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lunes, 9 de abril de 2012

BOTAS



Raúl conoció a Viridiana una noche de un martes. Ambos eran cinéfilos, y tenían la costumbre de ver al menos dos películas los días martes por la noche porque era a mitad de precio.

Uno de esos tantos martes, Raúl fue solo al cine a ver una película francesa. Las películas sórdidas y surrealistas eran sus favoritas. A Viridiana más bien le gustaban las películas hollywoodenses taquilleras, si románticas aún más. Pero el destino había decretado que esa noche tenían que conocerse.
A Viridiana la había plantado un novio del que estaba muy enamorada...  justamente por eso, porque siempre la plantaba y la trataba con displicencia y desconsideración. Aquel tipo la hacía sufrir mucho, sin llegar a ser abusivo (nunca le puso un dedo encima, ni la insultó, ni siquiera le levantó nunca la voz, pero siempre se las ingenió para hacerla sentir poco importante. Era inteligentemente cruel aquel tipo).

Pues esa misma noche, justamente cuando Viridiana se encontraba sentada en las escaleras del hall del cine, con dos potes de canchita en las manos y a punto de llorar… se acercó Raúl a preguntarle qué le sucedía. Ella le contó brevemente que la habían plantado. Raúl le sugirió entrar con él a ver la película que él había escogido. Ella aceptó y botó con furia su entrada a la basura. Se dijeron sus respectivos nombres y entraron a ver la película sórdida que Raúl había elegido. Ambos estaban incómodos por la poca confianza que aún se tenían, pero eso no fue problema. Finalmente se relajaron y disfrutaron la película hasta el final.

Al salir, Raúl propuso a Viridiana ir por unos vinos a un bar cercano a conversar y comentar la película, de paso que se conocían mejor. Viridiana aceptó (muy en el fondo anhelaba vengarse de aquel novio que siempre la hacía llorar).
Llegaron al bar caminando de prisa, y tratando en lo posible de no mojarse con la llovizna y los salpicones que producían los autos al pisar los charcos; era pleno invierno. El nombre de aquel bar era: “El Buen Amigo”, y era el favorito de muchos bohemios; pero siendo día martes, no les fue difícil encontrar lugar en el área de fumadores (ambos fumaban mucho).
Pidieron la primera botella de vino y… copas van, copas vienen… entraron en confianza con mucha facilidad. Hablaban y reían sin parar. Fue ahí donde ella le contó las maldades de su novio, su pasión por el cine, y etc. Él también le contó de sus aventuras y desventuras y su amor por el cine europeo. Había mucha química entre ellos y además mucha sed de caricias y de afecto que facilitaron las cosas; en tanto las botellas de vino iban y venían, junto con las cajetillas de cigarrillos vacías que no tardaban en reponerse. Así fueron pasando las horas, hasta que dieron las tres de la madrugada y los botaron de aquel bar, ya muy ebrios.

Raúl propuso a Viridiana ir a otro lugar donde puedan estar solos. Ella aceptó sin vacilar. Tomaron un taxi, y él le pidió al conductor que los lleve a un famoso motel de nombre: “El Reposo del Guerrero”, al que llegaron en pocos minutos.

Pese a su embriaguez, no bien entraron en la habitación, se devoraron a besos, mientras torpemente trataban de desvestirse tropezándose con su propia ropa. Lo más complicado para Raúl, fueron las botas de Viridiana. Toda la ropa de Viridiana se encontraba atascada a la altura de sus rodillas, justamente donde llegaban sus botas. Raúl la tomaba del abdomen, mientras ella enganchaba los talones en la puerta del baño… y nada. Él se sentaba en la cama jalando y ella se hacía para atrás y nada, así estuvieron como veinte minutos hasta que al fin las malditas botas salieron. Fueron a parar al piso como tres veces antes de llegar a la cama. Al fin llegaron a subirse a la cama y dieron rienda suelta a todas sus ansias reprimidas; descargaron todas sus frustraciones y desamores como si el mundo se fuese a acabar hasta quedar profundamente dormidos.

A la mañana siguiente, muy temprano, Raúl despertó con Viridiana durmiendo a su lado. La noche había sido muy movida. La cabeza de Viridiana estaba a los pies de la cama, y su pie derecho apoyado en el pecho de Raúl. Fue ahí donde lamentablemente cambió la historia. Una historia que parecía por ratos que podría tener para mucho más, y que hasta una novela podría hacerse de ella. Pero lamentablemente sólo dio para un breve y modesto cuento. Los pies de Viridiana eran sencillamente espantosos. Parecían unos blanquísimos tamales arequipeños gigantes. A simple vista parecían medir veinticinco centímetros por cada uno de sus cuatro lados, eran perfectamente cuadrados y los cinco dedos eran igual de gordos, aparte de las callosidades que los rodeaban y les daban la forma de un zodiak a escala. 

Raúl retiró el pie de Viridiana de su pecho con gesto de desagrado y delicadeza, no quería despertarla. Se vistió sin hacer ruido. Tapó a Viridiana para que no le de frío y se fue en silencio con la cabeza gacha y el firme propósito de no volver a verla nunca más.

MAURICIO ROZAS VALZ

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