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lunes, 7 de octubre de 2013

LA FONDA DE LA RUSA








Berenice nació en el campo, en un hogar de clase media. Fue hija única y nunca nadie (excepto su madre y quizás también ella), supo quién fue su padre. Se rumoreaba que fue un militar ruso que llegó al Perú a inicios de los 70s, durante la dictadura militar del general Velasco para adiestrar pilotos de la Fuerza Aérea (durante ese gobierno se compró mucho armamento a la ex URSS), lo cual parecía ser cierto dados sus rasgos poco comunes y el nulo parecido con su madre. Berenice era muy rubia y de ojos azules y efectivamente tenía el tipo de una mujer de Europa del Este. Además era poseedora de una belleza desmesurada que llamaba la atención y, como si eso no fuera suficiente, desde niña fue muy sencilla y carismática; sencillez que no perdió cuando se hizo adolescente (como se suele perder en muchos casos).

Su infancia transcurrió como la de cualquier niña, pero con algunos contratiempos por su tipo racial fuera de lo común y que le costara algunos insultos, agresiones y discriminaciones, situaciones que -poco a poco y con inteligencia- fue revirtiendo a través del tiempo con su gran carisma y sencillez espontáneos. La cosa se le fue complicando llegada la adolescencia, pues eran tiempos de fiestas de fin de curso y de quince  años y de los primeros novios; pues los ojos de muchos muchachos fueron puestos en ella, provocando envidias y los naturales celos del resto de muchachas que empezaban a apartarla e incluso a maltratarla con insultos y hasta con algunos arañones y forcejeos. 

A Berenice nunca le interesó el dinero ni las ostentaciones de riqueza de algunos de sus muchos pretendientes, los cuales eran codiciados por muchas de sus amigas. Tuvo dos o tres novios de su colegio con los cuales no duró mucho tiempo hasta que ingresó a la universidad. Se encontraba cursando el primer ciclo, cuando de pronto a su madre le detectaron un cáncer muy agresivo que la llevó a la tumba en solo ocho meses. Ese golpe fue muy duro para ella, ya que su madre era lo único que tenía en la vida, pues a su padre nunca lo conoció y tampoco tuvo hermanos. Sólo tenía a su abuela, con quien nunca tuvo una buena relación porque decía que ella era hija del pecado, una bastarda y una vergüenza para la familia.

Esta situación obligó a Berenice a dejar la universidad y a ver la forma de sobrevivir. Su madre le dejó lo único que tenía, que era su modesta casa en el campo y algunos ahorros que juntó durante toda su vida. Berenice aprendió desde muy niña a cocinar muy bien, su madre fue su maestra y le transmitió todos los secretos de la cocina tradicional de su región. Luego de mucho pensar, decidió invertir algo de esos ahorros en montar un pequeño y rustico restaurante campestre en el pequeño espacio que había entre la entrada de su casa y el camino de herradura que conducía hacia ella. Compró una cocina industrial, el menaje necesario y cuatro mesas cuadradas con sus respectivas sillas. Luego instaló un toldo para cubrir las mesas del sol y la lluvia y, luego de algunos ensayos, mandó a confeccionar un letrero y abrió sus puertas por primera vez. El nombre que eligió fue ‘La fonda de la rusa’, pues ‘la rusa’ fue el apodo que le pusieron sus compañeros de escuela desde muy niña.

Los primeros tres meses fueron muy duros para Berenice, pues algunas veces tuvo que regalar su comida a algunos campesinos que solían pasar por allí pastando su ganado porque no podía guardarla mucho tiempo sin que se malograse. Luego aprendió a comprar lo justo para no perder dinero y, a mediados del cuarto mes, empezó a llegar más clientela al punto que, algunas veces, se agotaba todo antes de las 3.30 pm. Esto entusiasmó mucho a Berenice, al punto que habilitó la sala de la casa para ampliar su restaurante y compró cuatro mesas más duplicando su capacidad. Los meses posteriores fueron muy buenos y, no bien cumplía su primer año, y tuvo que construir un segundo piso con un pequeño departamento para ella, pues todo el primer piso tuvo que ser acondicionado para ampliar su cocina y su capacidad de aforo. Contrató a una ayudante de cocina y a un mozo para poder atender con comodidad a sus clientes.

