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miércoles, 27 de febrero de 2013

EL DESEMPLEADO







Una mañana de un lunes posterior a unas cortas vacaciones, recibe una carta de manos de un compañero con el rostro desencajado. La carta está redactada en formato preimpreso en el que solo se cambia el nombre. En ella, luego de algunas falsas y trilladas frases como: “Muchas gracias”, “lo sentimos, pero”, dice, como imaginarán: ESTÁ DESPEDIDO. De pronto las imágenes se tornan en blanco y negro, el piso tiembla y asoman algunas lágrimas como presagiando lo que se viene.

El camino a casa parece más corto de lo acostumbrado  y toda sonrisa ajena se torna envidiable. En un arranque de desesperación, llamará a sus amigos  mejor ubicados, y claro, como es de esperar, todos ellos le mandarán a decir a través de su secretaria que están en una “reunión” y que lo llamaran cuando se desocupen, es decir: nunca.

Al día siguiente y casi por reflejo se levantará temprano, saldrá de casa más elegante de lo acostumbrado, comprará el periódico y aplanará las calles en busca de su tabla de salvación.  

Al finalizar el día, no tendrá deseos de regresar a casa. El sólo imaginar la pregunta: ¿cómo te fue? Pondrá su piel de gallina. Y así pasarán días, semanas y meses. Los amigos desaparecerán como por arte de magia y posiblemente la novia o la esposa, si aún es joven y bella, pensará seriamente en la posibilidad de cambiarlo por otro.

Su nombre será pronunciado como en letras minúsculas y poco a poco sus ropas tomarán el brillo propio del desgaste. Los vecinos murmurarán: “pobre, ¿recuerdas que bien lucía?”

Y soñará casi obsesivamente con el SÍ de algún empleador, sólo comparable al SÍ de la primera novia de su adolescencia.



MAURICIO ROZAS VALZ

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