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sábado, 4 de agosto de 2012

MIS FANTASMAS




Esta noche promete ser larga, muy larga y silenciosa; lo suficiente como para invitar a algunos fantasmas.

Llegarán esos fantasmas. Traerán sus quejas y sus pedidos de perdón y su amor leve (y del otro).

Se sentarán a mi mesa, esos fantasmas queridos (y los otros, los que de verdad me dan miedo porque no les pedí perdón a tiempo).

Un fantasma traerá un vaso descartable con jugo de limón y unas gotas de sangre y lágrimas preguntándome ¿por qué?

Otro fantasma me traerá un poncho de lana, llegará también muy triste y con una foto que querrá mostrarme...

El otro fantasma sólo me abrazará y podré sentir su peculiar olor y me mirará con sus ojos de niño que me pide que no lo abandone.

Luego llegará otro fantasma que no querrá compartir con los demás, me pedirá que los bote y que me siente al pie de la cama a escucharle.

Y luego vendrá otro fantasma más viejo, molesto porque lo ando invocando... me dirá que ya estoy viejo para pedirle túneles de trencitos.

Hay también un fantasmita muy pequeño que no sabe hablar pero que se hace entender y me demostrará su amor inconmensurable, infinito… y querrá besarme el antebrazo sollozando.

Todos ellos me visitarán esta noche. No permitiré que se peleen ni que hagan escenas de celos. Sé que le gusta a cada uno. Estoy preparado.

Mis fantasmas no son prosaicos, ni necios, ni siquiera el más pequeño. Me piden que los atienda y eso voy a hacer.

Con su permiso



MAURICIO ROZAS VALZ


martes, 31 de julio de 2012

DESCANSO



Arturo salió a caminar solo. Fumaba su penúltimo cigarrillo, cuya brasa se atizaba con el inclemente viento que venía desde las heladas aguas del mar del sur. La humedad del frío traspasaba todas las capas de su abrigadora ropa y casi no podía ver nada por la densa niebla; sólo las luces de los postes y de algunos pocos automóviles que transitaban a esa hora. Aún así, seguía caminando a paso apurado y frotándose las manos para calentarse un poco. No sabía con precisión a donde se dirigía y tampoco le importaba mucho. Avanzaba sin reparar en los esporádicos transeúntes que se cruzaban en su camino. Ni siquiera reparaba en los perros (lo que poco tiempo atrás hubiera sido impensable).

Arturo seguía su camino sin detenerse, sin siquiera desacelerar el paso. Caminaba a paso firme y decidido a no mirar atrás. Dejó en su punto de partida todo, absolutamente todo. Tanto lo que pudo ser y fue, como lo que no pudo ser y no será, todo. Dejaba una historia ¿su historia? ¿La historia? En fin, qué más daba.

Seguía su camino. Los postes pasaban como automóviles. Disfrutaba la niebla, la humedad y el frío. Y vaya que los disfrutaba; no paraba de frotarse las manos en la actitud típica de quien va a disfrutar un banquete. Encendió su último cigarrillo y empezó a fumar con voluptuosidad. Disfrutaba cada bocanada de humo, cada gota de rocío que caía en su rostro, contaba cada metro que dejaba atrás.

En su mente había fuegos artificiales; un mar de rostros, de voces que le hablaban. No diferenciaba  -en ese caos-  las voces y los rostros que le fueron queridos de los que no lo fueron, le daba lo mismo ser un ingrato; nadie podría enterarse.

Terminaba su último cigarrillo y eso no le fastidiaba. Ya nada podía disgustarle. Él  seguía su camino, ya nada podía  -ni querría-  detenerlo.  Seguían pasando los postes, los autos, los perros. Arturo era al fin un hombre libre.



MAURICIO ROZAS VALZ

viernes, 27 de julio de 2012

BRUNELLA



Nunca llegaré entender el infinito rencor que me llegó a guardar Brunella. Una vez más me convencí de que la razón y el sentido común son sólo argumentos individuales para justificarnos ante nosotros mismos, y que la comprensión entre dos seres humanos es siempre relativa, y está siempre llena de concesiones pacifistas que sólo el amor puede mantener en silencio.