Una de esas tantas tardes de viernes en que sus comensales alargaban la sobremesa con abundante cerveza, fue abordada por un joven apuesto que vestía uniforme de la fuerza aérea de su país, y se presentó ante ella como el capitán Giancarlo Di Martini. El flechazo fue inmediato y en solo dos días se hicieron novios y empezaron un largo, tórrido y accidentado romance que cambiaría irreversiblemente la ya de por sí acontecida vida de Berenice, que por entonces apenas había cumplido recién los veinte años.

La historia parecía repetirse, pues como contaban las malas lenguas, su madre también se enamoró de un militar, en su caso extranjero, pero finalmente militar y también piloto de avión de combate. No pasó ni un año de relación y Berenice quedó embarazada. El capitán le propuso matrimonio y en dos meses más se casaron en una pomposa y fastuosa ceremonia que ofrecieron los padres del novio en el casino de la Fuerza Aérea.

Los meses posteriores al matrimonio fueron quizás los más felices en la sufrida vida de Berenice. Durante ese tiempo nació la pequeña Paola, quien era muy parecida a ella y llenó de felicidad y de ilusión a la joven pareja. Pasaron dos años más en los que todo transcurría en una rutinaria -pero no menos cómoda- estabilidad que Berenice disfrutaba mucho. Su vida era atender su hogar con la ayuda de una nana y sin dejar su negocio que cada día era más rentable y exitoso. Todos los días, luego de dejar todo ordenado y listo en casa, se iba a trabajar con su niña en brazos y su nana, quien le ayudaba a cuidarla mientras ella atendía a sus clientes en el restaurant. Llegaban las 5 pm y regresaba a casa para esperar a su marido y disfrutar de la vida en familia que no tuvo de niña.

Todo iba muy bien, hasta que uno de esos tantos días, y como suele ser en todas las fuerza armadas, comunicaron a su marido que sería enviado por dos años de agregado militar al Brasil. La noticia no fue del agrado de Berenice, pues no estaba dispuesta a dejar abandonado el negocio que tanto esfuerzo y sacrificios le había costado hacer crecer. Fue esta situación la que sacó a relucir un aspecto de la personalidad –hasta entonces desconocida- de su marido militar; pues éste, ante la negativa de Berenice de mudarse con él a Brasil, le dijo en tono muy castrense y como quien se dirige a un soldado raso: “No te estoy consultando si quieres o no venir conmigo al Brasil, simplemente lo pongo en tu conocimiento para que vayas preparando todo para nuestro viaje. Eres mi mujer y tienes que hacer lo que yo te digo y tienes que ir donde yo vaya. Partimos en 33 días, así que por favor, corre viendo a quien encargas tu negocio o si te parece, véndelo, no lo sé, ese es tu problema. Tú y Paola vienen conmigo y punto. No se hable más…”

Berenice tuvo la mala idea de contestarle, diciendo que ella de ninguna manera dejaría su negocio y que su hija se quedaría con ella y que él podría llegar a visitarlas cuando pueda. No terminaba de hablar, cuando de pronto fue interrumpida por una sonora bofetada que la hizo rodar por el suelo y le dejó la mitad del rostro enrojecido. Berenice quedó estupefacta al punto de no levantarse del suelo tomándose la cara sin atinar a responder ni decir nada, ni siquiera atinó a pararse. Se quedó tumbada en el suelo y su marido tomó su Kepí y salió de la casa tirando la puerta y al punto de hacer romper las lunas e inmediatamente la niña arrancó en llantos, lo que finalmente hizo levantar a Berenice, quien la cargó para calmarla mientras ella también lloraba desconsolada de dolor y de impotencia por el abuso y la humillación de la que había sido víctima. 

Berenice no tuvo padre ni hermanos ni abuelo que la defienda, lo que hizo que desde muy niña aprendiera a defenderse sola y siempre fue de armas tomar. Inmediatamente empacó sus maletas, tomó lo que pudo de sus pertenencias, llamó a un taxi y se mudó nuevamente al pequeño departamento ubicado en los altos de su restaurant. Luego fue a la comisaría y denunció a su marido por agresión, dejando constancia que dejaba el hogar por temor a ser nuevamente agredida y por la seguridad de su niña.

