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miércoles, 3 de octubre de 2012

PUNTA ROCAS





Hace pocos días, dando una vuelta por la playa Punta Rocas y muy cerca del club, pasé por la que fue la casa de mi querida Mili. Todo está muy cambiado. Aquellos días, hacia finales de los ochentas, no había tantas casas ni edificios, por ende, tampoco había mucha gente. La casa estaba cambiada, pero conservaba su estilo. Puedo equivocarme, pero es muy probable que sus padres ya no existan, ya que por aquel tiempo, hace más de veinte años, ambos rascaban los setenta.

Mili era hija única, nació en Argentina y fue adoptada a los cuatro años de edad, suficiente para tener memoria del orfanatorio en que vivió sus primeros años. Ella recordaba claramente la casa grande y oscura donde dormía con muchas otras niñas, y recordaba llorando que las obligaban a bañarse muy temprano con agua muy fría. Toda su vida fue un drama.

Cuando recién empezó nuestro romance, Mili era muy alegre. Ella tenía dieciocho años y yo veintiuno. Duramos poco más de un verano juntos, fue en mil novecientos ochenta y ocho para ser más exacto. Fue un romance muy breve pero intenso. Yo en ese entonces trabajaba en un banco y existía el horario de verano.  Salía de trabajar el viernes a las dos y media de la tarde, y me iba corriendo al “paradero de las moscas” y subía al primer bus que viajase de Arequipa a Lima. Por lo general salía a las cuatro de la tarde, y aproximadamente a las nueve de la mañana del sábado me bajaba en Punta Rocas. Algunas veces, ella me esperaba con el auto de su mamá en plena berma, sentada en una piedra con la cara apoyada en las manos en pose vallejiana. Se abría la puerta del bus, y no bien ponía un pie en el suelo se colgaba de mi cuello. Otras veces llegaba más temprano y tenía que caminar cerro abajo hasta su casa.

Nuestra ruptura no fue muy dramática, la distancia, terminado el verano, se devoró la pasión, pero nunca peleamos ni dejamos de ser amigos. Siempre que llegaba a Arequipa a visitar a sus tíos me llamaba, pero poco a poco todo se fue enfriando hasta que la comunicación se cortó del todo. Cinco años después, ya cuando ingratamente se había borrado de mi mente, me fue a buscar a mi oficina en el banco. Me sorprendió mucho, me emocionó  el verla, nos abrazamos muy fuerte y me invitó a cenar esa noche, pero yo tuve que ser sincero y contarle que tenía novia. Me llamó la atención que pasado tanto tiempo esa noticia le arrancara algunas lágrimas, y me pidió por favor que no le niegue mis oídos, que había llegado a Arequipa expresamente para contarme algo que no la dejaba vivir en paz y le atormentaba la existencia, y que es más, no visitaría a sus tíos y estaba alojada en el hotel de turistas. No me dejó alternativa, acepté temeroso y tampoco quería problemas con la que entonces era mi novia, con la que no tenía ni dos meses y todo era felicidad.

Acudí a su encuentro muy intrigado, me preguntaba qué podría ser “eso”  tan urgente que quería contarme, qué cosa tan especial podría llevar a una persona a hacer un viaje para buscar a una persona que no veía hace cinco años, pero bueno. Al fin llegué a la recepción del hotel y pregunté por ella. Me dijeron que me esperaba en el bar. En efecto, allí estaba. Bebimos dos cafés y luego unos pisco sours. No aguanté más y le pregunté qué pasaba, que cosa era esa que quería contarme con tanta ansiedad y que le amargaba la vida. Me contó con preámbulos y titubeante algo terrible, trataba de calmarla acariciándole el pelo y la llevé a caminar por los jardines, ya los mozos nos miraban confundidos. Nos sentamos en una banca mientras lloraba desconsolada en mi hombro izquierdo. Resulta que su padre adoptivo había abusado sexualmente de ella desde los doce, durante muchos años. Yo nunca lo sospeché, y en aquel entonces, a pesar que ya no era un niño, no tenía ni idea que esas cosas podrían ocurrir. Estúpidamente le reclamé por no habérmelo contado antes, luego comprendí mi estupidez y no le hice más preguntas. Esperé a que se calme un poco, no dije una palabra, le invité un cigarrillo y la llevé del brazo a caminar por los jardines. Yo estaba estupefacto, en schock, no atinaba más que a caminar y fumar. Luego empezó a hablar nuevamente, me contó que también quería contarme personalmente que se iba en dos semanas a Suiza, pero a vivir, que era parte de su plan de recuperación.

En mi mente, en ese momento, sólo estaba la expresión de felicidad del viejo malnacido cuando le llevaba anisado y chocolates, el odio y la sed de venganza me subían como torrente caliente de los pies al cerebro. Y también, la imagen de la sonrisa en el rostro de Mili, iluminada con la luz tenue del atardecer corriendo hacia mis brazos, se transformaba de pronto en expresión de llanto inconsolable y dolor de muerte.

