Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta locura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta locura. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de febrero de 2013

NO FUE UN BUEN DÍA









Luz verde, primera y avanza presuroso. Se levantó temprano para no tener contratiempos de tránsito y llegar a tiempo. Era su primer día en aquel empleo que persiguió con tenacidad durante varios meses. Prometía ser un buen día. Por la noche  consiguió una cita con aquella muchacha a la que también había perseguido durante algún tiempo. No era coincidencia. Sólo la noticia de su contratación consiguió que  aceptase su invitación, pues no le gustaba lo suficiente como para quererlo pobre.

Ya estaba cerca de su destino, tenía que girar a la derecha en esa esquina.  A media cuadra se encontraba la oficina, pero el sentido del tránsito había cambiado desde ese día. Entonces no pudo girar y tuvo que seguir de frente; no habría problema, seguro se trataría de avanzar una cuadra y luego girar a la derecha tres veces y ya… llegaría a su ansiado destino. Pero no, avanzó cerca de veinte cuadras y todas las transversales eran en sentido contrario. Por fin, luego de muchas cuadras, logró girar a la derecha; no habría problema, felizmente salió de casa lo suficientemente temprano. Renegó por la torpeza de los burócratas ediles, pero solo se trataría de girar a la derecha una vez más, recorrer unas cuadras y ya. Pero no fue así, avanzó unas veinte cuadras más y  también eran en sentido contrario; además había una congestión espantosa y ni como meterse en contra.

Empezó a preocuparle el tiempo, pues el tránsito era muy pesado y avanzaba muy lentamente. Había salido dos horas antes de casa y  al girar a la derecha, entró en una autopista de seis carriles con barandas a los costados. Ahí la cosa era diferente, los autos pasaban raudos y tenía que acelerar para no provocar un accidente múltiple, la maldita autopista no tenía cuando acabar, no había salidas a la vista y ya tenía un retraso de dos horas cuando al fin avistó un desvío y pudo salir entrando en una avenida.

Perdió la brújula, no sabía donde estaba, desesperado buscaba con la vista algún teléfono público mientras avanzaba sin rumbo fijo, la aguja del tanque ya marcaba reserva. Miró su reloj y era ya cerca de las once de la mañana y su hora de entrada era a las ocho. Avanzó unos metros más y como era de esperarse, se le acabó el maldito combustible. Empezó a caminar en busca de un teléfono, sudaba, el sol era abrasador, no perdía la esperanza de que en su nuevo trabajo le escuchasen, que también le creyeran y que además le dieran una oportunidad. Llevaba caminando ya como treinta cuadras, aflojó el nudo de la corbata,  llevaba el saco en el brazo y  tenía la camisa adherida al cuerpo por el sudor. Eran ya las tres de la tarde; avistó por fin un teléfono público. Le preocupaba también su auto, pues vivía haciendo taxi antes de conseguir aquel empleo. Buscó monedas en sus bolsillos y solo tenía un billete de diez; empezó a pedir a transeúntes y ambulantes de la zona que le cambiasen el billete, pero todos movían la cabeza negativamente. Como a las cinco de la tarde llegó a un grifo, compró combustible por ocho soles en una bolsa y con los otros dos caminó de regreso a aquel teléfono público que encontró horas antes. Llegó por fin al teléfono como a las siete, metió las monedas, marcó y sonaba ocupado. Intentó durante una hora y seguía ocupado. Ya desanimado y con algo de frío, caminó de regreso en busca de su auto. Observaba confundido las luces de los autos y escuchaba las bocinas ensordecedoras. Su paso se hizo lento y se preguntaba una y otra vez si era verdad lo que le estaba sucediendo, si no se trataría sólo de un mal sueño.

Llegó hasta su auto. Eran ya las diez de la noche. Entonces se acordó que ella también le esperaba a las ocho; de seguro que para ese momento ya no le esperaba. Llegó cansado hasta donde estaba su automóvil y le habían robado los neumáticos. Se sentó en la vereda a pensar qué hacer y de qué se trataba todo eso. Total, no había apuro, ya nadie le esperaba. Pensó durante una hora y llegó a la optimista conclusión de que sólo se trataría de un mal día, que vendrían mejores y que mañana todo sería diferente, que después de aquella tormenta llegaría la calma. Empezó a caminar sin rumbo tratando de reconocer alguna calle o avenida que le diera un punto de referencia para llegar a casa y así dieron las dos de la madrugada. Sólo le quedaba caminar por aquellas vacías y extrañas calles. Pasaban taxis de vez en cuando pero todos ocupados, ya no le llamaba la atención, se sentó en una vereda a descansar un rato y le entró un ataque de risa que le quitó la respiración por unos segundos.