Se encontraba descansando en su cama, luego de limpiar su departamento, de desempacar y de hacer dormir a Paola, cuando de pronto sintió el motor de un automóvil que estacionaba en su puerta; obviamente se trataba de Giancarlo, quien iracundo bajó del auto y tumbó la puerta de la casa de un certero tacle. Berenice solo atinó a cargar a Paola y a esconderse en el baño. Giancarlo no tardó en bajarse la puerta del baño a empellones, le arranchó a la niña y con la mano izquierda la tomó por la cabellera y la arrastró por las escaleras hasta el automóvil, abrió la puerta y la metió a empellones en la parte de atrás y con una final patada en el trasero cerró la puerta. La niña se ahogaba en llantos de pavor, la sentó a su lado, le puso el cinturón de seguridad y arrancó rumbo a su casa. Dos de los ayudantes del restaurant que en ese momento se encontraban haciendo limpieza, llamaron inmediatamente a la policía, la que llegó luego de un par de horas. Les informaron de lo sucedido y luego se retiraron.

Al día siguiente, llegó una citación al departamento de la Villa Militar en la que vivían desde que se casaron. Conminaban a Giancarlo a presentar sus descargos en la comisaría. Para mala suerte de Berenice, dicha citación llegó muy temprano, cuando aún Giancarlo se encontraba en  casa y él mismo la recibió. La leyó, esperó que el policía se alejara, e inmediatamente buscó a Berenice en el dormitorio y le dijo: “Con que denuncias a mí ¿no? Grandísima puta. Me quieres joder la carrera ¿no? Bueno pues, te cuento que no fue una buena idea. ¿Tanta cosa por una cachetada? Además, bien merecida. Ahora vas a saber lo que es bueno para que te quejes con ganas y a ver si te quedan ganas de volver a irte de la casa. A mí nadie me deja ¿entendiste? Luego de tu merecido irás con tus propias patitas a retirar esa denuncia si no quieres que te mande a la tumba y con suerte a un hospital ¿ok?...” Apenas terminó de pronunciar estas palabras, se quitó el cinturón y propinó una feroz paliza a la pobre de Berenice, quien daba gritos desgarradores de dolor y de terror, mientras la niña observaba todo esto aterrorizada y en llantos que se confundían con los de su madre.

Berenice no dijo nada, se quedó callada y con la cabeza asintió que iría a la comisaría obedeciendo sus órdenes; se secó las lágrimas, calmó a Paola y se metió a la ducha para aliviar sus heridas con agua fría. Cuando salió del baño, Giancarlo ya se había ido. Pues inmediatamente cargó otra vez a Paola y se fue a la comisaría a mostrar las heridas y a denunciar nuevamente el hecho. Fue citada por el médico legista y se hizo un parte con el detalle de sus lesiones para que la denuncia pasara a la fiscalía. Con ese mismo parte fue al comando donde trabajaba Giancarlo y preguntó por el comandante en jefe, lloró ante los subalternos y finalmente el comandante accedió a recibirla; le contó todo lo sucedido con lujo de detalles y se retiró nuevamente al departamento de los altos de su restaurant.

Giancarlo no volvió a aparecerse por su casa, luego se enteró de que había sido castigado y que finalmente no lo enviaron a Brasil, sino a un puesto fronterizo que quedaba muy cerca de un caserío muy pobre y pequeño en medio de la Amazonía. Se enteró también que sus superiores consiguieron ayudarlo para que la denuncia policial se archive, pero a cambio le exigieron que se vaya calladito a su nuevo puesto de castigo y que por un buen tiempo no se acerque a Berenice ni a su hija.

De estos hechos pasaron dos años y Berenice no volvió a saber de Giancarlo; tampoco hizo mayores esfuerzos por averiguarlo. Es más, empezó un romance con un funcionario bancario de rango medio llamado Gerardo, quien era soltero y empezó a hacer las veces de padre de Paola y con quien se le veía muy feliz.

Llegaban las fiestas de fin de año, y Berenice se preparaba para celebrar la navidad con su familia. El 24 de diciembre, salió temprano para hacer sus últimas compras y nunca más regresó a casa. A los cuatro días fue encontrada muerta con un agujero de bala en la nuca y con las muñecas y los tobillos arañados y amoratados. El examen del médico legista concluyó que había sido previamente secuestrada y amarrada y que opuso tenaz resistencia. Para esto, se supo que el primer sospechoso, es decir, su exmarido, no se había movido de su puesto de trabajo (a miles de kilómetros) durante toda esa semana. 