Luego se calmó, me dijo que eso no la sabía nadie, que desconfiaba hasta de los psicólogos, pero que no quería irse para siempre sin contármelo. Me agradeció, según ella, por quitarle un peso de encima, y que se iría más tranquila en busca de algo de paz, de la paz que siempre, desde que nació, le fue esquiva.

Hace catorce años, lo recuerdo perfectamente porque mi padre agonizaba, me llegó una carta desde Suiza. En ella me decía que se había enterado por equis persona que mi padre estaba muy mal, y que no lo tome a mal, pero lo único que podía hacer a tanta distancia era enviarme algún dinero, y que justamente consciente de mi soberbia, era que no había puesto su dirección ni su teléfono en el remitente para que no lo devuelva. Era un giro sobre Nueva York por quinientos dólares. Confieso que en ese momento lloré a lágrima viva, era la combinación de su gesto de nobleza con la certeza de la inminente muerte de papá. Luego de eso volvió a desaparecer por años.

Hace más o menos seis años, un sábado de enero al mediodía, pasé caminando con un amigo justamente por su casa de Punta Rocas, en eso escucho una voz que grita desde la playa mi nombre, yo no sabía quién podía ser, no reconocía a aquella mujer obesa que me hacía adioses como a treinta metros de distancia y me acerqué, y sí, era Mili, me quedé impresionado, no había subido diez ni veinte kilos, por lo menos cuarenta, no podía ni caminar de la gordura, su rostro que era tan bello estaba desfigurado por una aureola de piel alrededor de la cara. Pero eso no fue lo peor, me abrazó amorosa como siempre, y empezó a hablar incoherencias y a preguntarme por gente que nunca conocí. No sabía que responderle, estaba totalmente ida y con la mirada extraviada. En eso apareció por la puerta de su casa una muchacha con uniforme doméstico que la llamó, y sin despedirse se fue caminando apurada a su casa.

Esa fue la última y triste vez que la vi. ¿Qué será de la vida de mi buena y sufrida amiga Mili? ¿Habrá encontrado quizá en su desvarío o locura la felicidad que siempre le fue esquiva?.  Espero que así sea.


MAURICIO ROZAS VALZ

sábado, 15 de septiembre de 2012

LA CUNA GRANDE





Subí por las escaleras. La casa era oscura y las paredes estaban un poco sucias. Había una sala de estar llena de muebles viejos, cubiertos todos por rumas de ropa. Pasé a tu dormitorio, tu cama era una cuna de madera color crema pero de tamaño adulto, muy grande para ser una cuna. Extrañamente eso no me llamó la atención, imagino porque inconscientemente aún te veo como a una niña. Me enseñaste mi cama, era de dos plazas y estaba frente a la tuya, cubierta con una manta a cuadros marrones. Tu cuna estaba paralela a la ventana que tenía cortinas guindas y estaban semi-cerradas. Entraba muy poca luz.

Recuerdo que desperté y ya no estabas, tu enorme cuna estaba perfectamente tendida con un cubrecama amarillo. Era muy temprano, recién amanecía. Estaba angustiado. Bajé desesperado a buscarte al primer piso, abrí todas las puertas, te busqué por toda la casa y no te encontré. Salí a la puerta de la casa ya resignado, me senté en la batiente de la entrada y prendí un cigarrillo. Era una calle llena de árboles, muy bonita y el sol asomaba sus primeros rayos. Había una empleada barriendo un montón de hojas secas que había en la vereda. Era una mulata de mediana edad, muy gorda, llevaba puesto un uniforme también guinda como las cortinas de tu dormitorio y  delantal blanco. Le pregunté por ti, me dijo “Se ha marchado”. Le pregunté: “¿Regresará?”. “Sí señor, pero usted no la va a esperar – lo conozco bien”, me respondió.


MAURICIO ROZAS VALZ

jueves, 13 de septiembre de 2012

CONSUELO AMICAL






Martín se despidió de ella, luego de su último y frustrado intento por despertar aquel amor que creía que había muerto, pero que en realidad nunca nació. Caminaba triste y a paso muy lento por el malecón. Era pleno invierno y la niebla era muy densa. Estaba por llegar la noche. Martín encendió un cigarrillo. Intentaba aplacar el frío que recorría sus entrañas y calmar el temblor de todo su cuerpo. Se sentó en una banca, sacó su vieja libreta para intentar un último poema. Trataba de ver a través de la niebla la tenue luz de los postes que empezaban a encenderse,  y escuchaba el fuerte oleaje del mar estrellándose contra el acantilado.