Siguió caminando y otra vez empezó a preocuparle no saber dónde estaba y que no hubiera nadie a quien preguntarle nada. Caminó y caminó y encontró una comisaría. Se llenó de esperanza. Pensó ¡al fin!; aquí me ayudarán. Entró y le contó al policía lo sucedido, le dijo que estaba perdido, le contó todo desde el comienzo, desde que salió de casa. El policía rió, lo miró desconfiado y le dijo  que esperara un momento, que coordinaría con su superior para llevarlo a casa en una patrulla, que no se preocupara, que no era muy lejos. Decidió esperar, pues no le quedaba alternativa. Regresar a la calle le daba pánico, sabía que volvería a perderse, pero había algo en la mirada de aquel policía que le intrigaba y pensó que no debía darle importancia, seguro sería su paranoia producto de aquel día tan extraño. Llegaron dos hombres vestidos de blanco en una camioneta y el policía le dijo que se tranquilizara, que todo estaría bien, que aquellos señores le llevarían a casa. En su desesperación aceptó, pues no le quedaba otra, pero no dejaba de llamarle la atención la indumentaria de aquellos fornidos hombres que le miraban piadosamente. Subió a la camioneta y ésta sólo avanzó dos cuadras. Entraron en un edificio gris, empezó a inquietarse y los dos hombres lo tomaron de los brazos y lo bajaron de la camioneta. Intentaron tranquilizarlo diciéndole que era solo un momento, que luego le llevarían a casa. Presa del miedo intentó disimular, y les dijo que ya no habría problema, que ya recordaba cómo llegar a casa y les agradecía el gesto, pero que podía irse ya por sus propios medios. Intentó zafarse y le agarraron más fuerte. De pronto sintió un hincón por la rabadilla, cedió y aceptó esperar allí de buena gana.

Pasó a un salón repleto de personas y a manera de hacer tiempo, empezó a recorrer todos los salones y patios que extrañamente le parecían familiares, las personas que allí estaban le miraban cortésmente y algunos hasta le saludaban. A él también le parecían rostros conocidos. Después de todo no le incomodaba mucho, ya nadie le esperaba y además vivía solo, únicamente deseaba una ducha y su vieja cama. Ya eran las doce del día siguiente; ésa fue la última vez que miró su reloj. Minutos después dejó de importarle, le invitaron el almuerzo y en un arranque de extremo optimismo pensó que había sido una experiencia interesante. Se imaginó en una mesa de cantina contando a sus amigos lo sucedido,  estaba seguro que no  le creerían y reirían hasta cansarse.

Llegó la noche y nuevamente le entró la angustia. Ya había esperado bastante y quería su cama con desesperación. Se sentía sucio. Preguntó por los hombres de blanco que lo llevaron allí, reclamó airadamente, lo callaron de un grito y le dijeron que se vaya a dormir. Le enseñaron una cama y le dieron una bata; no opuso resistencia. Pensó que lo más inteligente sería esperar; aquel hincón le había dolido mucho y no quería otro.

Aquella noche tampoco consiguió dormir. Se sentía muy cansado y sucio, ya eran dos noches sin dormir ni bañarse. Durante esas horas de quietud forzada pensó en ella. Se preguntaba si le daría otra oportunidad, si al contarle lo sucedido ella se apiadaría y por fin lo amaría, no importa por pena. Tampoco se resignaba a perder aquel empleo, pensaba en qué historia inventar, pues si contaba la verdad lo tomarían por mentiroso, además de loco.

Decidió escapar. Hacia las cuatro de la madrugada se levantó, se vistió y salió de puntillas al patio trasero, trepó el muro y saltó. Robó un auto que se encontraba estacionado por allí y empezó a conducir con prisa. Luego de algunas cuadras giró a la derecha y encontró la calle que le llevaría a casa. Ya estaba cerca de su destino. Tenía que girar a la derecha en esa esquina  y a media cuadra se encontraría su casa, pero el sentido del tránsito había cambiado desde ese día. Entonces no pudo girar y tuvo que seguir de frente.  