A pesar de la insistencia de la prensa local, la Fuerza Aérea nunca quiso pronunciarse sobre el caso y tan horrendo crimen quedó en la más absoluta impunidad, pues nunca se llevó a cabo una investigación profunda para dar con el culpable y a los pocos meses el caso fue archivado.




MAURICIO ROZAS VALZ

viernes, 21 de junio de 2013

OJOS NEGROS




  





     Me llamó una noche. No recuerdo con precisión cómo fue que consiguió mi número. Habían pasado algunos años, los suficientes para no olvidarla. Era una historia que yo había dado por concluida de forma irreversible, tuve que comerme mis palabras crudas y sin sal. 

     Quedamos en vernos al día siguiente. Su voz y sus comentarios inoportunos pero no menos graciosos no habían cambiado en nada desde la última vez que la vi. Tampoco podía olvidar del todo la angustia de aquella despedida que, hasta hacía unos minutos, creía definitiva. El tiempo transcurrido había sido el preciso para cicatrizar las heridas sin que terminara el amor. A pesar de lo irreversible que creía nuestro adiós definitivo, algo me decía que aquello merecía un final de novela. No era justo que terminase como terminó, no era justo, para nada. Ese final mediocre estaba bien para cerrar un capítulo, y ni siquiera eso, estaba bien para finalizar un amor vulgar de dos simplones, pero no para cerrar el nuestro.

     Lo nuestro era una novela, y debía terminar como tal.

     Esa noche no dormí bien, las horas del día se hicieron interminables y en mi mente sólo transcurrían pasajes que creía olvidados y también posibles escenas que vería más tarde. Ella lo ocupaba todo. 

     Llegué a la dirección que me había dado. Me esperaba afuera, de pie sobre la acera. Y sí, era ella, estaba igual, todo igual, no había cambiado nada. Llevaba puesto un vestido de verano que dejaba al descubierto toda su espalda desde la nuca, perfecta, bronceada y que ella sabía que era mi debilidad. Sí que era perversa, no había cambiado. Y yo me dejaba caer sin resistencia.

     La llevé a almorzar a un viejo restaurant al que voy desde pequeño. Es a ese restaurant adonde siempre he llevado a mis novias, ex-novias, “afanes”, amigas, compañeras de trabajo, primas y hasta tías. Los mozos de aquel lugar son los mismos desde hace veinte años. Ellos creen que soy un mujeriego sin remedio. Cuán equivocados están ¡Ya lo hubiese querido! En todo caso, no tengo prisa para que se sepa la verdad, pero ése es otro tema. Yo pedí lo de siempre y ella un plato dietético. Bebimos unas cervezas. Luego de la tercera botella mi voz por fin se serenó un poco, ya no me trababa y ella que reía a carcajadas al ver que me salpicaba el guiso y se me caían los cubiertos de las manos. Conversamos mucho, me fue contando todo lo que había acontecido en su agitada vida en los últimos años. La verdadera novela era la suya, yo era simplemente un personaje más que pretendía protagonizar uno de sus más intensos capítulos, y creo que así fue.

     Fue a partir de ese prolongado almuerzo que empezó una larga historia de convivencias breves, dolorosas separaciones que no duraban mucho, cortos viajes a lugares cercanos que parecían brevísimas lunas de miel, extensas y frecuentes cartas manuscritas que describían con precisión el dolor que nuestra ausencia provocaba en el otro. 

     Todo terminó una noche, luego de una prolongada agonía de dos meses. Eran los estertores del amor y la valiente resistencia que opusimos ambos a un final que sabíamos en el fondo inexorable. Aquella triste noche ella repetía una y otra vez en su estéreo la canción “Ojos negros” que, según ella, le hacía recordarme. 

     Finalmente nuestra historia tenía un final de novela. Las cuentas estaban saldadas. No me podía quejar. Era lo que yo buscaba.


