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domingo, 28 de octubre de 2012

VELVET MORNINGS








Estoy en la sala de esa vieja casa de pisos de madera crujiente. Es una soleada mañana de sábado; tengo seis o siete años (no lo recuerdo bien). Ella riega sus plantas con entusiasmo, con esmero, con amor. Entonces termina de sonar el disco de 45 que puso hace unos minutos. Yo la observo, disfruto ese momento (como todos los momentos en que le da por escuchar su interminable colección de discos). Ella saca uno nuevo de su sobre, lo sopla y lo limpia con la manga de su saco, los ojos le brillan, le brilla todo el rostro. Entonces baja la aguja y empieza esa canción, sí, esa, Velvet Mornings de Demis Roussos. Empieza a tararearla y a bailar sola. Yo la sigo observando y tarareo con ella, entonces se acerca y me abraza con ternura y me aferro a su cintura… bailamos. Ella está feliz, yo también. De aquel momento han pasado cuarenta años, esa casa ya no existe y aquel disco tampoco; pero ella aún existe (felizmente) y aquella canción también; ahora la escucho y me sigue gustando, pero ya no me alegra, ha pasado demasiado tiempo y me produce una tristeza infinita.

MAURICIO ROZAS VALZ

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