en los diarios con el nombre de Frank y no pudieron ocultar más tiempo la historia. Noticias en diarios y TV como: Se busca: Frank Ramiro Bustamante Quiroz, Alias ‘camarada Rafael’ o ‘el chino’…  con la foto de Frank del registro electoral, eran cosa de todos los días, y sus sufridos padres decidieron no volver a hablar del tema, no sólo ante terceros, sino en la propia casa. Su padre, en un último discurso en una cena, pidió por el alma de su hijo muerto y pidió a Dios que se apiade de su alma y asunto terminado. No se volvería a pronunciar su nombre.

Fueron pasando los meses y las noticias que llegaban de Frank eran cada vez peores, se había convertido en el principal mando militar de ese grupo terrorista en la sierra norte del país. Las noticias sobre las masacres y ajusticiamientos masivos en los pueblos por donde pasaba eran cosa de todas las semanas. La crueldad con la que actuaba Frank con cuanto desafortunado campesino se cruzaba en su camino no tenía límites. Los muertos que se atribuía a la columna que tenía a su mando eran incuantificables, se sumaban por cientos.

Todo esto deprimió mucho a sus padres, quienes tuvieron que enviar a su hija a Buenos Aires a casa de unos parientes para que pueda terminar la secundaria sin que nadie la hostilice y sin pasar humillaciones. Decidieron también regalar los dos televisores que había en casa y no volver a abrir un solo periódico. No podían creer que su hijo, no sólo se había convertido en un terrorista, sino que era uno de los mandos más temidos por su extrema crueldad.

Pasaron algunos años, y de pronto la madre de Frank recibió una llamada. Era la policía, le informaban que su hijo había caído abatido a manos del ejército en una emboscada durante un sangriento combate en la sierra norte del país. Su madre arrancó en llantos, el padre trataba de consolarla diciéndole que eso era lo mejor que les podía pasar, que él prefería ver a su hijo muerto que esposado y preso por criminal. La madre no decía nada, sólo lloraba. No paraba de llorar.

Al día siguiente llegaron en un vuelo a la capital donde el cuerpo de su hijo les sería entregado. Su padre no pudo resistir la tentación de averiguar cómo se habían dado los hechos sobre la muerte de su hijo. Le dijeron que esa era información reservada, que de ninguna manera podrían darle mayores alcances sobre lo sucedido. Él se negó a quedarse con la duda y llamó al esposo de una prima lejana que era coronel del ejército y le pidió por favor que le deje saber cómo habían sido las cosas.

Aquel coronel lo citó al día siguiente a su oficina a las 10.00 am. Llegó puntual, el coronel le dio el pésame y le hizo tomar asiento. Luego se acercó a él, le tomó el hombro derecho y le dijo: Ramiro, lo hago porque también soy padre y me pongo en tus zapatos, pero antes debes darme tu palabra de hombre que esto quedará acá, que ni siquiera lo comentarás con tu esposa ¿está bien? – Está bien, respondió el padre de Frank. El coronel sacó un folder de su archivo, lo abrió y lo puso en su escritorio al frente del padre de Frank. El informe decía lo siguiente:

Jueves, 19 de setiembre de 1990.
El día de hoy, aproximadamente a las 5.30 de la mañana, se llevó a cabo con éxito el ‘plan chifa’ que fuera debidamente planificado gracias a reportes de inteligencia que nos informaron que a esa hora, la principal columna de la sierra norte, pasaría por el pequeño valle rumbo a la selva en plan de huída por haberse enterado de que habían sido ubicados.
Toda la operación duró aproximadamente veinte minutos. En el fuego cruzado cayó el cabecilla, conocido con los apelativos de ‘camarada Rafael’ o ‘el chino’ junto con otros trece subversivos. De los nuestros, falleció el cabo Cruz de un balazo en el estómago. Finalmente se rindieron dos  -que los hemos traído-  y lograron fugar aproximadamente seis o siete.
El ‘plan chifa’ fue cumplido con éxito
Léase, infórmese y archívese
Atentamente
Guillermo Luján Martínez – Capitán de infantería, EP.


MAURICIO ROZAS VALZ


 





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