MAURICIO ROZAS VALZ

martes, 14 de agosto de 2012

SIESTA




Son las tres y treinta de la tarde de un sábado de febrero. Estamos en plena canícula. El sol es abrasador, el calor insoportable. He bebido unas cervezas y he comido unas anchoas. El sueño me vence. Voy al dormitorio, tomo una ducha y me echo a dormir. El sol entra radiante por la ventana. Hace calor, mucho calor. He llevado un vaso de agua al velador, bebo un sorbo, me seco el sudor. Escucho las voces y las risas de mis amigos. Trato de distinguir con leve esfuerzo la voz de ella, no la logro escuchar. Mis ojos se cierran, el ruido se hace lejano. Escucho en mi vigilia el reventar de las olas en los acantilados. Un vallenato de Carlos Vives se oye a lo lejos. Hay ambiente de fiesta, la gente celebra, no sé bien qué, tampoco interesa, pero celebra, están contentos. Yo también lo estaba hasta hace unos minutos. Quería quedarme, quería reírme, quería bailar, mi cuerpo no daba. Mis ojos se cierran, escucho abrirse la cerradura, siento unos pasos húmedos que ingresan al cuarto, escucho la ducha y su voz en canto suave. Quiero despertar, pararme y mirarla, no me obedece el cuerpo. Ya no se oye la ducha, sus manos suaves acarician mis hombros, me besa en la nuca, se recuesta a mi lado. Y quiero volverme hacia ella. Distingo su olor, pero nada puedo hacer. Luego se levanta, se cierra la puerta. Nuevamente risas, nuevamente bulla, y los vallenatos.

No recuerdo más. Luego me despierto, todo es muy oscuro. Ya no se oye ruidos, ya no hay risotadas ni música alegre, sólo se oye el mar. Ya todos se fueron, se acabó la fiesta. Otra vez no estuve, y ahora que lo pienso, ella nunca estuvo. No me perdí nada.


MAURICIO ROZAS VALZ


jueves, 15 de marzo de 2012

CIEN SOLES DE ORO




Siendo mi abuela paterna una mujer generosa y muy cariñosa (al menos conmigo lo fue y es lo que finalmente cuenta) nunca en vida me dio una propina en efectivo ni me regaló un libro. Su peculiar manera de demostrar su cariño fue siempre a través de algunos deliciosos rituales, que consistían básicamente en propiciar y hasta forzar la ocasión de compartir largas tertulias sobre diferentes temas, siendo sus favoritos: la literatura y la música. Aquellas tertulias, por lo general, se iniciaban en las sobremesas de los deliciosos lonches que sabía muy bien preparar, casi siempre acompañadas de la música de algunos de sus miles de discos y también de la lectura en voz alta de algunas páginas marcadas de sus libros y uno que otro poema. Leía con una entonación perfecta y se notaba que disfrutaba muchísimo de esas situaciones. Llegaba a emocionarse hasta las lágrimas leyendo algunos pasajes de novelas y muchos poemas.

Hoy, leyendo un libro (que le perteneció) titulado: ‘Gora’ de Rabindranath Tagore, me di con una muy grata y emocionante sorpresa; llegando a la página 130, que empieza diciendo: … ‘Durante un rato, todos observaron un violento silencio; luego, Binoy, dirigiéndose a Sucharita, volvió sobre cierta discusión que habían sostenido días atrás… ‘ al llegar a aquella página, encontré un billete nuevo de cien soles de oro que aún conservaba su característico olor a billete nuevo. El billete fue emitido un 9 de setiembre de 1971 (un día después que cumplí cinco años) y tenía el retrato de Hipólito Unanue. El libro se terminó de imprimir en enero 1962 en Barcelona y lleva el sello de la librería ‘Trilce’, que alguna vez se ubicó en la calle Palacio Viejo 102 B, en el mismo centro de Arequipa, y el teléfono era de sólo cuatro dígitos (4240) Un verdadero tesoro.

Pasados ya algunos años de que se marchó sin retorno, y estando mi niñez ya bien lejos… al fin mi abuela mi dio una propina y me regaló un bonito libro. Sólo eso me faltaba para redondear mi grato recuerdo de ella. Gracias abuela.