Hoy la vi, saliendo de un centro comercial, algo regordeta en su 4 x 4, con su nana uniformada de blanco sentada en la fila de atrás cargando un niño, al lado de una silla para bebés. Han pasado cinco años desde la última vez que la vi. No obstante, me miró con el mismo odio conque me mirara los últimos tres años en que tuve que soportar sus agresiones. Confieso que su mirada logró asustarme. Rebuscaba una vez más en mi memoria algún suceso, alguna actitud mía, algo razonable que pudiera explicar tanto viejo encono, al parecer eterno.

Durante ese ejercicio de memoria, recordé gratamente como empezó nuestra leve y breve historia. Quizá en lo leve que fue para mí radique la razón de su rencor. No encuentro otra explicación. Su primo era mi amigo. Cierta vez me llamó para que lo acompañase al cumpleaños de una de sus primas, oferta a la que inicialmente me resistí porque ya era bastante grande como para zamparme a una fiesta a la que no había sido invitado. Él me convenció. Delante de mí la llamó por teléfono avisándole que iría con un amigo, y acercó su teléfono a mi oreja para que escuchara:

–Encantadísima primo, con toda confianza. ¿Qué tal está tu amigo?

–Horrible prima, horrible, pero es buena gente –respondió mi amigo, y ella se despidió riendo.

Camino a la fiesta, le pedí a mi amigo que parara en un supermercado para comprar algo. No quería aparecerme en un cumpleaños con las manos vacías. Compré un ramo con tres botones de rosas rojas y una botella de vino tinto. Mi amigo empezó a burlarse. Me dijo que abandonase esas costumbres provincianas, que su prima se reiría de mí. Antes de bajar del auto, dudé si dejarlo todo o entrar a la casa con el ramo y la botella en las manos. Tomé valor y bajé con los regalos, pese a los gestos de desaprobación de mi amigo.

Brunella nos abrió la puerta, abrazó a su primo, y él luego nos presentó. Le di un tímido abrazo y le entregué avergonzado las rosas. Ahí creo que empezó todo. Sus ojos se encendieron, se tomó el pecho con la mano derecha y me dio un beso. Sí que era linda Brunella, vaya que sí, muy linda. Quedé medio atontado y caminé nervioso hacia la sala de su enorme y lujosa casa.

Durante la fiesta todo fueron atenciones y sonrisas para conmigo. Bailamos algunas canciones y sucedió algo terriblemente vergonzoso. Conforme iban pasando las horas, las conversaciones y los bailes, se me pasaron las copas y me emborraché. Si bien felizmente supe luego que no había hecho ningún escándalo, recordé unas manos que me movían los hombros. Era Brunella, quien me despertaba porque me había quedado dormido en una pequeña sala que estaba a oscuras. De la vergüenza se me pasó la borrachera. Me despedí de ella, quien, lejos de molestarse, me miraba con una sonrisa piadosa y me hizo un guiño de complicidad. Me trajo un café y me sugirió que me quedara un rato hasta que me sintiera mejor. No le hice caso, la vergüenza fue mayor y le pedí que me enseñara la salida de servicio por el garaje y me fui.

Al día siguiente, desperté arrepentido y con la típica crisis de nervios post-borrachera. Me preocupaba pensando qué habría pasado en el lapso entre que bailaba con ella y desperté en la salita oscura. Mi memoria había borrado toda una parte de aquella fiesta. Llamé a mi amigo, quien me preguntó con quién me fui y a qué hora. Le conté lo sucedido. Le dio un ataque de risa: “Ya perdiste cholo, ya perdiste”, me dijo con cariñosa crueldad.

