
Continuamente nos quejamos del
olvido. Criticamos duramente a quienes suponemos que nos olvidaron y, extrañamente,
si nos preguntamos quiénes nos olvidaron, no lo recordaremos con claridad. Es
que también nosotros olvidamos. El olvido genera olvido. El olvido verdadero es
húmedo y frío; tan húmedo que es imposible encenderlo y tan frío que imposible
también es calentarlo. El verdadero antónimo del amor no es el odio, es el
olvido, aquel que ni siquiera condena a morir en vida, porque una condena implica
odio y venganza. Simplemente es dejar de existir para nuestras conciencias,
casi sin querer, sin darnos apenas cuenta.
Esto me trae a la memoria
algunas canciones de un conocido cantautor peruano que dicen: “Se me olvidó”
“Si ni siquiera me acuerdo” etc. Absurda contradicción ¿Quién se tomaría la
molestia de componer una canción inspirada en alguien que ya olvidó? ¿Qué
necesidad tendría de recalcarlo? En fin, lo puedo comprender, hay espíritus débiles
que no están capacitados para soportar el frío del desamor.
Tampoco el olvido es castigo,
es sólo eso... olvido. Contradictorio además, porque muchas veces anhelamos
olvidar a alguien o algo, y cuando al fin creemos haberlo conseguido, es justo
en ese momento que se confirma que no fue así. Si verdaderamente hemos
olvidado, nunca lo sabremos. Porque el olvido es ausencia de amor, ausencia de
recuerdo, ausencia de pasado, es simplemente olvido, sólo eso.
MAURICIO ROZAS VALZ