MAURICIO ROZAS VALZ

miércoles, 29 de febrero de 2012

GUAJIRA GUANTANAMERA






Cumplido su horario y concluido su trabajo, Mariano se disponía a retirarse de la oficina, cuando el “gallo ” le preguntó: ¿ Vas a ir más tarde a la presentación de la nueva tarjeta Credimax Visa? - No creo, replicó Mariano. Es media semana. Seguramente eso se prolongará más de la cuenta y mañana hay que levantarse temprano... – Va a estar de puta madre, cholo; buen buffet, trago y lo mejor de todo es que me han pasado la voz desde Lima, que van a sortear un auto del año entre los asistentes… ¡Anímate! Nos encontramos a las 9.30 pm… - Por ahí que me animo- , respondió Mariano.


Lo cierto es que Mariano llevaba varios años trabajando en aquella entidad financiera, experiencia que le había procurado material invalorable para un estudio socio-antropológico digno de una tesis de graduación. Había conocido gente de todas las edades y estratos sociales. Había conocido gente valiosa, gente divertida (con ese humor negro, patrimonio exclusivo de los arequipeños, sin importar la clase social a la que pertenezcan), pero también había conocido y profundizado en los complejos y prejuicios recurrente y profundamente enquistados en las mentes sencillas; quizá por una baja autoestima o una inadecuada formación académica y sobre todo cultural.


Pero lo que más le repugnaba de todo lo visto durante sus años de servicio, era ese espíritu servil y genuflexo hacia los jefes de mayor rango, como rasgo común en la mayoría de los empleados… la sobonería más indigna y hasta la delación infame en busca de ascensos y promociones que les procuraran mayores ingresos (lo que hasta cierto punto, y desde una posición definitivamente cínica, sería comprensible) pero sobre todo (y eso sí, le resultaba inexplicable) que les brindara la equívoca sensación de mayor importancia, realización personal y definitivo encumbramiento en la escala social. 


Lo cierto es que el hombre ya tenía programada su renuncia, en la medida que algún imponderable no modificara el plazo para dentro de seis meses; tiempo que le permitiría preparar el terreno para consolidar una nueva actividad de tipo comercial. No acostumbraba asistir a esa clase de eventos sociales promovidos por la institución, justamente por no tener que padecer esas demostraciones de afecto servil que le repugnaban tanto, además que, la tacañería de la millonaria institución era proverbial y casi se podía adivinar el tipo de plato que solían ofrecer y la cantidad exacta de bebidas alcohólicas a disposición, las baratijas de mala calidad que se sorteaban para la ocasión y para colmo, la conversación recurrente en medio de las botellas de un tema que aún, en medio del esparcimiento, no conseguía escapar del contexto relativo a lo exclusivamente laboral… como si no hubiera más mundo ni vida más allá de lo estrictamente funcional y las fronteras físicas del local institucional.


Pero el rumor sobre el sorteo del carro consiguió picar su curiosidad: una opción entre algo menos de doscientos asistentes, era una apuesta que bien valía la pena considerar. Llegó a su casa, dedicó algo de tiempo a la lectura y la televisión, se aseó convenientemente y luego de enfundarse en el mejor de sus ternos, partió a las nueve en punto rumbo al local que habían destinado para la presentación de la dichosa tarjeta, cuyo nombre para ese momento le resultaba imposible de recordar.


No bien entró y le sorprendió la decoración de los salones y las mesas dispuestas para el personal, mientras observaba, un tanto perplejo, toda la inusual parafernalia. Pudo oír la voz del “gallo” que desde una mesa distante lo llamó.


Inevitablemente se dio paso a las bromas y burlas que generaron no pocas risas, como cuando Iguarán se aproximó a la mesa y el “gallo” le espetó: ¡Hola, camanejo cojudo! - ¡Soy mollendino, huevón!- Respondió Iguarán, y el gallo replicó: “La misma huevada nomás son”… para la risotada general de todos los que estaban alrededor.


Pronto estuvo disponible el buffet y oh… grata sorpresa, realmente estaba de primera y Mariano ya no tenía dudas de que esa noche, efectivamente, se sortearía un auto del año. Terminado el banquete, continuaron un tiempo más con el whisky, hasta que de pronto se anunció la inminente presentación de la tarjeta CREDIMAX VISA; se apagaron las luces y una pantalla al fondo del salón dio inicio a un spot insufriblemente marketero que anunciaba las bondades inigualables que otorgaba el privilegio de contar con la celebérrima tarjeta de crédito CREDIMAX VISA.