Decidí no tocar más el asunto y esperar a que pasara un tiempo. A los tres días, me encontré con Brunella en el club al que solía ir siempre con su primo. La abordé y le pedí disculpas. Me dijo que no me preocupara, que hubo un momento durante la fiesta en que me fui a paso lento y en silencio hacia la sala del sótano y que no regresé mas, que no había hecho nada malo, lo cual  me alivió mucho. “Son cosas que pasan siempre, tú tranquilo”, me dijo ella en tono muy dulce. Le propuse tomar una cerveza y fumar un cigarrillo en las poltronas de la piscina. Fuimos y conversamos mucho. Su primo me avisó para irnos y ella se ofreció a llevarme. Conversamos un rato más y subimos a su auto camino a mi casa. Llegamos a la puerta, y al despedirme, le robé un beso y luego bajé presuroso para no darle tiempo a hacer preguntas ni reclamar nada.

Luego de eso, me enteré por su primo que ella tenía un novio con el que llevaba como cuatro años, y que éste se encontraba en Europa siguiendo una maestría, lo cual me entristeció mucho. A los pocos días me la encontré nuevamente en el club y me saludó muy coqueta y sonriente. Le pregunté a boca de jarro sin ocultar mis celos si era cierto lo del novio. Me respondió que sí. No quise hacerle más preguntas para no oír cosas que pudieran acrecentar mi dolor. Me puse serio, y tratando de disimular, me despedí de ella con un beso en la mejilla. “¿Estás molesto?”, me preguntó muy suelta de huesos. Le dije que no, que estaba cansado y quería irme a casa. Se encogió de hombros y me hizo una seña de adiós con la mano derecha.

Durante esa noche, me quedé pensando en cómo debería actuar en adelante con ella, tomando en cuenta que tendría que seguirla viendo, pues empezamos a frecuentar los mismos lugares y el mismo grupo de amigos. Decidí, luego de muchas vueltas, que le seguiría el juego y que nunca más le preguntaría por su novio, a ver qué pasaba, y en efecto, así lo hice.

Pasaron varias semanas en que nos seguimos encontrando, unas veces por “casualidad” en el club, otras, ya previamente coordinadas por teléfono. Toda nuestra historia real no duró más de cinco meses, durante los cuales las dudas sobre lo que realmente significaba aquel novio para ella me atormentaban. Si no era tan importante ese tipo, me preguntaba por qué entonces no terminaba con él y formalizaba lo nuestro, dadas mis evidentes demostraciones de amor e interés por ella.

Todo eso me fue cansando. Las últimas semanas ya evitaba encontrarme con ella. Hasta que una noche de un jueves de enero hubo un suceso que cambió el rumbo de los acontecimientos para siempre. Me encontré con una ex novia, a la que no veía desde hacía cuatro años. Nuestra historia había quedado trunca por impedimentos entonces insalvables. El verla fue como retroceder en el tiempo y despertarlo todo y empezamos entonces un tormentoso romance. Pero ésa es otra historia.

Como nunca hubo compromiso entre Brunella y yo, no consideré necesario contarle nada. Simplemente desaparecí de su vida sin despedirme ni darle ninguna explicación. Supe por su primo que cuando se enteró, se enfadó mucho, que inclusive se puso a llorar a mares maldiciéndome. Él  me dijo que todo eso le parecía una frescura, que con qué raza se molestaba si ella nunca pensó en terminar con su estudioso novio. Por supuesto, yo estaba de acuerdo con él.

Nunca más conversamos ni cruzamos palabra. Nunca llegó a haber las aclaraciones pertinentes y tampoco ya me interesaban. Supe que al poco tiempo regresó su novio y la pidió en matrimonio. Pensé que eso sería suficiente para poner tierra, cemento y lápida al asunto, pero no fue así. Amigos comunes me comentaban que ella hablaba muy mal de mí, cosas inimaginables que me dejaron estupefacto.

