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miércoles, 6 de junio de 2012

BINGO II



A pesar de los frecuentes  -y al parecer, interminables-  desaciertos y frustraciones de Tarik con el juego y las cábalas, no pudo cambiar sus viejos hábitos y timberos ni sus supersticiones. Conservaba su costumbre de sumar los números telefónicos que tenía que marcar durante el día, más los números de casas de las direcciones que visitaba más las fechas… y en base a eso compraba sus rifas y hacía sus apuestas en el hipódromo. Total, nunca había perdido demasiado como para quedar en la miseria, ni había ganado mucho como para hacerse rico y, sobre todo, se había acostumbrado a eso desde niño.

Una tarde de domingo de Agosto, saliendo del hipódromo, y luego de perder algún dinero, se fue al café de siempre a ver si se encontraba con alguno de sus amigos para conversar un rato y apurar el tiempo para que el día termine al fin. Odiaba los domingos de invierno por la tarde. Siempre los odió. Siempre.

Fue un domingo particularmente frío y sólo encontró a Luana –con quien no tenía mucha confianza- sentada  en una mesa, pero al menos se saludaban y solían cruzar algunas palabras y además siempre le había gustado. Le pareció una buena ocasión para acortar la distancia y se sentó en su mesa. Le comentó lo sucedido en el hipódromo y decidió sin meditarlo abrirse un poco con ella. Le comentó también que nunca le habían gustado los domingos por la tarde ni el cielo nublado. Ella le comentó que le daba lo mismo, que incluso a veces le parecía bonito el cielo gris. Él le propuso beber unos vinos y ella aceptó.

Terminaban la quinta copa, y él le propuso comprar una botella de vino e ir caminando hacia la costanera para sentarse en una banca a ver y oír el mar mientras seguían conversando. Ella aceptó, pagaron la cuenta y salieron caminando rumbo a la costanera, se detuvieron en un supermercado que había en el camino, compraron el vino, dos vasos de plástico y continuaron camino hacia las escaleras que conducían hasta el circuito de playas.

Llegaron algo cansados, eran aproximadamente las cinco de la tarde, y les quedaba al menos una hora y unos minutos para ver el atardecer nubloso de la playa fría antes que anochezca.

Conversaron de todo, mientras ella no paraba de fumar mientras bebía el vino. Ambos miraban el mar y a los surfistas, quienes  empezaban a salir del agua y a guardar sus equipos y marcharse. El efecto de la luz de los autos, más la de los postes de la avenida costanera con el cielo y el mar, daban un aspecto muy triste –al menos para él-  a todo el paisaje y al momento en sí.

Ya quedaba muy poco del vino, y Tarik pidió a Luana que lo mire a los ojos, ella volteó y lo miró fijamente, él la quiso besar y ella lo esquivó. Pero, como para que no se moleste, lo abrazó y posó su cabeza en su hombro derecho. Él asintió y acarició su larga cabellera. Mientras permanecían en esa posición, ella jugaba con una pequeña placa de hombro que llevaba en el cuello con una cadena. A él le dio curiosidad e intentó tomar la placa para verla. Ella se lo impidió, él insistió en verla, le pidió que por favor le dejara verla. A regañadientes, ella aceptó. La placa tenía grabado en un lado el nombre de ‘Ángel’ y en el otro la fecha: 08-12-2004. Como era de esperarse, le preguntó quién era Ángel y qué relación guardaba con esa fecha. Ella le dijo que Ángel era su ex novio, a quien aún amaba y estaba segura que nunca olvidaría, y que la fecha correspondía a su cumpleaños número 26; y que ese había sido el regalo que él le hizo ese mismo día.

Tarik no pudo disimular su desencanto al oír ese relato, se reprochaba a sí mismo por haber hecho esa pregunta, sabiendo en el fondo que la respuesta sería penosa para él. Le dijo que ya era algo tarde y era peligroso caminar por allí en la noche. Ella se paró e iniciaron el camino de regreso. Durante todo el trayecto no cruzaron palabra. Llegaron a la puerta de la casa de Luana, y ella le preguntó por qué estaba tan callado. Él le respondió que por nada, que estaba preocupado por algunos asuntos que tendría que resolver al día siguiente. Ella lo miró con gesto de ‘no te creo’ se dieron un beso en la mejilla y se despidieron.

Mientras Tarik caminaba rumbo a su casa, volvía a su rutina mental de sumar los números y de asociarlos con cábalas. Sumo los números de la fecha de la placa, y daban 17; 1 + 7 = 8, luego sumó los años que cumpliera en esa fecha Luana, es decir: 26; 2 + 6 = 8. Es decir, 8, el mismo número por el que compró el timón de barco con ocho radios para su ventana redonda por donde se metieron los 8 gatos que le destrozaron su ático aquella vez. Definitivamente no era su número de suerte. Ya no le quedaban dudas de eso.

MAURICIO ROZAS VALZ


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