Hasta ahí, todo no dejaba de transcurrir de acuerdo a lo esperado; pero de pronto Mariano comenzó a percibir un murmullo generalizado y los aplausos eran cada vez no sólo más fuertes, sino anómalamente prolongados; el entusiasmo generado resultaba a todas luces desproporcionado y en algún momento al spot de la tarjeta de crédito, le siguió un video institucional, donde un hombrecillo recitaba un estribillo acerca del orgullo de pertenecer a la institución que remató con sonoro: SOY UN CAJERO… UN CAJERO DEL BANCO DECRÉPITO… y los hurras y aplausos alcanzaron un estruendo que parecía tan irreal, que en medio de los tragos, Mariano por un momento receló algún tipo de burla, que hasta le trajo recuerdos de los últimos años de su período escolar… pero no; se prendieron las luces y Mariano no pudo evitar percibir los rostros sonrientes y ligeramente abochornados en el último instante del video. Hasta le pareció escuchar un gritito ahogado, como el que las adolescentes descerebradas e histéricas dejan escapar, cuando en medio de un concierto ven aparecer al vocalista de alguna mediocre banda musical.


La gente realmente estaba emocionada, ¿cómo podía generarse un efecto tan grotescamente exagerado de legítima emoción colectiva? Mariano comenzó sentir una repugnancia total que lo llevó a cuestionarse acerca de su presencia en aquel lugar. Se le vinieron de pronto a la mente los videos de adoctrinamiento para las juventudes hitlerianas. Se preguntó acerca de la autoría intelectual del spot ¿quién sería la Leni Riefenstahl, detrás de todo esto? Pensó. Pero lo grotesco y desagradable no había concluido allí; cuando Mariano reflexionaba acerca de volver o no a tomar asiento en su lugar, una banda musical hizo su repentina aparición e inició su repertorio con una viejísima canción que, sin duda, Mariano había escuchado y por supuesto sin recordar dónde y en más de una ocasión: Guanta nameeera, guajiiiira guan ta nameeera… y entonces el paroxismo de la indignidad y el servilismo alcanzaron “in crescendo” su máxima expresión, cuando tres jefes de mediano rango e ilimitadas expectativas y ambiciones, saltaron espontáneamente al escenario, sin duda envalentonados por sendas dosis de licor.


Entonces, aflojaron los nudos de sus corbatas para procurarle más aire a sus enrojecidos rostros y arrebatándole el micrófono al vocalista del grupo, y a su vez, arrebatándoselo por turnos entre sí, modificaron la letra de la canción para entonarla a gritos horrisonantes y  destemplados algo más o menos así: BAAANCO DE CREEE PITO…YO SOY DEL BAAANCO DECRÉEEPITO… vergüenza ajena es lo que sintió Mariano ante tanta indignidad… no pudo soportarlo, o más precisamente: sufrirlo más. A la mierda con el auto, pensó y, sin despedirse de nadie, dejó su vaso de whisky y se largó.


Una vez afuera, y mientras cruzaba camino a su camioneta por una tradicional y linda plaza que colindaba con el local -casualmente plagada de muchos recuerdos personales- inexorablemente el desaliento se apoderó de él… la música a esa distancia acompañaba sus pasos como un rumor lejano; y entonces recordó la conversación que sostuvo con el gerente general, que casualmente, o quizá no, dos semanas antes, inexplicablemente y para reconvenirlo a su oficina lo citó: “identificación con la institución, Mariano… es el criterio principal que ahora aplica a la hora de evalúar… ¿ por qué no te veo más seguido por acá? Me gustaría, por ejemplo, que me buscaras para informarme acerca del funcionamiento de tu sección…  lo que ves de mal, de irregular… ¿Por qué no asistes a los almuerzos y partidos de fulbito, Mariano? ¿Acaso te crees más que los demás?”


Mientras encendía su vehículo, Mariano tuvo la inapelable certeza, a esas horas, que tendría que tomar muy pronto una decisión trascendental… y que por desgracia, seis meses era un plazo excesivo que no ya no se podía permitir.



GUSTAVO ROZAS VALZ