Al cabo de un tiempo me hackearon el correo electrónico y enviaron a todos mis contactos correos llenos de barbaridades supuestamente escritas por mí. Luego me di cuenta que habían entrado a la casilla de voz de mi celular porque nunca cambié la clave universal. Y lo mismo con en el teléfono de mi casa. Pude confirmar que había sido ella, ya que en los correos que envió desde mi dirección, firmaba con un apodo que sólo ella utilizaba para dirigirse a mí. En verdad logró asustarme. No sé como averiguó el teléfono de mi novia y la hacía llamar con algún tipo amenazándola de muerte. Una verdadera pesadilla, no lo podía creer ni entender. En ese plan estuvo cerca de un año, sin que nada ni nadie pudiera convencerla para dejar de hacerlo. Incluso le mandé a decir que si seguía le haría saber a su novio de lo nuestro. Ni eso la persuadió. Pues lo hice, y el muy idiota de su novio se había creído el cuento de que la cosa era al revés. Que era yo quien me había obsesionado con ella y sólo quería separarlos con mentiras. Lo cual me abrió un frente más. Vivía aterrado por lo que ella o él pudieran hacerme a mí o a mi novia.

Decidí alejarme de todo lugar y amigo común para siempre. Incluso me mudé de casa. Cambié de número de celular y creé una nueva cuenta de correo electrónico. Aun así solían llegarme sus infamias. Me contaron que cuando se emborrachaba siempre sacaba “nuestro” asunto sobre el tapete para demolerme con sus calumnias. Poco a poco todo se fue calmando, sus ataques se hicieron más espaciados hasta que no supe más de ella ni la volví a ver. Hasta hoy.

Luego de ver nuevamente su intimidante expresión de odio que yo creía olvidado,  me puse a pensar en qué habría sucedido realmente, qué podría haber pasado por su cabeza. Quizá lo que ella esperaba era que yo le preguntara más por su novio, que le rogara para que terminase con él, que le suplicara para que lo dejara para estar al fin juntos, o que me tirara al piso pidiéndole que fuera sea sólo mía. Nunca lo hice… Quizás fue eso. Quizás. No lo sé.



MAURICIO ROZAS VALZ






martes, 24 de julio de 2012

ÚLTIMO LECHO




Armando tenía un hermano mellizo llamado Ignacio, quien se volvió alcohólico entrada la adolescencia como consecuencia de la muerte de sus padres en un terrible accidente y por ende no pudo estudiar, y para quien, a partir de ese momento, todo en su vida serían infortunios.

Terminada su carrera, Armando fue llamado para trabajar en una transnacional que quedaba en la capital y con un cargo muy alto. La gran preocupación para Armando fue siempre su hermano Ignacio, de quien siempre se ocupó y quien cada día se hundía más en sus depresiones y en su pernicioso vicio; pero no había nada que hacer, Armando no podía dejar pasar esa gran oportunidad. Hizo sus maletas y con el dolor de su corazón se tuvo que marchar.

El tiempo fue ganando a Armando, quien además se casó al poco tiempo de llegar a la capital y tuvo tres hijos seguidos uno del otro. En todo ese tiempo no dejó de asistir económicamente a su hermano, pero el destino y las demandas de tiempo y recursos económicos propias de su nueva familia, impedían que visitase a su hermano y hacían que cada vez su ayuda hacia él fuera menor.

Luego de algunos años, Armando se enteró de que Ignacio había falsificado su firma para vender la casa que les habían dejado sus padres. Esto le molestó mucho, y no porque pensara que a él debiera corresponderle la mitad, sino porque sabía positivamente que, dados los vicios y la casi nula lucidez de Ignacio, estaba seguro de que la casa habría sido vendida por debajo de su valor comercial, y también, porque además sabía que Ignacio no tardaría en dilapidar ese poco dinero. Se enteró también de que cada vez estaba peor, y pensó que ya no tenía caso pensar en ello y dejó de llamarlo y de asistirlo.

Pasaron muchísimos años, décadas, tantos que ambos se hicieron viejos. Armando sabía cada vez menos de su hermano, y lo poco que conseguía saber lograba entristecerlo. Supo que su hermano no sólo seguía bebiendo, sino que se había vuelto completamente loco, y que caminaba andrajoso por las calles y dormía en las bancas de las plazas. Incluso en dos oportunidades fue a buscarlo a su ciudad y no lo logró encontrar. Luego supo que unos curas que conocían a su familia lo habían recogido para internarlo en su albergue.