MAURICIO ROZAS VALZ

lunes, 12 de noviembre de 2012

EL LOCO DEL BARRIO





Siempre que cambiamos de aires y comenzamos a transitar por lugares nuevos, ya sea que nos mudemos, cambiemos de centro de trabajo, de ciudad o de país… si hacemos memoria, siempre que empezamos a reconocer las nuevas calles y vecinos, aparecen personajes que salen de lo común y le dan un toque novelesco y hasta macondiano al lugar.

Aquellos personajes especiales que no pasan inadvertidos y que suelen ser marginales… ya sea el borrachín que siempre hace bulla gritando improperios en sus frecuentes diablos azules; o el drogadicto que para sucio y desaliñado pidiendo monedas o viendo qué puede ‘levantar’ para vender y comprar lo que le gusta; o el loquito o loquita que hablan, ríen o reniegan solos, o se escapan semidesnudos de sus casas… suelen ser el temor de los niños y de algunas mujeres que -con justa razón-  se sienten amenazados de cruzarse un mal día con uno de ellos y ser agredidos, lo que hace aún más triste su ya de por sí miserable vida porque sufren el rechazo de todos sus vecinos. Incluso no faltan los muchachos crueles y abusivos que se burlan de ellos para provocarlos y luego pegarles, o las viejas neuróticas que los culpan de todo y los hacen llevar por la policía hasta por gusto.

En mi barrio de la infancia había hasta dos de estos personajes: uno fue el famoso ‘loco Calín’, un tipo muy alto, de raza blanca, calvo y bigotes a lo Dalí, que tenía la piel quemada por el inclemente sol arequipeño. No recuerdo con claridad su apellido, pero era compuesto y rimbombante. Recuerdo que todos los niños del barrio le teníamos terror por su gran estatura y su traza haraposa. El sólo verlo a varios metros era motivo para echarnos a correr. Recuerdo que una vez le contamos esto a mi madre y ella nos comentó que lo conocía, que de  muchacho fue muy apuesto y no sabía cómo ni porque terminó así y que le daba mucha pena, y es más, que era amiga de una de sus hermanas y él además era inofensivo. Fue a partir de esa fecha que dejamos de correr y empezamos a saludarlo por su nombre, a lo que él siempre respondía muy sonriente y con una venia. Otro fue el señor Pérez Lira, quien simplemente era un anciano borrachín y  enamorador, y que en sus borracheras no distinguía a jovencitas de ancianas, ni a señoras de señoritas y piropeaba a cuanta mujer se le cruzaba en el camino. Pero claro, no faltaba el abusivo pobre de espíritu que quería hacer gala de mucha valentía pegándole a un anciano (de esa basura tampoco falta en ningún barrio) y a veces se le veía magullado.

Ya más joven y en mi segundo barrio, estaba el famoso ‘Angelito’. Era un borrachín de unos cuarenta años aproximadamente, pero este sí que era malcriado y bruto como él solo. Le pegaban todos los días y no aprendía, tenía la nariz aplastada y el rostro desfigurado de tanto golpe recibido, era conmovedor, pero ahora que lo pienso… algún trastorno autodestructivo debía tener porque parecía pedir a gritos que le peguen. Insultaba a la gente, le caían golpes y perseguía durante cuadras a quien lo golpeaba hasta que se cansase de golpearlo. Algunas veces se le veía ecuánime caminando avergonzado mirando hacia el suelo. Un buen día no lo volví a ver. Nunca más apareció y tampoco nadie preguntó por él.