Entonces, apareció su amigo Neruda, se sentó a su lado izquierdo y le dijo: Si no te oye desde lejos… y tu voz no le alcanza… deberá ser éste el último dolor que ella te causa, y deberán ser éstos los últimos versos que tú le escribes… Luego llegó Benedetti,  se sentó a su lado derecho y le dijo: Tu amor por ella fue desde siempre un niño muerto… es la verdad dura y sin sombra… es la verdad fácil, y qué pena… imaginaste que era un niño, y era tan solo un niño muerto… acaso cuando llegue un veintitrés de abril y abismo… vos donde estés llévale flores… que ella también irá contigo. Llegó luego el buen Sabines, quien se paró al frente suyo y le dijo: Pero Martín… ¿qué te sorprende? Si sabías bien que los amorosos jugamos a tatuar el humo… a coger el agua…a no irnos… Si tú sabes que nunca hemos de encontrar… que no encontramos... buscamos, y que el amor es la prórroga perpetua, que somos los que siempre, ¡qué bueno! Hemos de estar solos… y luego, cuando acabes tu cigarrillo, nos iremos cantando entre labios una canción no aprendida… y nos iremos llorando, llorando la hermosa vida. Luego llegó Gabriela, Pablo le cedió su asiento y ella se sentó a su lado. Martín la abrazó, y mientras lloraba en el hombro de Gabriela, ella le decía acariciándole la cabeza: Pero Martín, si tú sabías que amar es amargo ejercicio… que es mantener los párpados de lágrimas mojados... y refrescar de besos las trenzas del cilicio, conservando, bajo ellas, los ojos extasiados. Luego apareció Alfonsina, Mario le cedió el otro asiento, saludó a todos con besos. Tomó a Martín de la mano y le dijo: Ya deja esa historia, las cosas que mueren jamás resucitan, las cosas que mueren no tornan jamás ¡las flores tronchadas por el viento impío, se agotan por siempre, por siempre jamás!

Luego empezó a llover y se fueron todos, dejaron a Martín solo. Él se paró de la banca y continuó su camino. Encendió otro cigarrillo, y mientras caminaba, divisó a lo lejos la silueta de un hombre vestido de terno gris que estaba sentado en una banca, tenía el mentón apoyado en la mano derecha y las piernas cruzadas. Se fue acercando… y sí, era su amigo Vallejo, a quien se le veía muy triste. Entonces Martín le preguntó: ¿te sucede algo César? Y éste le respondió: Esta tarde llueve, llueve mucho ¡Y no tengo ganas de vivir, corazón!


MAURICIO ROZAS VALZ

martes, 4 de septiembre de 2012

VIEJO DE...






Cuan ofensiva e hiriente puede resultar la  palabra “VIEJO”, cuando se pronuncia a manera de insulto. Qué fácil nos resulta decir: VIEJO a una persona mayor cuando somos niños o adolescentes y vemos esa situación muy lejana, y no tomamos en cuenta lo rápido que pasa el tiempo.

Aún siendo jóvenes y estando relativamente lejos a la vejez, la primera vez que se refieren a nosotros con dicha palabra, sentimos un hierro caliente atravesándonos las entrañas… incluso si nos es dicha en tono de broma, sin mala intención... cariñosamente. Es en ese momento que deberíamos tomar consciencia de lo doloroso que debe resultar escucharla a alguien que realmente lo es y  ya no tiene referentes mayores con quien desquitarse diciéndole lo mismo.

Además ¡Qué absurdo! ¿Acaso no deseamos todos vivir lo más que se pueda? Independientemente de lo feliz o desdichada que sea nuestra vida, lo que menos deseamos es la muerte  (y el que diga que no teme a la muerte ¡Miente! Aun el suicida teme a la muerte).

Entonces, si tenemos la suerte de no morir jóvenes… necesariamente llegaremos a viejos y no nos gustara que nos lo recuerden a cada rato, y  menos a manera de insulto. Ya bastante tendremos con las limitaciones propias de la vejez y el  sabernos próximos al final.


MAURICIO ROZAS VALZ


domingo, 2 de septiembre de 2012

A MARÍA ALEJANDRA






María Alejandra se encontraba en una sala de embarque, sentada en una de las miles de butacas blancas que había en aquella sala de pisos y cortinas también blancas. Esperaba su turno para embarcar, junto con otros niños sin edad ni colores definidos,  pero ya con nombres y apellidos. Llamaban uno por uno al azar para iniciar el viaje, pero no tenían prisa, lo que les sobraba era tiempo. En eso escuchó su nombre, hizo su cola obedientemente y se embarcó.

A partir del inicio del viaje, recién despertaron sus ganas de llegar a aquel lugar desconocido. Miraba el espacio infinito con la curiosidad propia de un niño que hace por primera vez un viaje. Sabía intuitivamente que sería bien recibida y con un amor desbordante.

Aquí la esperábamos nosotros, ansiosos, contentos. Su fiesta de bienvenida estaba ya organizada. Iban pasando los días y las horas se hacían infinitas, pero todo dentro del tiempo esperado. Ella también estaba ansiosa, quería llegar a destino y estar entre nosotros quienes desde ya la queríamos.

Más o menos a mediados de 1972, a mitad de viaje, nos llegó un telegrama escrito en tinta roja sobre una sábana blanca. Nos informaban que aquella nave zozobró. María Alejandra ya no llegaría, ni tarde ni nunca, se quedó en el camino. Fue muy duro para nosotros.

MAURICIO ROZAS VALZ