Una tarde cualquiera, cuando Armando salía de su oficina rumbo al garaje donde parqueaba su auto,  le pareció divisar en la vereda de enfrente a su hermano, quien, -según contaba Armando-  se dio cuenta de que él lo vio y empezó a acelerar el paso. Armando intentaba cruzar, pero el tránsito congestionado no lo dejaba; desesperado, cruzó como pudo esquivando los autos y ganándose varios tañidos de claxon y toda clase de insultos. Logró al fin cruzar y, quien él creía su hermano, había conseguido sacarle una considerable distancia. Intentó correr y empezó a gritar su nombre para que se detuviera. Luego de tres cuadras de persecución y al doblar una esquina… no volvió a ver a quien él creía su hermano.

Agotado y resignado, Armando retomó su camino al garaje, tomó su auto y se marcho a casa. Ya en su casa, toda esta escena lo había dejado confundido y no estaba dispuesto a dejarlo ahí. Llamó a unos primos que tenía en su ciudad y les preguntó si sabían algo de Ignacio. Su prima le dijo que sí, que es más, que había tratado de ubicarlo para contarle que Ignacio se encontraba muy enfermo e internado en la clínica de los curas que lo acogieron, y que tenía pocas posibilidades de sobrevivir. Armando hizo inmediatamente sus maletas, le pidió a su hijo mayor que lo acompañase y se dirigió al aeropuerto a tomar el primer avión que saliera hacia ese destino.

Al llegar, antes de buscar hotel, lo primero que hizo fue dirigirse a la clínica donde se encontraba Ignacio, quien a pesar de su demencia reconoció inmediatamente a su hermano y se paró de su cama para abrazarlo en llantos inconsolables. Armando tampoco pudo contenerse y estuvieron algunos minutos abrazados. Luego de eso le presentó a su hijo  -quien se llamaba Ignacio, como él-  de pronto se acercó la enfermera, le inyectaron los calmantes de siempre y quedó profundamente dormido.

Armando conversó con los médicos, quienes le dijeron que Ignacio ya no tenía posibilidad alguna de sobrevivir y que le daban como máximo una semana de vida. Esto entristeció mucho a Armando, se sentía culpable además por haber abandonado durante tantos años a su débil hermano dejándolo a su suerte. Maldecía a su esposa por egoísta tratando de buscar algún culpable más para aliviar su conciencia. Finalmente nada lograba consolarlo… nada.

Pasaron cuatro días e Ignacio parecía que había entrado ya en la etapa terminal. Para esto, a Armando lo llamaron de su trabajo exigiéndole su presencia con carácter de urgencia para un comité al día siguiente so pena de ser reemplazado. Entonces, le pidió a una de sus primas que lo acompañase a la funeraria a escoger un ataúd y a un cementerio privado para comprar una tumba, quería dejar todo en orden para la inminente muerte de Ignacio. Luego de ese penoso trámite, entró a la sala de cuidados intensivos de la clínica para despedirse con un beso en la frente de su hermano, quien se encontraba entubado y sedado.

Tomó un taxi rumbo al aeropuerto, ahí le dijeron que no había cupo en ningún vuelo hacia la capital hasta dentro de tres días. Tomó entonces otro taxi rumbo al terminal terrestre, y logró embarcarse junto con su hijo en un bus que partía en los siguientes quince minutos. Al fin el bus partió. Armando no dejaba de sollozar y su hijo trataba de consolarlo, se le venían a la mente todos los juegos, travesuras y secretos que compartió con su hermano mellizo cuando fueron niños y hasta la adolescencia. Recordaba también, aquella horrorosa tarde en que les avisaron que sus padres habían tenido un accidente, recordaba la desesperación y la expresión de dolor de su hermano Ignacio, quien pese a ser su mellizo, siempre fue más débil y su protegido. Todo eso le iba contando a su hijo mientras viajaban.