Ya de adulto cuando me fui a vivir a Lima, a espaldas de la casa que habitaba había una quinta de cuatro casas, y en una de ellas, vivía un tipo de unos treinta años que no sé si sería chino, japonés, coreano o vietnamita… pero oriental era. Este señor, parecía que había sido abandonado por una mujer. Por lo menos dos o tres veces por semana se emborrachaba -y al parecer- solo. Ponía en su estéreo a todo volumen baladas en español de Perales, Rafael y cuanto baladista hubiera para luego pasar a rancheras y boleros. Eso podía pensarse que era un simple mal de amores, pero lo anormal radicaba en que pasados algunos minutos… se asomaba a una de sus ventanas en unos llantos desgarradores y gritando al cielo en un idioma irreconocible, luego lanzaba cosas desde esa misma ventana hacia los muros vecinos y rompía vasos y botellas contra las paredes de su casa. Este ritual se repetía un día de por medio. El serenazgo y la policía ya no sabían qué hacer; le tocaban la puerta, lo citaban, lo multaban, y nada… durante los dos años que viví allí tuve que soportar sus locuras, incluso hubo algunas veces que destrozó todas las ventanas de su casa y una en que lanzó una cama con sus veladores hacia la calle. Hasta el día en que me mudé siguió viviendo allí.

Luego me arrepentí de mudarme, después de todo el chino no se metía conmigo. En el último piso del edificio que estaba al frente del mío, vivía un drogadicto de unos sesenta años, y que era hermano de un famoso corredor de autos que pertenecía a una familia antigua de mucho dinero. Este tipo tenía la costumbre de llamar a un delivery diferente cada día  -imagino con nombres falsos-  y una vez que le entregaban el pedido, ya sea comida o pastillas, cerraba la puerta de su departamento y nunca más la abría. Podían chancarle la puerta toda la noche y no le importaba. Esto sucedía inter diario y la policía y el serenazgo tenían casi como rutina reportarse en ese edificio. Era indignante ver cómo los pobres repartidores eran presas de la ira, e incluso algunas muchachas que sabe Dios cuanto ganarían haciendo reparto en bicicleta se iban en llantos de impotencia. No contento con eso, lo habían sorprendido más de una vez robando equipos o llantas de los autos que se estacionaban frente al edificio. Recuerdo que una vez, justo encontré a un repartidor llegando en su moto cuando yo llegaba a casa, y le pregunté a donde se dirigía… me dijo que al 401 y le advertí que lo estafarían, me hizo caso y se fue… y al día sub siguiente encontré mi auto todo arañado con clavo. Pero felizmente la justicia tardó pero llegó: una tarde, cuando ya casi me había acostumbrado a la pesadilla de tener un delincuente como vecino, llegando a mi casa, vi a este tipo esposado subir a un patrullero y nunca más regresó.

Luego me mudé a otro barrio bastante lejano al anterior. Ahí la cosa cambió, esta vez no fue loco, sino loca… y no vivía en otra cuadra, sino en el departamento contiguo al mío. Esta señora era muy guapa y simpática y además nos hicimos muy amigos. Mi especial y entrañable vecina, ha sido la mujer más adorablemente promiscua que he conocido en mi ya no corta vida, superando incluso a todos los personajes de novela de similares hábitos, confirmando el dicho que siempre la realidad supera a la ficción. Pero lo más simpático de esta perturbadora vecina y amiga… era que no tenía doble moral ni doble discurso, no escondía a nadie ni se escondía de nadie. Ella estaba orgullosa de tener tres novios ‘firmes’ a la vez, con los que dormía por turnos los diferentes día de la semana… y además tenía cuatro amantes debidamente empadronados y que se conocían y odiaban entre sí, pero que tenían prohibido pelearse so pena de ser expectorados inmediatamente. En los más de dos años que viví allí, le conocí ocho novios ‘firmes’ y más bien ya olvide cuantos amantes tuvo, lo que sí recuerdo es que muchos. Me tocaba la puerta para presentármelos a todos uno por uno y cada vez que tenía uno nuevo. Recuerdo también que más de una vez tuve que llamar a la policía por los pugilatos que se armaban en las cocheras y los pasillos del edificio. Nos hicimos muy amigos y me hacía reír mucho. En verdad la extrañé cuando me fui de aquel barrio.

Luego de eso me mudé por largo tiempo a otro barrio. Allí todo fue muy tranquilo. No me hice amigo de nadie, ni hablaba con nadie y curiosamente no conocí a ningún loco… aunque indagando… indagando… jalando la lengua a algunos porteros… me enteré para mi sorpresa que esta vez los papeles se habían invertido sin que yo siquiera lo sospechara: el resto de vecinos decían que era yo quien estaba loco, y que era el famoso ‘loco del piso seis’.

MAURICIO ROZAS VALZ