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miércoles, 27 de marzo de 2013

TAKE IT ON THE RUN







Tenía quince años, y disfrutaba de las pocas horas -ó días-  que me quedaban de niño. Mi adolescencia ya había anunciado su inminente llegada algunos meses atrás, en el verano, cuando por primera vez me había enamorado perdida y platónicamente. Su nombre era Sandra, pero sus amigos le llamaban cariñosamente 'Sandy'. Ella era ligeramente mayor que yo, me llevaba sólo unos meses, los suficientes  -dada nuestras edades-  para hacerla inalcanzable para mí. Ella era toda una mujer, al menos así la veía yo, tenía todos los requisitos para serlo. En cambio yo, podía contar mi incipiente vello púbico con facilidad y hasta la voz la tenía de niño.

Serían aproximadamente las cuatro de la tarde de un soleado sábado y me encontraba en el garaje de la casa de mi amigo Alonso, ayudándolo a lavar el auto de su padre, quien le prometió prestárselo durante una hora si lo dejaba impecable. En lo que me encontraba pasando con fuerza una franela por la maletera del auto, oímos a los lejos una melodía que se iba acercando por la calle poco a poco. La música se escuchaba a todo volumen  -recién se ponían de moda los auto-radios Pioneer –  y ambos nos asomamos a la reja del garaje a ver de quién se trataba. Era una camioneta pick up marca Ford. La manejaba el hermano mayor de Sandy y, en la tolva, iba un grupo de aproximadamente diez chicas, entre las que se encontraba Sandy… radiante, lindísima, ondeando su larga cabellera castaña que brillaba con la luz del sol del atardecer. La música que emanaba de los parlantes de la camioneta era: Take it on the run, de Reo Speedwagon (imposible olvidarlo).  Me empezaron a temblar la piernas y se me resecaron los labios. Alonso se percató y me dijo: ¡ahí está! ¡Mírala! Está lindísima.

La camioneta se detuvo justamente frente a nosotros. Allí vivía una amiga de Sandy, quien a su vez era muy amiga de Alonso. Él era un año y medio mayor que yo y algo más corrido. Siendo uno de mis más cercanos amigos, sabía positivamente que ella me gustaba, es más, no sólo sabía que me gustaba, sabía que me encantaba y que moría por ella. ¡Ya sé! Me dijo Alonso: -Kike (el hermano de Sandy) es mi amigo, me acercaré a pedirle que repita la canción de Reo Speedwagon y nos apuntamos… y ya que mi viejo me prestará el auto, le decimos que algunas chicas se pasen con nosotros y nos vamos a dar una vuelta, de paso que la conoces, ¿qué te parece?- Y bueno, acepté asintiendo con la cabeza, ya que el temblor de piernas no me pasaba, es más, se hacía más intenso.

En efecto, cruzamos y Alonso saludó a Kike y a las chicas. Le pidió que le preste un momento el casette y le propuso dar una vuelta con las chicas. Kike aceptó y Sandy fue la primera en bajar a saludar. Alonso me la presentó, ella me dio un beso en la mejilla y yo sentía que me ardía toda la cara y no atiné decir nada, sólo dije mi nombre balbuceante y me apresuré a abrirles la puerta del auto. Aquel auto era muy grande. En la parte posterior entraron cuatro chicas y adelante subió Sandy, quedando al medio entre Alonso y yo. Una vez todos sentados, coordinamos con Kike y fuimos primero a pasear por la campiña de la ciudad. Mientras paseábamos, fui poco a poco dejando la tembladera y entrando en confianza. Era la primera vez que vivía algo así, incluso me arriesgué a contar algunos chistes exponiéndome a un posible ridículo, pero felizmente eso no sucedió y, por el contrario, logré que todas rieran ganándome un espacio con cierta popularidad.

Empezaba a oscurecer y Alonso propuso ir a tomar helados a un local muy de moda por aquellos tiempos y que convocaba a la juventud precisamente los sábados por la tarde. Llegamos a aquel lugar y ocupamos la última mesa que daba hacia la calle. Sandy sacó de su bolsillo trasero un cigarrillo enclenque y algo aplastado y lo encendió. Todo iba muy bien, esperé a que Sandy se siente para –apurado- sentarme a su lado. No dejaba de mirarla y cada carcajada suya provocada por alguno de mis chistes era para mí la gloria.

Aquel local era para nosotros algo así como el Arnold’s drive in, de la serie Happy Days  (sólo que no estábamos en Wisconsin, sino en Arequipa), tan… pero tan parecido, que en eso llegó el miserable de Pietro, quien ya tenía dieciocho y venía a ser el Fonzie  en su Yamaha XT 250 con el escape suelto. Sandy se paró inmediatamente de la mesa y, sin mediar palabra, se fue corriendo hacia los brazos del miserable de Pietro. 

Alonso y las demás chicas se percataron de mi expresión. No pude disimular mi desencanto. Era la primera vez en mi –entonces-  corta vida que me apuñalaban de esa manera el corazón. Alonso pidió la cuenta, pagamos y nos fuimos. Las chicas decidieron quedarse. Íbamos camino a casa, cuando nos dimos cuenta de que Kike había dejado olvidado su casette de Reo Speedwagon en el auto de Alonso. Busqué Take it on the run,  puse volumen y sin decir palabra tomamos rumbo a mi casa.


MAURICIO ROZAS VALZ

2 comentarios:

  1. Malvado Pietro, malvados nervios, malvado amor platónico...

    Un brindis por eso Mau! ... Porque ya no están =)

    Anny

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