Habían pasado sólo dos horas de viaje, cuando de pronto el bus empezó a derrapar y a irse de lado a lado y cayó a un barranco de ciento cincuenta metros de profundidad. A los pocos minutos llegaron las ambulancias y todos fueron trasladados a la ciudad. Al hijo no le pasó nada, quedó ileso; Armando murió llegando al hospital. Horas después llegó una de sus primas a recoger a su sobrino y a que le entreguen el cuerpo de Armando, quien fue velado y enterrado en el mismo ataúd y la misma tumba que el día anterior había comprado para Ignacio.

Luego se supo que Ignacio se recuperó milagrosamente y sobrevivió muchos años a su hermano… el buen Armando, a quien jamás podría pasársele por la mente que aquel lujoso ataúd de caoba que esmeradamente escogiera para su hermano… sería su último lecho.

MAURICIO ROZAS VALZ







domingo, 22 de julio de 2012

RESACA




¡Cuánto masoquismo hay en una borrachera!

La mirada se nubla, se pierde el equilibrio

La lengua duplica su peso, la conciencia nos abandona

Y con ella la discreción y la prudencia



 El gusto se atrofia y el olfato se agudiza

 Al punto que podemos oler el celo de la hembra

 Como cualquier mamífero (y como tales nos comportamos)



Las penas en vez de ahogarse “engordan y crecen”

Supuran las heridas que creíamos cicatrizadas

Y la memoria se excita recordándonos viejas deudas

(Tanto por pagar como por cobrar que ya creíamos saldadas)



Ahí no acaba la cosa

El sueño es pesado y despertamos aturdidos y angustiados

La memoria nos entrega un informe confuso de lo sucedido

Y todos nuestros fantasmas nos visitan en hordas



El hígado, el estómago y la cabeza

Presentan sus justificadas quejas por tanto maltrato y desconsideración,

Y los fantasmas no se mueven,

Creemos haberlos ahuyentado al conciliar el sueño... pero no,

En sueños su presencia se torna más real y agresiva



Despertamos sudorosos y todo es silencio

Sólo se oye una gotera a lo lejos que no podremos ubicar

Luego de todo esto,

Juramos por todos los santos no volverlo  a hacer

En vano... claro está.



MAURICIO ROZAS VALZ




viernes, 20 de julio de 2012

17 FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE LIMA



Estimados amigos lectores, ayer arrancó el evento librero más importante del país, y Casatomada no podía perderse de esta fiesta del libro, así que los invitamos a que visiten nuestro Stand (el 74) para que vean todos los títulos que tenemos para ustedes, nacionales e internacionales. Dentro de esos títulos está también  NUNCA A TIEMPO a precio de feria.

La feria está en el Parque de los Próceres, frente al Círculo Militar, a una Cuadra del Rebagliatti, en plena Av. Salaverry: imposible perderse.

¡Empezó la Feria Internacional del Libro! ¡Todos a leer!

jueves, 19 de julio de 2012

TARDE-NOCHE




Una mañana llegó tarde y conoció a más tarde,

tarde se quedó en la noche,

le pareció buena idea pasar esa noche con más tarde,

y a más tarde también le gustó la idea



Le propuso a tarde quedarse hasta la mañana

y tarde decidió traer su mañana para quedarse con más tarde



Más tarde pensó: ¡Qué bueno!

tarde y su mañana estuvieron de acuerdo.



Más tarde esperó una noche a tarde,

y tarde llegó en la mañana con su mañana

y comunicó a más tarde que se iba... con su mañana,

que conoció un amanecer,

y aquel amanecer le ofrecía más luz,

y le propuso esperarle hasta más tarde.



Y así... más tarde perdió a tarde y mañana,

y sintió próxima la noche.



Llegó la noche al fin para más tarde,

y a tarde a su vez decepcionó la brevedad de la luz

de aquel amanecer...tan prometedor



Desesperada buscó a más tarde,

corriendo con su mañana,

pero más tarde se había hecho ya noche…

... ya era muy tarde.



MAURICIO ROZAS VALZ